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Cuentos del Japón viejo: una joya bibliográfica rescatada del olvido

Se acaba de publicar por la Editorial Langre el libro “Cuentos del Japón viejo”, una auténtica joya bibliográfica recuperada para los lectores de ahora.

Es una “reedición”, por decirlo así, del original ya aparecido hace 96 años en Tokio, que, en su día, formaba parte de la bien coordinada serie de traducciones en distintos idiomas europeos –inglés, francés, alemán, portugués, holandés y español- de los cuentos y leyendas de Japón.

Los diez cuentos que componían la versión original castellana y que están magníficamente reproducidos ahora con la nueva edición, son historias de larga tradición oral del pueblo japonés –“Momotarô”, “La Montaña Kachi-Kachi”. “Urashima Tarô”, por ejemplo- que aún hoy día siguen siendo familiares para todos los niños nipones.

La serie fue publicada por el benemérito y legendario editor japonés Takejiro Hasegawa empezando por la edición inglesa en 1885, a la que siguieron la francesa y la alemana en el mismo año, la portuguesa en 1912 y finalmente la castellana en 1913. La serie iba dirigida en principio a los extranjeros residentes en Japón en aquella época de Meiji con el objeto de hacerles conocer una faceta de los ricos patrimonios culturales de Japón, recién reincorporado a la comunidad internacional después de su largo período de encerramiento nacional.

Aparte del mérito innegable de la excelente calidad literaria de los textos de las traducciones a cargo de unos destacados estudiosos y filólogos extranjeros que vivían en aquella época en Japón –Lafcadio Hearn, James Curtis Hepburn y Basil Hall Chamberlain para la edición inglesa, Karl Florenz para la alemana y Gonzalo Jiménez de la Espada para la castellana, por citar algunos nombres-, el libro contaba con otros dos atractivos que llegaron a fascinar a todos los que tuvieron la suerte de tenerlo entre sus manos: La excelente calidad del papel “crespón” -“chirimen-bon” en japonés- en que está impreso el texto y las hermosas ilustraciones hechas por unos destacados artistas, herederos de la tradición japonesa de grabado del “Ukiyoe”.

El nombre de “papel crespón” viene del hecho de que el papel japonés utilizado para el libro posee una ligerísima rugosidad producida deliberadamente por un criterio de estética a través de un proceso complejo. El papel así fabricado tiene una consistencia muy suave, flexible y al mismo tiempo muy sólida como de “crêpe de Chine” con un tacto blando y agradable parecido al de una tela ondulada de seda.

Juan Valera, hombre de gran cultura universal y autor de “Juanita la Larga”, “Pepita Jiménez” y tantas otras obras conocidas, nos deja sus impresiones al tener entre sus manos un ejemplar de la edición inglesa del libro a finales del siglo XIX:

“Mi cuñado el Excmo. Sr. D. José Delavat, siendo Ministro de España en el Japón, tuvo la buena idea de enviarme de allí, por el correo, un lindo y curioso presente. Consiste en doce tomitos, impresos en un papel tan raro, que más parece tela que papel, y con multitud de preciosas pinturas intercaladas en el texto. Lo pintado es mucho más que lo escrito, y está pintado con grande originalidad y gracia.”

El autor de “Juanita la Larga”, inspirado por la lectura de estos deliciosos cuentos de la edición inglesa, publicó más tarde en 1887 su versión castellana de cuentos tradicionales japoneses escogiendo a dos de los doce cuentos que había leído: “El pescadorcito Urashima” y “El espejo de Matsuyama”, porque, según su propio comentario, “Me han agradado tanto estos cuentos que no sé resistirme a la tentación de poner un par de ellos en castellano.”

El libro que acaba de aparecer en España, corresponde, como hemos dicho, a la edición castellana realizada en 1913 por Gonzalo Jiménez de la Espada. Su castellano de buena ley, pulcro y conciso, nos hace disfrutar con creces a los lectores de ahora la finura y el exquisito sabor de la tradición oral japonesa. Y aun después de haber pasado casi cien años desde su primera aparición en Japón, sigue conservando íntegramente su vigencia estilística y hace que nos resulte muy amena la lectura, junto con sus preciosas ilustraciones fielmente reproducidas del original, de la misma manera que cautivó a Valera la versión inglesa hace cien años.

Jiménez de la Espada, hijo del conocido naturalista y explorador Marcos Jiménez de la Espada y discípulo predilecto de Giner de los Ríos en la Institución Libre de Enseñanza, vivió diez años en Japón como profesor de español invitado por el Gobierno japonés entre 1907 y 1917.

De este personaje interesante y de cómo se ha podido recuperar esta joya única para los bibliófilos y los lectores de ahora, nos gustaría tratar en otra ocasión.
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