www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Memoria Histórica: la memoria usurera o una historia sin piedad

miércoles 22 de abril de 2009, 14:15h
Acabo de leer un apasionante, aunque inevitablemente desigual, ensayo de Jordi Ibáñez Fanés. Trata de la memoria histórica en España. Arranca de un sueño o, para ser más exactos, de lo irreal que resulta pensar en llevar a cabo ese sueño. A Ibáñez, probablemente en los momentos en que se debatía la Ley de Memoria Histórica, se le ocurrió un buen día que quizá sería posible, y en todo caso que a él le parecía deseable, la posibilidad de un monumento sobre la memoria que no contuviese un relato cerrado. La eventualidad de un espacio en el que se pudieran reflejar todas las narraciones que circulan por España. La urgencia de, con ello, pasar hoja de todos los dolores, aunque hacerlo bien. Al fin y al cabo, las hojas de ese libro que constituye nuestro pasado compartido no pueden ser arrancadas sin amputar la obra en su conjunto, sin negar la posibilidad de entender, de comprender.

A diferencia de lo que ahora mantienen autores de uno u otro signo, en tiempos de la transición no hubo pacto de silencio, ni los historiadores obliteraron su deber de aproximarse críticamente a la Guerra Civil, a la violencia política, a la represión, al franquismo y sus miserias. Las hemerotecas y las bibliotecas lo certifican. Es probable que quizá lo hicieran con cautela. Pero esa no es una mala virtud en materia historiográfica. Todo lo contrario.

En realidad, el problema de la memoria nunca, hasta hace poco, ha sido un problema historiográfico, científico. Ha sido, y es, un problema político. Ha sido, y es, una cuestión ciudadana. Acaso de unos pocos ciudadanos. Pero, por pocos, o por muchos, que éstos sean, afrontarlo resulta imprescindible. ¿Cómo? Eludiendo el riesgo de, y la miseria moral a la que nos condena, la memoria usurera. Aquella que se muestra ciega y sorda al dolor de los otros; incapaz para la piedad y el perdón.

En Antígona y el duelo, Ibáñez clama por el reencuentro con la piedad clásica, aquella que obligaba a enterrar decentemente al pariente muerto. A todo hermano fusilado, a todo hijo torturado. Propone más. Sostiene que no es de recibo convertir al matarife, sea éste el que sea, en héroe. Llama a buscar los mecanismos que permitan a nuestra sociedad abrirse a una práctica de encuentro, intercambio y aceptación de las otras memorias, distintas, divergentes, contrapuestas a la propia. A hacerlo evitando la pequeña miseria del olvido, la estupidez del olimpismo moral que establece equidistancias improcedentes y, finalmente, el más grave de todos los riesgos: la conversión de la tragedia colectiva que fue en un nuevo campo de combate, de militancia partidista. Puestos a pedir, exige, por ejemplo, que las víctimas del terrorismo pasen a ser una pieza más, la más próxima en el tiempo, de esa memoria que tendría que contar con aquellos que con su vida han hecho posible la convivencia en paz y en libertad.

Todo ello, en la seguridad última que la solidez de la conciencia democrática resulta fundamental para asegurar, a medio y largo plazo, el bienestar de un país.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.