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¡Atento el COI: llega San Isidro!

viernes 08 de mayo de 2009, 23:03h
Va a empezar San Isidro en Madrid. Un mes de toros, ceremonia mítica, de arcaísmo trágico y festivo, arte efímero y múltiple, vital y terrestre, fiesta de modernidad deslumbradora, actualísima, incorrecta, compleja, popular y democrática, ejemplar; único superviviente auténtico de los grandes juegos y espectáculos de la Antigüedad y, como en la vieja Roma, capaz de sorprender con treinta y un días consecutivos de festejos a la mayor crisis económica conocida desde el último tercio del siglo pasado hasta la primera década del presente. Si en la época de Augusto se destinaban para los juegos públicos sesenta y seis días al año y en la decadencia del Imperio los días de espectáculo venían a ser ciento setenta y cinco, Tito conmemoró el aniversario de Las Ventas (perdón, del Colosseum) con una fiesta de cien días, y Trajano celebró un triunfo en el año 107 con otra de ciento veinticinco. No se dejó amedrentar por ellos el tan ponderado y juicioso Marco Aurelio, que llegó a decretar durante su mandato más de doscientos días de fiesta por año. Uno lo piensa y tiende a comprender aquella repetida reflexión de Obelix —“están locos estos romanos”— pero como es madrileño, nacido y criado junto a la misma plaza de Las Ventas del Espíritu Santo, tampoco vive esta desmesura como un escándalo. Ni siquiera tras la dolorosa visión de los carteles.

Ha terminado Sevilla sus ludi cerealia, megalesia, floralia… su Semana Santa y su Resurrección. Casi veinte días. Feria de ausencias (de algunos toreros, de muchos toros) y de presencias (Manzanares, Morante, Juli, Talavante, Díaz…). Con la luna de abril se abrió la primavera y Manzanares —fulgor olímpico— tomó el tiempo en sus manos y lo reposó con decisión hasta que vio nacer las flores. Ante los toros. Con decisión reposada piensa, con decisión reposada anda, con decisión reposada cita, con decisión reposada embarca, templa, y remata. Ante los toros. Juventud y densidad torera. Pero el curso natural del tiempo lo desvió Morante. Hasta hacerlo suyo, hasta modificarlo, estremecerlo, recogerlo, guardarlo y dejarlo libre con la entrada de las luces de mayo. El 28 de abril, vestido de romero y azabache —¿un guiño secreto, un anatema a la antojadiza afición sevillana?— se fue a por el juanpedro “Señorito” y le regaló seis verónicas y media de la calma, la armonía, la gracia, el vuelo, el aire, la luz y el olor del toreo. Iban las manos de Morante sin capote, pura ligereza, como un pensamiento, una idea —mejor, un sueño— en el que se pierde el toro, se duerme la plaza. La boyantía del toro al salir pasó a calamocheo en la muleta, pero esperó, tozudo, sabe Dios qué pensaba el poeta torero Morante de la Puebla, cuando, entre cabezazos —arte, valor, majeza, dignidad— empezó, pase a pase, a torearlo. Se inventaba el toro y el toreo en las yemas de los dedos, tenues tras el cuerpo, firme en la arena, alado en el aire nuevo, que creó, emocionó e incendió en Sevilla. No sonó la música porque la poesía exige silencio, callada palpitación que estalló en el último trincherazo. Hasta el descabello fue una oda al toreo.

Ahora llega mayo a Madrid; llega San Isidro, en terreno caótico, pícaro y exagerado. Campesino en ciudad, labriego ingenuo, carne de timo; de imposible reglamentación, como esta desmesurada fiesta, tan pasional como medida, tan neoclásica como romántica. Tal vez, junto a Goya, la única herencia verdaderamente romántica, culturalmente inflamada, que nos dejó la época turbia y turbulenta en que España volvió a perder el tren de la edad moderna. Época de luces sombrías, más que de luces y sombras, que son palabras esencialmente taurinas. Época de luces de Goya saltando a pinceladas entre las oscuras umbrías de guerras, déspotas y tiranos, del retrasos e ignorancias; y luces de los toreros burlando la oscuridad del toro, uniendo ritos agrarios a reglamentación ciudadana, perpetuando los valores épicos de la Antigüedad, tomando por los cuernos el vapuleado protagonismo de la ciudadanía popular, creando un arte único, inasible; saltándose la muerte a la torera.

Ausencias hubo en Sevilla. De toros y toreros. Las habrá en Madrid. De toros y toreros. Pero estoy viendo ya en el portón de cuadrillas al Juli, a Perera, Talavante; al Cid, al Fundi, a Castella, Bautista; a Curro Díaz, Frascuelo, Esplá… Y a Manzanares . Y a Morante. De sangre de toro y azabache. O de romero. O de oro. Siempre a Morante.

No sé yo si estos bienintencionados señores del Comité Olímpico Internacional vienen a Madrid preparados para entender en toda su esencia los auténticos juegos de la Antigüedad.


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