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Cataluña se va

miércoles 10 de junio de 2009, 19:48h
En este mismo periódico digital, hace unas pocas semanas, el maestro de historiadores que es Antonio Morales Moya procedía a desgranar los materiales básicos de la estrategia de desvinculación progresiva que Artur Mas, cabeza visible de Convergencia Democràtica de Catalunya, proponía para la región. Antes, hacía mención a otras iniciativas, mucho más rústicas, debidas a Josep-Lluís Carod Rovira y Josep Bargalló. En rigor, la variante agreste –podríamos decir que napolitana, de unos- y la comedida -¿florentina, quizá?-, de otros, son dos expresiones del único proyecto realmente existente hoy en Cataluña. Cataluña quiere irse.

Aparentemente, ese irse tiene que ver con España. Una lectura rudimentaria y falaz del pasado y una conducta infantilizada –por ausente de responsabilidades- en el presente han acabado por construir un discurso hegemónico que, lo es hasta tal punto que, bloquea las posibilidades reales de ser discutido.

De siempre se había considerado que el irse era para reencontrarse, con posterioridad, en Europa. De ahí no sólo era más complicado salir sino que ni siquiera se contemplaba tal cosa. Africanos, en todo caso, los otros.

Hubo un tiempo en el que el catalanismo no sólo compartía los efluvios sentimentales europeístas sino que también solía pelear y hacerse presente institucionalmente en ese escenario alternativo. Claro que también eran épocas en las que las máximas autoridades catalanas buscaban la complicidad de los léperos. Hoy, tal vez no el catalanismo, pero sí la sociedad catalana parece haber desistido de todo ello. De estar en Europa y de estar a bien con el resto de españoles. De lo último, tenemos todo un historial reciente que no hace falta detallar. De lo primero, da cuenta la más que notable abstención en los comicios europeos. Ha superado, con creces, la media nacional.

Se ha recurrido, a la hora de buscar explicaciones, al tema de la financiación. Éste es un argumento que sirve para todo, para un roto y para un descosido. Todavía me acuerdo como en el otoño pasado mis estancias en Gerona conllevaban unos desayunos acompañados de noticiarios y tertulias autonómicas que invariablemente debatían el tema. El mundo se hundía a nuestro alrededor. Aunque no porque la economía mundial sufriera una de las peores crisis en los últimos decenios, no, sino porque en Madrid no cumplían lo pactado, lo legislado, lo acordado.

Con independencia de las razones que sostienen dicha demanda, la de dinero, lo que no puede hacer una administración que sistemáticamente incumple las sentencias judiciales -por ejemplo en materia de escolarización- es quejarse de que los otros no cumplan las leyes aprobadas en sede parlamentaria. Por cierto, y si me permiten el excursus, que en materia de Estatut todavía estamos pendientes de que se aclare el Constitucional –no deja de ser una modalidad más de corrupción de la vida política. Aquello que no deberían sostener los voceros del tripartito es que la ciudadanía no ha ido a votar porque se siente estafada por el gobierno de Rodríguez Zapatero. En otras palabras, lo que no debería hacer es sustituir el debate europeo no ya por el nacional, como ha hecho todo el mundo, sino por el regional.

Lo que la gente parece haber decidido es que puestos a irse, se va. Se va de España y de Europa. Incluso, si atendemos a la abstención en el referéndum estatutario de 2006, se va… de sí misma. Cataluña avanza, con un silencio estrepitoso, hacia el vacío. No será razonable, dirán, No, no lo es. Pero es absolutamente democrático.

Ahí vamos, con el paso firme de las sociedades que han decidido pasar a la historia; es decir, a extinguirse. Imparables.
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