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Lobeznos de andar por casa

domingo 05 de abril de 2009, 13:17h
¿Se ha fijado en que los feos guapos tienen mucho más éxito que los guapos, guapos? Sí, sí, por más que las compañías cosméticas se empeñen en meternos a los metrosexuales y demás calaña por los ojos, en el fondo, a las mujeres los que nos gustan son los rostros asimétricos, las miradas perdidas y los cuerpos de andar por casa, con pelo en pecho, a poder ser.

Creo que no hay nada menos erótico que un hombre que se pasee cual tocinillo después de pasar por un centro de depilación y no encuentro nada heroico en el sacrifico absurdo de pasar por el suplicio de la cera. Me hace gracia que haya quien encuentre una explicación pseudofeminista a la igualación, por la parte de atrás, que supone que los hombres se sumerjan en el diabólico circuito de culto al cuerpo que lleva siglos martirizando a las mujeres.

Pero, volviendo a los feos guapos, esta semana me di cuenta, observando a John Cusack en una peli, que a pesar de sus ojos anodinos, su boquita torcida, su eterno mohín de tipo acabado y su escasez muscular, el ídolo indie de Hollywood levanta más y más profundas pasiones que cualquier Brad Pitt. Sí, lo reconozco, observar un cuerpo bonito y bien formado resulta un placer para la vista. Pero sólo eso. Para mí, al menos, ver a Brad Pitt con el pelo al viento y marcando músculo cual adonis perfumero en “La historia de Benjamin Button” supone un ejercicio tan interesante como observar un bonito paisaje paradisiaco. Estéticamente impecable, espiritualmente plano. Pero, eso sí, la nariz torcida y superlativa de Adrien Brody, la brutalidad siempre al borde del colapso de Russell Crowe, la melancolía pizpireta de Jason Schwartman o incluso la testosterona a la enésima potencia que destilan los espartanos de “300” de Zack Snyder –sí, soy así de básica-, despiertan mis instintos más oscuros.

Además, me da en nariz que no soy la única cansada de tocinillos recauchutados de extrañas cejas depiladas. Si no, a qué viene la repentina fama del guapérrimo Hugh Jackman que, si bien no tiene nada de feo, está a años luz del ideal aniñado y cansinamente perfecto de Brad Pitt y compañía. Con su metro noventa, sus cuarenta años pasados, luciendo pecho lobo –nunca mejor dicho- y un rostro inequívocamente varonil, Hugh es la última esperanza del hombre real. Sin looks estrafalarios, retoques o músculos de diseño, el actor australiano se revela como una auténtica fuerza de la naturaleza que, sano y natural como una manzana, se degusta mejor sin artificios.

Desde un punto de vista conspirativo, supongo que para nuestra sociedad de consumo resulta más rentable fomentar el hombre metrosexual, o tecnosexual o loqueseaexual porque supone doblar el beneficio. Y no pido encontrarme a un Hugh Jackman por la calle, pero, que quieren que les diga, prefiero pagar una cuota mensual a la industria cosmética a cambio de que dejen tranquilos a los lobeznos y John Cusacks de andar por casa.
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