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PSOE: la fatal arrogancia

Lorenzo Bernaldo de Quirós
miércoles 03 de junio de 2009, 19:56h
El gobierno ha cerrado el círculo estato-dirigista para combatir la recesión y sentar las bases de un crecimiento equilibrado y sostenido. Hasta el momento, su política ha consistido en una brutal expansión del trinomio gasto/déficit/deuda para amortiguar los efectos de la crisis y estimular la economía. Ahora pretende planificar desde el poder el mapa económico-empresarial de España. El PSOE resucita la vieja combinación de keynesianismo macroeconómico e intervencionismo microeconómico cuya aplicación práctica se ha saldado siempre y en todas partes con un rotundo fracaso. Como es habitual en el socialismo reinante, sus añejas recetas se venden bajo los oropeles de la novedad. En realidad, el modelo de crecimiento dibujado por el Sr. Rodríguez Zapatero en el Debate sobre el Estado de la Nación es un retorno al pasado, una mezcla sui generis de las estrategias mercantilistas y desarrollistas del franquismo con las industriales del socialismo en sus versiones duras y blandas.

Los socialistas han sucumbido una vez más a la “Fatal Arrogancia” denunciada por Hayek; esto es, la presunción de que el gobierno es capaz de saber cuáles con los sectores con futuro. Ni la teoría económica ni los hechos avalan la tesis según la cual los políticos y los burócratas tienen ventaja competitiva sobre el mercado para realizar esa tarea. Por el contrario, una abrumadora experiencia muestra que los programas estatales dirigidos a “elegir ganadores” suelen tener costes muy superiores a los beneficios que proporcionan y terminan por “elegir perdedores”. La única diferencia entre la planificación anunciada por el PSOE y la de tiempos pretéritos es cosmética y se reduce a un hecho: los modernos dinosaurios empresariales se concentrarán en la denominada economía, verde, sostenible etc. en vez de en la siderurgia, la automoción y los antiguos “campeones nacionales” cuya reconversión supuso una sangría de recursos para las arcas del Estado; es decir, para los contribuyentes.

Por otra parte, los socialistas utilizan una aproximación anticuada y colectivista a la visión de la economía. No hay sectores más o menos productivos o competitivos. Esta es una falacia que se escucha y se repite de modo permanente como si de una verdad indiscutible se tratase. Lo que hay en realidad son empresas que son modernas, tecnológicamente avanzadas y generadoras de alto valor añadido en mercados maduros, por ejemplo Zara en el textil, mientras hay otras en sectores considerados “de futuro” que son incapaces de sobrevivir sin el paraguas del Estado. Desde esta perspectiva, el apoyo gubernamental a los sectores de la “economía sostenible” supone una penalización a todas las corporaciones que innovan, generan riqueza y empleo en ramas de la actividad productiva que el gobierno no incluye en aquella calificación. Esta realidad muestra el error conceptual de pensar en términos agregados a la hora de configurar una política industrial de apoyo a sectores concretos cuando éstos se componen de múltiples compañías con muy diferentes enfoques de gestión, de negocio, de aprovechamiento de las ventajas comparativas etc.

El fundamento de la imposibilidad de que el gobierno sea capaz de planificar y diseñar el tejido económico y empresarial de cualquier país obedece a una poderosa razón de fondo: no existe un ente o un cerebro capaz de centralizar y procesar toda la información disponible, de coordinar los millones de planes y proyectos individuales existentes en una economía moderna y compleja. En consecuencia es utópico creer factible realizar por Decreto, desde una autoridad centralizada una asignación eficiente de los escasos recursos disponibles. Esto es cierto para cualquier tipo de planificación sea forzosa o indicativa. Esa fue la intuición central, la línea medular de la teoría de la “mano invisible” formulada por Adam Smith y su ignorancia constituye la causa directa del desastre de las experiencias planificadoras e intervencionistas que arrogan a una elite esclarecida la capacidad de acumular el conocimiento necesario para controlar y/o dirigir los procesos sociales. Esa es también la base de la superioridad del mercado y del sistema de precios frente al dirigismo de todos los colores como enseña una extensa y contrastada evidencia empírica.

Por último, el grueso de las investigaciones empíricas realizadas desde los años noventa del siglo pasado arroja una interesante conclusión: el mejor mecanismo para estimular la innovación y mejorar la productividad no es incrementar las subvenciones, los incentivos fiscales etc. sino la competencia. La OCDE ha construido una batería de indicadores en las que se refleja con una claridad meridiana la existencia de una correlación robusta y directa entre la existencia de mercados libres y competitivos e incrementos de la productividad. Por eso, esta variable ha tenido un mejor comportamiento en economías como la norteamericana o la británica que en otras como la francesa o en la alemana con niveles más elevados de intervención estatal. Es la presión competitiva la que fuerza a las empresas a incorporar nuevas tecnologías y a innovar para obtener beneficios y sobrevivir.

La Ley de Say enseña como la oferta crea su propia demanda. Esto significa que una política destinada a “elegir ganadores” con cargo a las arcas públicas va a generar una riada de buscadores de rentas dirigidos a captar las ayudas estatales para cualquier proyecto que los audaces captadores de fondos públicos sean capaces de ajustar a la venidera “Ley de la Economía Sostenible”. Esto abre los portillos no sólo a una gigantesca discrecionalidad por parte de los poderes públicos a la hora de decidir a quien y a qué proyectos se destina el mana gubernamental, sino también al favoritismo y, porqué no decirlo, a la corrupción.
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