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Cómo se vivió el 11 de marzo de 2004 en México

sábado 04 de abril de 2009, 16:17h
Han pasado cinco años desde aquella trágica mañana de los atentados de Atocha.

Es inevitable recordar aquí el estupor que aquel atentado produjo en México, al recibir a primera hora de la mañana y en cuanto iniciaron sus transmisiones los noticieros de radio y tele, aquellas tremendas noticias que provenían de la capital de España. Lo visto en este lado del Atlántico, merece narrarse.

Permítaseme hablar en primera persona y describir a ustedes como se vivió y se sintió aquel suceso terrible. Iniciando mi jornada laboral para estar a tiempo en clase en la universidad antes de las siete de la mañana, al encender la radio de mi auto, terminaba un enlace atropellado con un corresponsal en Madrid, quien cerraba su nota azorado, reiterando el caos que produjo un atentado en España.

Me llamó la atención el dramatismo de su cierre. Me impulsó a cambiar bruscamente de estación, buscando otro informativo en el cuadrante, que abundara en el tema y para mi sorpresa, todos los informativos ya estaban en el tema al unísono; era algo inusual, todos estaban enlazados con Madrid.

Las notas eran confusas, todas hablaban de lo ocurrido en esa jornada aborrecible. Llamó mi atención el hecho de que hasta ciertos noticieros que no contaban con corresponsales en la capital española, los tuvieran o distrajeran su programación habitual para centrarse en lo acontecido. Ergo, debía de ser algo muy terrible como para que eso sucediera. Me alarmó aún más la imposibilidad de no poder ver en imágenes lo sucedido. Escudriñaba los alcances del atentado. Pensaba lo peor según las descripciones que llegaban hasta México. Pensé en los entrañables amigos españoles y mexicanos que en Madrid suelen pasarse por Atocha, posiblemente a esas mismas horas.

Conforme transcurrían las horas y se pudo contar con una narración más hilvanada y completa, las imágenes y los testimonios atroces que permitían apreciar la envergadura del terrible suceso, fui consciente del alcance de la catástrofe que pronto enlutó a España y conmovió al mundo entero, en medio de la rabia y la impotencia.

Por la tarde de aquel 11 de marzo me acerqué a la embajada de España en la Ciudad de México, situada en la esquina de la calle Galileo con Avenida Horacio, en el barrio de Polanco, la cual de manera extraordinaria tenía bloqueada la bocacalle frente a su entrada; policías y patrullas acordonaban la zona. Una fila de personas que avanzaba no sé si lento o rápido, estaba formada a sus puertas para dejar un mensaje de solidaridad con el pueblo y el gobierno español en un libro de condolencias colocado ex profeso, al cual sume mi sentido mensaje. A España me unen historia y amigos, colegas, cultura y actividades académicas. Por eso me acerqué a solidarizarme.

Así, los dolientes, españoles y mexicanos, nos acercamos a firmar aquel libro enorme colocado en medio de canastos con flores, que intentaban aligerar en algo los trágicos momentos que se vivían al otro lado del océano.

Puedo contar a los amables lectores que nunca antes la televisión mexicana había colocado un crespón negro en su señal, que permaneció allí tres días al aire, como muestra indubitable de solidaridad y afecto con la Madre patria, siguiendo al decreto de tres días de duelo con bandera nacional a media hasta, decretado aquí por el gobierno de la república. El entonces presidente Fox se desplazó hasta la sede de la embajada española a manifestar en un discurso comprometido con la lucha antiterrorista, el afecto y la cercanía palpable entre ambos pueblos.

Al día siguiente, la noticia apareció con todo en las primeras planas de toda la prensa mexicana. Pocos acontecimientos internacionales provocan tal unanimidad en la prensa de aquí. Este lamentable acontecimiento pudo lograrlo.

Y ¿qué nos queda a la distancia, además de un recuerdo y de un estremecimiento ante semejante brutalidad? sólo el hacer votos para que el terrorismo en el mundo, se termine, se acabe con un acto criminal, se atiendan las razones que lo generan, se opte por el diálogo que privilegian la política, el acuerdo y la alternativa, y por no optar más por la confrontación y el asesinato para dirimir controversias.

La Ciudad de México, que es ciudad hermana de Madrid, aloja una réplica de la fuente de la Cibeles, donada por el ayuntamiento matritense en 1981, sintió como su hermana, como todo México, aquellos tristes sucesos. Han pasado cinco años y la pregunta queda en el aire ¿estamos igual, peor o mejor que entonces cuando hablamos del combate al terrorismo y sus deleznables efectos?
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