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Populares en tierra extraña

miércoles 17 de junio de 2009, 20:24h
Escribía Victoria Prego, el pasado domingo en las páginas de EL MUNDO, que Cataluña sigue siendo la pesadilla del PP. A pesar de los numerosos cambios registrados en la dirección regional, la distancia que en esa comunidad autónoma le sacan los socialistas a los populares sigue condenando a estos últimos -si de verdad quieren alzarse con la victoria en unos comicios nacionales- a compensar la oquedad catalana con una gran ventaja en otras partes de España.

Así es. Lo ha sido, en realidad, desde los primeros momentos de la transición democrática. Más allá de los vaivenes coyunturales, y del “éxito” incompleto de dirigentes como Alejo Vidal-Quadras, el centro derecha no nacionalista ha tenido, cuantitativamente hablando, una magra presencia. Una presencia que, por lo demás, ha ido haciéndose menos relevante, cualitativamente, a medida que el relato nacionalista impregna a todas las fuerzas que integran el sistema de partidos catalán. Asúmanlo, señoras y señores del PP: la impermeabilidad de una gran parte del electorado a las propuestas de su partido nada tiene que ver con la dirección que en una coyuntura determinada se halle al frente de su partido. Ni con las directrices que fije. Hay algo que resulta intolerable, del PP, a un segmento muy amplio de catalanes: que sea un partido español. Así de simple. No es que sean los herederos del franquismo o de la burguesía negrera, ya que unos y otros están por todas partes. Faltaría más. No es, tampoco, que a menudo sean complacientes con el discurso de los sectores más intransigentes de la jerarquía católica; al fin y al cabo, los catalanes nos llevamos tan bien con la hipocresía como cualquier hijo del Mediterráneo. No es, finalmente, que la conexión política-negocio, en Barcelona o en otros municipios, pase por las influencias populares. Son otras, en rigor, las amistades políticas que, en el noreste peninsular, dan lugar a la inevitable geografía del beneficio, y la corrupción, que aporta la proximidad al poder.

Lo reitero. El problema es que son percibidos como españoles. ¿Tiene eso remedio? Sí. De hecho, el partido socialista lo solventó. Por la vía directa. Hubo un tiempo en que el socialismo catalán era acusado de sucursalista; es decir, de ser una mera franquicia de una empresa forastera. Ahora ya no es así. En Cataluña el socialismo es catalán, y punto. Quiero decir que ha renunciado a tener, y definir, un proyecto español. Sí, claro, lo comparte e incluso, si se da la circunstancia, aporta saberes y habilidades -véanse los casos de Carme Chacón o Celestino Corbacho. Sólo siempre, eso sí, que la aportación sea rentable en términos nacionales -y aquí debe leerse, catalanes. Lo relevante es que el PSC sería incapaz, a estas alturas de la historia, de asumir compromisos abiertos y trasparentes; pongamos, por ejemplo, en temas como la distribución de recursos financieros o en el diseño de un horizonte genuinamente federal para el conjunto del Estado. Compromisos, en suma, que, alejándolos del bilateralismo, pudieran poner en riesgo su papel determinante en la vida interior catalana. Lo que, por recuperar la fórmula Prego, puede acabar convirtiéndose en una auténtica pesadilla para una hipotética dirección del PSOE algo más responsable.

La renuncia del PSC a practicar un patriotismo no nacionalista ha sido lenta pero irreversible. Ha sido el coste que el socialismo catalán ha tenido que pagar para acabar siendo normales. Lo han hecho a gusto. No sé si merece la pena. Pero, señores y señoras del PP catalán, deberían ir pensando, para ser aceptados, en dejar de ser lo que son. Es una metamorfosis escasamente dolorosa. Manifiesten, de una puñetera vez -como ha hecho el PSC- lo que siempre han negado: que, en numerosas ocasiones, es incompatible ser leal a los intereses catalanes y a los generales de España. Y que, en esas circunstancias, optarían, a partir de este momento y hasta el día del Juicio Final, por la defensa de los primeros.

Mientras no lo hagan, seguirán siendo, en el mejor de los casos, unos turistas impertinentes
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