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¿Filósofo se nace o se hace?

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Uno de los debates más curiosos y repetidos que mantienen los filósofos de carrera con la gente que profesionalmente se dedica a otras cosas es sobre si el filósofo se hace o nace.

En estas discusiones todo el mundo se reclama como filósofo de alcoba, porque se hace preguntas y trata de analizar un variado abanico de respuestas complejas; de este modo rechazan que exista una profesión propia del filósofo, porque creen que todos llevamos un filósofo dentro.

En este sentido el filósofo de carrera queda caracterizado como un gran ocioso bastante improductivo y un poco charlatán. Pero lo que se juega aquí no es la productividad social de la filosofía sino la cuestión más general de qué es la filosofía: la definición de filosofía.

La filosofía por otro lado nunca se ha prestado a este juego de las definiciones fáciles y universales. Cada época y cada cual la ha definido a su manera y como lo sentía. Y es aquí quizá, la actividad que es filosofar, justamente lo que es la filosofía. No una cosa sino un hacer. Actividad y actitud que tiene que ver con el sentir de cada cual.

El sentido común, la opinión pública, dirá sin embargo que tiene que ver con el razonar y ordenar el mundo, con pensar. Pero entonces hay que preguntarse, ¿pensar el qué? Y ahí es cuando cada cual vuelve a contestar lo que siente.

Porque si bien la filosofía, de modo general piensa la realidad, cada cual suele elegir una porción de ésta y una perspectiva propia. Así que de tanto generalizar hemos perdido la definición, que se queda en vaguedad y resulta que es algo particular de cada cual. Es necesario profundizar más.

Lo que cada uno siente y profundizar, sin embargo, son dos de los aspectos que para mi sorpresa encontré en la siguiente descripción que D'Alembert hizo de Locke y su filosofía, para la primera Enciclopedia y la quiero compartir con ustedes, a falta de una definición y aunque sea un poco extenso:

"decir de él que, igual que Newton creó la física, prácticamente creó la metafísica. Pensó que las abstracciones y las cuestiones ridículas que hasta entonces se habían discutido, y que habían constituido como la sustancia de la filosofía, eran la parte que era menester proscribir del todo... Para conocer nuestra alma, sus ideas y sus afecciones, no estudió libros, porque le hubieran dado una mala instrucción: se contentó con penetrar profundamente en sí mismo; y después de haberse contemplado, por así decir, durante largo tiempo, en su Tratado del entendimiento humano no hizo otra cosa que presentar a los hombres el espejo en el que él se había visto. En una palabra, reduce la metafísica a lo que ella debe ser efectivamente, la física experimental del alma; una especie de física muy diferente de la de los cuerpos no solamente por su objeto, sino por la manera de considerarlo"

Así que no se trata ni de pensar por pensar ni de racionalizar ni de moverse entre conceptos y abstracciones. Esta cita nos lleva a una concepción de la filosofía no especializada sino humanamente universal. Que no consiste en racionalizar el sentimiento sino en hacerlo consciente y explorarlo minuciosamente. Digamos que eso es lo que significa profundizar y filosofar a la vez.

Así el filósofo ya no será el erudito de los libros sino el penetrador. Ahora bien, que sea una capacidad general, no es lo mismo que sea una acción general, porque aunque tengamos la capacidad de penetrarnos, de sentirnos y de profundizar en nuestra alma, no todo el mundo la desarrolla.

No lo es porque hoy por hoy las condiciones sociales de vida no invitan a la filosofar sino a hacer lo opuesto. Vivimos superficialmente y desatendemos gravemente lo que es primero en cuanto constitutivo de nuestra humanidad, el sentirse y el poder penetrarse.

Evitar o renunciar a la filosofía es pues, vivir en la inconsciencia de la riqueza y complejidad que nos constituye. Es pensar que nacemos hechos, y que sólo hay que dejarse llevar, dejarse estar. Es olvidar que hay que hacer, que hay que desarrollarse porque estar no es lo mismo que hacer. Es perderse en el afuera mientras nos perdemos por dentro.
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