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La cuestión de los paraísos fiscales

martes 09 de junio de 2009, 21:42h
En la actual crisis financiera y económica ha “desaparecido”, se dice, el dinero y sobre todo el crédito. Pero el lector no necesita grandes conocimientos económicos, sino solo algo de sentido común para caer en la cuenta que no se ha desvanecido el dinero, ni se ha esfumado. Lógicamente debe estar en algún sitio. Tan sencilla reflexión nos pone sobre la pista de que algo, más bien mucho, es debido, sin duda, a los llamados “paraísos fiscales”, con su función, por cierto muy eficaz, de escondrijos del capital. Hace ya algún tiempo leí, con atención, que dichos “paraísos”, en cierto modo, son una especie de talón de Aquiles del sistema capitalista. La preservación de la libertad en la circulación de capitales, es utilizada perversa y egoístamente como una fácil y amplia oportunidad para evadir de todo control grandes o medianos capitales.

Tenemos una reciente historia de lucha, sobretodo contra los flujos dinerarios hacía paraísos fiscales. La durísima Ley de la postguerra civil española castigando los denominados “delitos monetarios, derogada por la muy imperfecta Ley democrática de control de cambios, con errores en su génesis, fue sustituida, a raíz de la entrada de España en la CEE y de forma paulatina, llegándose hacia una galopante liberalización. No obstante, la total libertad de movimientos de capital no se culminó hasta la promulgación del RD 1816/1991, de 20 de Diciembre, que establecía la liberalización del control de cambios en España a partir del 1 de febrero de 1992. En resumen, con la aparición del citado Real Decreto (BOE 27/Dic), se culminó el proceso liberalizador en línea con la armonía impuesta por la UE. Este Real Decreto fue modificado por otro RD 1638/1996 (BOE 5/Jul). De conformidad a la Directiva de la UE 88/361, España procedió a liberalizar a partir del 1 de febrero de 1992 los movimientos de capitales con el exterior. Esta liberalización, en gran medida, va mucho más allá de lo exigido por la normativa comunitaria, que limitaba su ámbito a las transacciones intracomunitarias, ya que se extiende también a las operaciones con terceros países.

Los paraísos fiscales, actualmente más de setenta, y algunos en fase de funcionamiento, han debido desempeñar, si no un exclusivo papel determinante, sí desde luego una importante función. El abundante dinero derivado de brutal especulación no va a ser fiscalmente contabilizado, sino que va a huir, que para eso están, a cualquiera de esos paraísos “fiscales”. Porque están concebidos para conseguir una opacidad total del dinero, sobretodo a efectos fiscales. Su propio nombre, paraísos fiscales así lo indica. En ese sentido no va a dejar de ser una cuestión nimia la del secreto total que impera sobre ese injente capital radicado en los mismos. Por esa razón, la acertada aportación de Francia y Alemania a la reunión del G-20 en Londres, ha girado sobre poner término al secreto bancario y fortalecer el incremento del control financiero.

Con la entrada de España en la Comunidad Europea la rigidez de nuestro sistema se vino abajo y se adoptó un sistema completamente opuesto, cual es, como subrayo, el de la libre circulación de capitales, en su sentido más amplio. Lo que hasta hacía poco estaba castigado con graves penas privativas de libertad y pecuniarias muy elevadas, dejo de ser un delito para, simplemente, ser operaciones económicas regulares y que en la aduana solamente bastaba con rellenar un impreso y adelante con los maletines. Hay que tener en cuenta que, en el fondo, los, en su día llamados delitos monetarios, más modernamente contra el control de cambios, son, antes de nada, delitos tributarios que, sin embargo, no eran estos últimos perseguidos automáticamente, a pesar de las condenas muy graves que por si misma la evasión de divisas comportaba. La desaparición del sistema de control de cambio, desde luego facilitó, hasta limites insospechados, la evasión de capitales y ahora llevaría razón se pudiese hablar que son atentados contra la economía nacional, cosa que en el franquismo nos parecía desorbitada.

Muy contadas veces se ha aludido a este concreto y grave problema. Quizá una de las primeras observaciones, por no decir inicialmente la única, fue la de Juan Muñoz en editorial del Confidencial con posterioridad CCOO y UGT y mucho más recientemente, mi buen amigo y colega el profesor Juan Velarde, ha demostrado una gran sensibilidad sobre el tema en sus artículos en ABC de este mismo mes de abril, inmediatamente posteriores a la reunión de Londres.

A todo esto se alude, a mi entender, muy tardíamente. El Presidente de la CEOE pide “reformas valientes y urgentes” para intentar frenar, hasta donde se pueda, la gravísima crisis actual. No deja de llevar razón.

Desde la Administración del Estado sobre este tema general, la verdad, es que se ha hecho bien poco hasta el momento. Al término de la reunión de Londres, el Presidente del Gobierno ha manifestado que estamos a presencia del “principio del fin de los paraísos fiscales”, a modo de declaración de intenciones un tanto proyectiva. Pero ahora estará por resolver la grave cuestión de cómo llevar a cabo que esos paraísos fiscales dejen de serlo o no tengan afluencia de capitales tan fácilmente como la tienen en la actualidad. Sobretodo es por demás interesante saber de que forma concreta y real se puede producir, si es que se puede, el fenómeno de la repatriación, para que de esa forma se aporte algo a la solución de la crisis y que no se esté nutriendo, solamente, de inyecciones de dinero público o de avales del Estado, puesto que en el fondo todos los españoles estamos cooperando a resolver unos graves problemas de los que, curiosamente, somos víctimas pero no beneficiarios. Que las víctimas del desastre paguen los perjuicios que les ha causado la crisis no deja de ser un fuerte contrasentido. Quizá sea, sencillamente, porque de lo contrario todavía podría ser peor. De todas formas creo que, solamente, con una seria actividad de la legislación española, que es necesaria, en la persecución de los evasores de divisas, algunos de ellos sumamente conocidos, podría irse poco a poco recuperando un cierto crédito y una confianza que hasta ahora se presentan inexistentes. Tan inexistentes como se pretende que lo sea encontrar el escapado capital que, en gran medida, ha ocasionado, muy principalmente, esta crisis.


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