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Enemigos de Cataluña. O lo poco que va de Berlusconi a Montilla

lunes 11 de mayo de 2009, 19:27h
Volvemos a las andadas. En Cataluña, hay políticas que no pueden ser criticadas o cuestionadas sin que los que se muestran reacios a las mismas pasen a ser considerados enemigos del país. Esta desconsideración, este acusar poco menos de traidores y quintacolumnistas a los que en materia educativa, o de financiación, o de lo que sea, disienten es, en términos estrictamente democráticos, una patología. Tiene un nombre: nacionalismo. Diré más: es ajena a las tradiciones humanistas de la izquierda liberal y democrática.

Hace unos días era el propio presidente de la Generalidad, el muy honorable José Montilla, quien se refería de esta guisa -enemigos de Cataluña y adversarios del autogobierno- a los políticos del Partido Popular. Parece ser que reúnen ambas condiciones dado que no están de acuerdo con el nuevo Estatuto de Cataluña y que aspiran a que la financiación, deseando que sea mejor de la que es, se acuerde en los órganos previstos por la Constitución y las leyes que la desarrollan a tal fin. Que yo sepa, los populares tampoco ponen en cuestión la autonomía -lo que por otro lado podría ser perfectamente legítimo (tanto como el objetivo de profundizar en el autogobierno) si se hiciese con métodos pacíficos y democráticos y, por lo demás, sería un objetivo tan genuinamente catalán como el contrario- sino que lo único que ponen en cuestión es una modalidad concreta; la que se fijó en la negociación y en el proceso de aprobación del último Estatuto. Quizá los populares no vean claro el horizonte evanescente de la España plural que, en otros tiempos, pregonara Rodríguez Zapatero. Pudiera ser. Lo que no es menos evidente es que Montilla no cree, en absoluto, en una Cataluña plural. En una Cataluña de la que participen, en igualdad de derechos y de deberes, los que la consideran una nación, los que la contemplan como una región y los que, posiblemente más numerosos aunque menos ruidosos, la concibamos como un lugar de Europa en el que, como en tantos otros, se puede llevar una vida pasablemente digna. Lo que no está nada mal.

En estos últimos días, y a cuenta de la posible presentación de un recurso ante el Constitucional por la nueva Ley de Educación de Cataluña, ha sido el jefe de la oposición, el convergente Artur Mas, el que ha sostenido algo parecido: ha acusado a los populares "de usar de nuevo el catalán como caballo de batalla contra Cataluña". Bueno. Más bien parece que los populares, atendiendo a un flanco que deben cubrir tras la aparición de plataformas políticas acusadas de neoespañolistas por sus adversarios, han creído preciso hacer algo. Algo que debería ser la norma de conducta de la izquierda socialdemócrata, tanto como de la derecha que se precie de liberal: defender el derecho de los padres, en una comunidad que tiene dos lenguas oficiales -dos lenguas, digámoslo de una vez, propias-, a escoger en cuál de ellas se escolariza a sus hijos en los primeros años. Así como el derecho de todos a que, sin renunciar a un único sistema escolar público, se contemple en términos de equidad los dos idiomas como vehiculares. Porque, en realidad, los dos -el castellano y el catálan- sirven para la función para la que se crearon: transmitir saberes y valores, socializar a los individuos, abrirles horizontes.

Es cierto que a lo largo de un siglo los Estados tendieron a forjar, compulsivamente, naciones. Hicieron uso para ello de la escuela. Homogeneizaron e hicieron, de todo tipo de lugareños, connacionales. En el horizonte de 2009, la enseñanza y la política debería aspirar probablemente a otros objetivos, y hacerlo con otras estrategias.

Coda comparativa: Estos días ando trabajando en Florencia, aprovechando las facilidades de un instituto europeo. Ayer, domingo, en un relajado encuentro con gentes de diversos países, se comentaba con estupefacción las declaraciones de Berlusconi: "via i clandestini, non siamo un paese multietnico". Estupefacción, más que nada, porque ponía de relieve como se puede tranquilamente negar la realidad, tergiversarla... y arrasar en las urnas. Italia ya es un país multiétnico. Como Cataluña es, mal que le pese a Montilla, a Mas y a tutti quanti... una realidad gloriosamente plural, catalana, española y europea y, como mínimo, bilingüe.
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