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La política es sórdida

lunes 25 de mayo de 2009, 11:04h
Me temo que lo es. En España y en Italia, lo es. Probablemente lo sea en muchas otras partes. Lo es porque ha dejado de ser compleja. Resulta, por el contrario, de una simplicidad cómica, casi grotesca.

En Madrid hay una ministra -¡si fuese sólo una!- que no para de decir necedades. Con similar estulticia pontifica de lingüística que de biología. La avala un presidente de gobierno que, él mismo, se afana en la misma dirección. Un progresismo vacuo, carente de perspectivas, huérfano de valores, nos gobierna. Y no parece que las cosas vayan a cambiar demasiado en un futuro mediato. El país puede irse al garete que no por eso vamos a modificar nuestro criterio. ¡Avante, a toda vela!

Cambiamos de escenario. De país. Seguimos en Europa. En Florencia, uno sale de cenar y, en plena plaza de la República, puede encontrarse con un acto electoral de il Popolo della Liberta'. Es el partido de Silvio Berlusconi. Son poco más de las nueve de la noche. Dos locutores de radio, haciendo literalmente las funciones de augusto y de clown, abren la función. La demagogia contra el inmigrante que vive a costa del sufrido contribuyente de clase media, perfil de la audiencia que ocupa las sillas, encuentra buena acogida. Probablemente el argumento es atendido con interés porque se sostiene sobre fragmentos de verdad. Sólo fragmentos y todavía usados con la peor de las intenciones. Pero verdad al fin y al cabo. Un italiano más moreno de lo habitual, incluso para los parámetros del Mezzogiorno y desde luego para los de la Toscana, aplaude a rabiar. Debe hacer años que vive por aquí. En caso contrario, no se entiende. Resulta ser un negro entusiásticamente racista. Los palmetazos van en progresión. Le seduce el pensamiento plano. Con posterioridad -el afroitaliano está algo más calmado- suben al estrado algunos senadores junto a los candidatos al parlamento europeo y los aspirantes a gobernar la municipalidad. Será para amortizar el gasto o para evitar el abstencionismo en las elecciones europeas, pero aquí han sumado éstas a las locales. Al fin y al cabo, ambas son presentadas, por todas las fuerzas sin excepción, como unas meras primarias para las que cuentan de verdad: las nacionales.

Todos los que han subido al estrado, entre una nube de fotógrafos, son hombres. A estas alturas, resulta chocante. Como mínimo para un espectador hispano. Paritario, pues. Dos grandes argumentos sobresalen. Reforzar la seguridad amenazada y desalojar del poder a quienes lo han detentado durante cuatro décadas. No me parecen argumentos desdeñables, salvo por el detalle que se empeñan en equiparar Florencia con Nápoles y en seguir tratándoles, a los que manejan el presupuesto municipal, de comunistas. Probablemente nunca lo fueron pero ahora, desde luego, resulta poco creíble la caracterización. Lo que están, los del Partito Democratico, es tan apoltronados en esta ciudad que hasta presentan a un candidato joven y tan de derechas como el que más. Si los berlusconianos, para echar a ese tipo de izquierda, tienen, poco menos, que evocar el fantasma de Stalin y del Ejército Rojo, están listos.
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Los asistentes al acto, probablemente como en comicios parecidos de signo socialista que tengan lugar en España, parecen gente educada. Incluso, si me apuran, razonable. Eso sí, son personas a las que la política transforma. Empiezan a considerar como meras caricaturas a quienes tienen enfrente; consumen con cierta delectación mercancia abiertamente averiada; creen, incluso, que en ello les va la vida.

Decididamente la política ha dejado de ser -porque alguna vez lo fue- una de las bellas artes. Los mismos que la han degradado, que la están impregnando del hedor de las sentinas, denuncian a los que advierten el tufo asegurando que se están deslizando por la senda de la antipolítica, que están contribuyendo a su descrédito. ¡Tartufos!

O la arreglan los tories, y no parece que estén del todo por la labor, o andamos apañados.

El próximo día, si me lo permiten, les hablaré de ellos. Son la última esperanza.
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