www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

crítica

Ahmed Rashid: Descenso al caos. EEUU y el fracaso de la construcción en Pakistán, Afganistán y Asia Central

jueves 28 de mayo de 2009, 17:43h
Ahmed Rashid: Descenso al caos. EEUU y el fracaso de la construcción en Pakistán, Afganistán y Asia Central. Traducción Josep Serret Grau. Barcelona, 2009. 655 páginas. 29,90 €.
¿Quo vadis, Pakistán? Una buena parte de la historia universal seria incomprensible sin la referencia a los acontecimientos que desde hace ya más de dos milenios han tenido y siguen teniendo lugar en el norte del subcontinente indio. Lugar de tempranos asentamientos humanos, origen de ricas tradiciones culturales y religiosas, objeto de incontenibles ambiciones territoriales para vecinos próximos e imperios remotos, la zona que hoy comprende Pakistán, Afganistán, las repúblicas ex soviéticas del Asia Central –Kazajstán, Uzbekistán, Turkmenistán, Tayikistán y Kirgizia- encierra las mismas potencialidades de conflicto y violencia –tambien de desarrollo y riqueza- que contemplaron y provocaron desde los macedonios de Alejando el Grande hasta los sovieticos de Breznef, pasando por los británicos de Gordon y , ahora, los americanos de Clinton, Bush, Obama y seguramente algún presidente mas. Todo ello bajo la atenta mirada de, al menos, Beijing, Nueva Delhi, Ankara, Teherán y Riad.Y tantos otros, porque hoy el “gran juego” que en su momento practicara el Raj britanico tiene a una buena parte de la humanidad sumida en zozobra e incertidumbre. El occidente europeo, y por supuesto España, no pueden quedar ajenos a la preocupación.

Pero este “gran juego” de hoy tiene poco que ver con el que Kipling idealizara en los tiempos de Kim de la India o el que conocieran los oficiales del ejército imperial ruso al ocupar Tashkent o Samarcanda. Este es un juego letal en donde las fragilidades sociales y politicas internas de las sociedades y de los paises que componen el mosaico del área se suman a los tremendos errores de la colonización británica, de la que la misma existencia de Pakistán es un doloroso y ya inevitable recuerdo, y al crecimiento exponencial del radicalismo islámico entre las poblaciones mayoritariamente musulmanas que habitan esa parte del mundo. Allí precisamente tuvieron su inspiración ideológico/religiosa, su preparación logística y su impulso los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York y contra el Pentágono en Washington –amen del que los mismos pasajeros afortunadamente frustraron al precio de sus vidas y que, según todos los indicios, estaba dirigido contra el Capitolio de la capital federal americana-.

El libro de Ahmed Rashid, codiciado experto en cuestiones afgano/paquistaníes y centro asiáticas, nos introduce sin vacilaciones en las variantes del “gran juego” desarrolladas a partir del 11 de septiembre de 2001, cuando los Estados Unidos deciden la invasión de Afganistán como consecuencia de los atentados terroristas de ese día y cuando ya existe la convicción de que ha sido el régimen talibán afgano el que ha albergado y entrenado a los planificadores y a los responsables de la matanza. La narración es impecable, las fuentes de información abrumadoras, las perspectivas múltiples y siempre ricas en sugerencias. Las conclusiones a las que el texto se presta son con frecuencia desoladoras. Rashid con este reciente libro -que en su edición americana incluye un capitulo final de ahora mismo, cubriendo ya los acontecimientos de las primeras semanas del año 2009- y con los dos anteriormente publicados sobre temas conexos –Taliban y Jihad- aporta un conocimiento de primera mano sobre temas que, en sus diversas ramificaciones, son hoy de la máxima y grave actualidad para expertos o para simples aficionados a los temas de politica internacional. El periodista paquistaní deja certificadamente constancia de algo que responsables políticos e ideológicos deberían interiorizar urgentemente: la progresiva deriva radical islámica y desestabilizadora en toda la zona, particularmente en Pakistán y en Afganistán, puede volver a tener consecuencias catastróficas –incluso mas graves si cabe que las conocidas el 11 de septiembre- para todo el mundo occidental.

La descripción de los problemas se realiza sin misericordia en un doble plano: el de las responsabilidades de las estructuras locales en su aparición y desarrollo y en el de las culpas americanas en la falta de solución de los mismos. En este ultimo Rachid repite y confirma lo suficientemente sabido: las negativas consecuencias que para Afganistán tuvo la invasión de Irak y el consiguiente desvío de medios y de atención de uno a otro, las vacilaciones estratégicas y políticas de los americanos en la zona, las desconfianzas añadidas por la politica de prisiones secretas de la CIA y las “extraordinary renditions” y, sobre todo, la incapacidad de Washington y de sus aliados para llevar a cabo en la zona una politica consistente y exitosa de “construcción nacional”. Y los modelos se citan de manera explicita: Alemania y Japón después de la II Guerra Mundial, los paises balcánicos después de la desaparición de Yugoeslavia.

Pero donde el escritor paquistaní pone lo mejor de su pluma y lo más enfático de sus avisos –y ello constituye la columna vertebral del libro, casi a pesar del autor- es en el estremecedor relato del peligro que emana de su propio país, Pakistán. Más allá
de la época de Musharaf –cuyas capacidades manipuladoras son descritas con detalle y sin piedad- lo que emerge es el retrato de una sociedad frustrada desde su independencia por razones politicas y económicas, incapaz de mantener su integridad territorial –el desgajamiento de Bangla Desh en 1971 acentuó los sentimientos de frustración colectiva- dominada por una obscura cábala de militares y servicios secretos y progresivamente dedicada a la desestabilización de los vecinos –India y Afganistán- a través del cultivo consciente de la militancia radical islámica. Que, repitiendo la vieja fábula del aprendiz de brujo, acaba por devorar a su mismo creador: Pakistán es hoy uno de los países más golpeados por el terrorismo predicado desde algunas madrasas y otras pocas mezquitas.

Lo que contemplamos es la vorágine del caos y sus imprevisibles consecuencias. Algo nos habla Rachid de las armas atómicas que integran el arsenal nuclear paquistaní y cuya seguridad constituye hoy motivo central de preocupación de buena parte de los servicios armados del mundo –quizás pudiera ser ese el motivo central de su próximo libro- pero sobre todo nos ofrece el detallado censo de todos aquellos que han practicado o querido practicar el terrorismo suicida en diversas partes del universo. Raro es el que no ha recibido instrucción en los campos de entrenamiento de los talibanes en Pakistán. Cuyo trabajo, por cierto, se realiza en estrecha colaboracion y sintonía con una reconstruida y centralizada Al Qaida. Y el autor, buen conocedor de España, nos recuerda lo que ello significa:”Al Qaida se situó de nuevo en la agenda mundial con los atentados del 11 de marzo de 2004 en una estación de ferrocarriles en Madrid….Tras el atentado, el partido socialista español obtuvo una inesperada victoria en las elecciones. Fue un momento escalofriante, porque súbitamente Al Qaida pareció tener la capacidad de cambiar gobiernos y dictar objetivos políticos en Europa”.

De la quema nadie se salva: por supuesto ni Bush, ni Cheney, ni Rumsfeld, pero tampoco el presidente afgano Karzai –indeciso, acomodaticio-, la OTAN –dividida entre los que luchan, (USA, Canadá, Reino Unido y Holanda) y el patético resto- o la ONU- que bastante hace con mantener su presencia-. De Musharaf ya queda dicho: mejor no encontrárselo en un callejón mal iluminado.

Queda la “construcción nacional”, la “nation building” a la que la administración Bush tan remisa se mostrara, interesada en operaciones quirúrgicas que acabaran con los problemas, tanto en Afganistán como en Irak, pero luego hasta cierto punto desinteresada en los procesos ulteriores. Rachid reclama urgentemente su aplicación a todos los países de la zona recordando, y en ello tiene razón, su menor coste que el de cualquier acción bélica pero lo hace en unos tonos tan expansivos y exigentes que podrían ser fácilmente evocados –cosa que seguramente está lejos de la mente del autor- como una recolonización. Y en verdad la dimensión de la tarea no es mucho menor: se trataría de dotar de viabilidad politica, económica y social y paises que en este momento la tienen muy debilitada, y hacerlo con riesgos –Haití, Somalia, Timor Oriental- que a nadie escapan. En el fondo la historia tiene un componente gráfico y una interesante lección: el imperio americano, tan comprometido en una determinada noción de la estabilidad global, entiende su tarea de manera distinta a la que británicos, por ejemplo, practicaron con la ocupación de los territorios que adquirieron por la fuerza.¿ De verdad esperamos que las voluntades nacionales puedan ser por completo sustituidas por una versión benévola y hueca del colonialismo tradicional, que dicte acciones y prohíba descarríos?

Y en cualquier caso la urgencia, como Rachid apunta y la actualidad diaria dicta, es otra: impedir, por la fuerza si fuera necesario, que las bandas de terroristas que con pretextos religiosos milenaristas amenazan la estabilidad mundial alcancen sus últimos propósitos. Y los tales hoy encuentran alimento físico y espiritual en Pakistán, en Afganistán y en sus frágiles estructuras sociales y economicas. No acudir a la cita equivale a perpetuar y profundizar en la zona del que fuera el “gran juego” un inmenso agujero negro que bien pudiera acabar por tragar a la que hoy todavía conocemos por civilización occidental.

Ahmed Rachid es un imprescindible testigo de nuestro tiempo y un acerado denunciador de sus riesgos. Leerle con detenimiento puede ser una buena receta para evitar que la historia, como la vida en el Macbeth de Shakespeare, se convierta simplemente en” un cuento, contado por un idiota, lleno de ruido y de furia que no significa nada”.

Javier Rupérez
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios