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Obama en México: una película ya vista

martes 28 de abril de 2009, 19:58h
La visita a México del presidente Obama tiene varios puntos a destacar: fue la primera a América Latina, se acompañó de un discurso conciliador, trató el tema de Cuba y contrasta con la dureza del perfil de sus colaboradores más cercanos: Clinton, Napolitano o el nuevo embajador estadounidense en México, el cubano-americano: Carlos Pascual.

Esta visita sucede tras de una reiterada campaña seguida en los Estados Unidos acerca de la inseguridad prevaleciente en México (no sabemos si explicada como producto del tráfico de drogas y de armas dirigidas hacia y desde su incontrolado mercado de consumidores, con dirección al vecino del sur), sumando a ello la lucha antidrogas efectuada por este último país, todo lo cual ha despertado resquemores en Washington respecto a la seguridad de su frontera sur y de la estabilidad del Estado mexicano.

Mas esta vez los Estados Unidos han recibido por respuesta, mucho antes de esta visita, que hacen poco por frenar ese tráfico de drogas y de armas en su propio país, y que por consecuencia, la inseguridad en su propio territorio es desde hace mucho, una realidad con dinámica propia y no mexicana, como quisieran sostener algunos. Recordemos el reproche del embajador estadounidense al presidente Díaz Ordaz: ‘México es el trampolín de la droga a mi país’ y la respuesta de aquel: ‘Si México es el trampolín, ustedes son la piscina…” remarcando la corresponsabilidad en la lucha antinarcóticos.

Por lo demás, no se puede caer en el discurso estridente y triunfalista de ver en tal encuentro entre Obama y Calderón, el inicio de una nueva etapa de la relación bilateral, sino que hay que poner el acento en la existente imposibilidad de articular programas binacionales exitosos para erradicar estos flagelos. De momento la ecuación sigue siendo muy dispar en la lucha contra el tráfico de drogas: Estados Unidos pone el dinero y las recriminaciones y México pone los muertos y las recriminaciones (también). Pero no se combate eficazmente el mercado enorme de 50 millones de adictos en Estados Unidos, demandantes de droga latinoamericana.

La visita del presidente estadounidense ha sido aplaudida en México, pero no como otras, y parece dar signos de replantear axiomas y paradigmas de la estrecha relación bilateral. Se ha tenido que reconocer en el vecino del norte la falta de apoyo efectivo de Estados Unidos a la lucha frontal al consumo y tráfico de drogas dentro y fuera de sus fronteras y se ha tenido que reconocer por su parte, así sea mascullando, que la corrupción que permite el campeo de la droga en Estados Unidos, también sabe hablar inglés. Por lo demás, nada nuevo que no sepamos.

La prensa mexicana, aunque cauta, la sigue llamando una ocasión estupenda y que figura como piedra de toque de un nuevo inicio (otro más y ya suman muchos) en la espinosa relación bilateral. Una película muchas veces vista.

Quizá esa reunión no da para tanto. Obama apenas inició su mandato y aún debe afinar roles y tonos hacia una región dejada de lado y reorganizada, que no lo recibe ni con la candidez del pasado ni con las esperanzas de antaño (incluso se nota el tedio mexicano), y deberá dar por sentada una relación con México como difícilmente unilateral, debido a la mutuamente conveniente interdependencia imperante entre ambos países. La palabra clave es interdependencia. Ambos países lo saben y no estirarán la cuerda hasta romperla.

Lo que cabría esperar de un encuentro entre ambos presidentes sería una mayor interrelación que establezca con una clara política binacional, el control de los temas que a ambas partes se les están escapando de las manos o se les están complicando. ¿Será eso posible? Es muy pronto para saberlo.
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