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El Museo Olavide

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
De entre la vasta oferta museística de Madrid destacan por encima de los demás el Prado y el Thyssen, los dos más visitados de toda España. Habrá quien piense que el siguiente en la lista debería de ser el Reina Sofía, tercer vértice del llamado “triángulo del arte” de la capital. Pues no. El tercer museo más visitado del país es el de trofeos del Santiago Bernabeu. Cosas de la “cultura”, o más bien del fútbol. De todos modos, la enorme cantidad de lugares interesantes en Madrid hace que en ocasiones se nos escape más de uno. Y eso que, por tener, en el centro está incluso el que fue declarado mejor museo de Europa, que no es otro que el Monasterio de las Descalzas Reales, a pocos metros de la Plaza Mayor.

Curiosamente, el entorno de Atocha, hoy tan artístico, tuvo en tiempos una concepción, digamos, más sanitaria. No en vano, el actual Museo Reina Sofía se alza sobre lo que fuera el Hospital San Carlos. Allí cerca estaba también el antiguo Hospital de San Juan de Dios, en Antón Martín, del que actualmente sólo queda en pie la iglesia -quemada en la Guerra Civil y posteriormente reconstruida- de San Nicolás y El Salvador. A su calamitoso estado hace referencia Pío Baroja en “El árbol de la ciencia”. Y es precisamente de ese antiguo hospital de donde proceden los fondos de uno de los museos más desconocidos e interesantes a la vez. Desconocido por su actual ubicación, el Pabellón 8 de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, edificio destinado a consultas. E interesantísimo, porque lo que allí se puede ver es una parte sustancial de la historia de la medicina. Se trata del Museo Olavide, llamado así en honor de quien fuera artífice de sus contenidos, el doctor José Eugenio Olavide, quien ejerció su profesión en Madrid a mediados del siglo XIX.

Efectivamente, el museo recoge fidelísimas reproducciones de cera de pacientes con afecciones dermatológicas, así como historias clínicas originales, cuya redacción es simplemente genial. En una de ellas, por ejemplo, relativa a una joven de 21 años afectada por una enfermedad venérea, puede leerse que la paciente cuestión “habiendo tenido su primera menstruación con 12 años y siguiendo una vida licenciosa a partir de aquella fecha, contrajo varias afecciones, las unas por capricho o por satisfacer su órgano venéreo, las otras por su profesión aventurera”. La restauración de las piezas, halladas casi por casualidad en viejas cajas de madera, aún no ha finalizado, pero de momento hay casi 300 en un estado de conservación envidiable. El doctor Luís Conde Salazar, de la Academia Española de Dermatología y Venereología y alma mater del museo, ha sido el responsable de rescatar del olvido lo que sin duda constituye un tesoro de incalculable valor para futuras -y actuales- generaciones de médicos, tributarios de sus antecesores. Un museo dentro de un hospital. Sólo en Madrid es posible.
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