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Irán, “Democracia electoral”

lunes 15 de junio de 2009, 21:42h
No deja de ser curioso que muchos se hayan quedado sorprendidos y hasta frustrados por el resultado de las elecciones presidenciales en Irán, que han dado un nuevo mandato (probablemente con fraude al por mayor) al “fundamentalista” Ahdmadineyad. Y todavía sorprende más que no pocos –incluido el Presidente Obama- hubieran llegado a pensar que un triunfo del “reformista” Musavi podría haber supuesto un cambio importante en el régimen de los ayatolás. Tal actitud mental supone aplicar a un sistema político que no se parece en nada a una democracia occidental, pautas y criterios propios de ésta. Y, en consecuencia, implica desconocer por completo la íntima naturaleza del régimen fundado hace treinta años por el ayatolá Jomeini, que no ha cambiado desde entonces en nada esencial, pues ya se han encargado de ello, con represión sistemática, el Consejo de Guardianes y, sobre todo, el líder supremo, Alí Jamenei, que ha mostrado su entusiasmo por el triunfo de Ahdmadineyad, que no deja de ser un subordinado suyo. Otra cosa es que cada vez sean más evidentes las muestras de división dentro del régimen y, sobre todo, el descontento creciente de los sectores más modernos de la sociedad iraní, muy especialmente los jóvenes, los intelectuales y una gran parte de las mujeres. La experiencia reformista ya la hicieron los iraníes durante del mandato de Jatami, de cuyos cambios, más bien superficiales, ya no queda nada.

Es increíble que tantos occidentales sigan teniendo lo que podríamos denominar la “idolatría de las urnas”. En cuanto un régimen, sea el que sea, hace uso de estos artilugios, ponen los ojos en blanco transidos de fervor democrático, se consideran plenamente satisfechos y no vacilan en dar al régimen en cuestión todas las bendiciones de la legitimidad. Y todo ello sin analizar los requisitos indispensables para considerar a una elección verdaderamente democrática, olvidando además que, al menos desde que Bonaparte organizó un plebiscito para legitimarse como Primer Cónsul Vitalicio, todos los dictadores han jugado con las urnas que, debe quedar muy claro, no son en absoluto una exclusiva de las democracias que verdaderamente merecen ese nombre. Hay en el mundo actualmente muchas “democracias electorales” –por seguir la terminología de McFaul a propósito de la transición rusa- o, si se quiere, de acuerdo con el término acuñado por Fareed Zacharia, “democracias iliberales”, que sólo lo son en apariencia por mucho uso que hagan de las urnas. Tal sería el caso, por ejemplo de a Venezuela de Chávez (que, por cierto, se ha precipitado a felicitar a su colega iraní) y todos los demás regímenes populistas, tan abundantes al otro lado del Atlántico, pero muchos de cuyos rasgos empiezan ya a brotar (no sé si en verde o no) en esta orilla europea. Hay que ver con que solicitud el Gobierno español se inclina ante los populismos iberoamericanos, simplemente porque usan urnas. Aunque todos sabemos qué tipo de uso es el suyo.

Los autores citados –y tantos otros más- han recordado lo que, por otra parte, es obvio: Una democracia no se hace repartiendo urnas por el territorio sino que sólo puede ser el fruto de una cultura política basada en la libertad y el pluralismo. Un cultura política que, a su vez, sea la emanación natural de un régimen de opinión que tenga como señas de identidad, el Estado de Derecho, esto es la supremacía de la Ley, un sistema de pesos y contrapesos (los checks and balances de los anglosajones) y, muy especialmente, una justicia independiente, así como un escrupuloso respeto de los derechos humanos. Cualquier asomo de censura o de control de los medios, cualquier intento de poner las instituciones del Estado al servicio de intereses partidistas o territoriales o bien de coartar o demonizar a adversario, introducirán, necesariamente, muchas dudas acerca del carácter democrático del país de que se trate. Como telón de fondo es imprescindible una sociedad civil vibrante y robusta, que no sea un puro reflejo de los conflictos entre partidos sino que tenga una dinámica propia y un sistema de valores básicos compartido, que le den la necesaria cohesión. Invito a los lectores a que apliquen esos criterios a muchas supuestas democracias y verán cómo el mapa de la libertad se encoge.

Pero, volviendo a Irán, ¿alguien puede imaginar que en la hipótesis de un triunfo de Musavi Irán renunciaría a sus objetivos nucleares, compartidos incluso por sectores de la oposición y del exilio? El antiguo imperio persa, orgulloso de su pasado, no entiende por qué debe renunciar a un símbolo de poder, como es la bomba atómica, en una región donde ya la poseen Israel, India, Pakistán y China, por no hablar de Corea del Norte. Esta situación plantea un problema muy grave, que Obama no va a solucionar con ingenuas apelaciones al Tratado de No Proliferación, ante el que ciertos Estados, como los citados, parecen tener bula. Sólo un nuevo acuerdo entre todas las potencias nucleares podría resolver ese complejo problema. Pero Irán, con o sin Ahdmadineyad, no está ahora por la labor. Como no lo están los otros Estados de la zona. Ahí se juega Obama el éxito de su mandato.
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