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LA CONDUCTA DE MICHAEL JACKSON

lunes 29 de junio de 2009, 12:09h
Un destacado representante de la música pop ha subrayado un artículo de Luis María Anson publicado en el diario El Mundo, entre los que han aparecido en Madrid sobre Michael Jackson. Lo reproducimos a continuación.

     Eras la contorsión, el ritmo quebrado de la negritud, la magia popular, la abdicación del mar sobre la arena, el baile sin cicatrizar.

     Eras la androginia que galopa, la oda en la ceniza, el estupor en los dientes, la danza de la cal y los puñales, el pensamiento seminal, el funeral del desamor, la lenta arruga del tiempo y el azogue, las espadas como labios, la sombra de la oquedad y de la nada. Eras, en la bella escritura de Antonio Lucas, “algo más que un zombi vestido de desvaríos que se peinaba para abajo”. Además, Terpsícore te inyectó en vena el genio del baile y los pies alados.

     Varias generaciones danzaron contigo, cantaron contigo, amaron contigo. Fuiste el número uno en Estados Unidos, como los Beatles en Inglaterra, como Mecano en España. Engañaste a Paul McCartney. Ensombreciste a Elvis. Te reías a carcajadas de Julio Iglesias. Tal vez fuiste el más grande de todos. Rugías como un animal independiente pero tenías, a veces, delicadezas de enamorado. Nadie te pudo imitar. Y, ahora, como en el verso de Caballero Bonald, ya todo terminó, ya eres tiempo. La vasta muerte de la que hablaba Borges te visitó por la tarde, te hizo guiños de barbitúricos y sueños y se llevó por delante tu leyenda con palabras acalaveradas y turbias.

     He estado siempre con Bach y Beethoven, con Mozart y Brahms, con Stravinsky y Schoenberg, con Wagner y Puccini, con Webern y Alban Berg. Pero nunca desprecié la otra música, la del pop y el rock, la de la copla y el heavy metal, la que algunos llaman ligera y es profunda y erizante.

     Tu conducta, querido Michael, hizo trizas tus canciones, despedazó los telares del amor, te entumeció la garganta ardiente. Jugaste con la lívida pederastia, te sumaste al cortejo triunfal de las cavernas, abriste con las llaves oxidadas de Peter Pan los portones del temblor y la decadencia. Has dejado tu huella en los albañales, el rastro de los andrajos, las lucernas de la desmemoria. No le diste tregua a la autodestrucción. Te amabas pero también te odiabas.

     Seguirá fluyendo, en fin, el agua de tus manantiales, el vaho de tu tierra genital, los pétalos desprendidos de tu alma, la espesura de la carne en las aceñas clandestinas, tu thriller inolvidable. La música pop se ha convertido hoy en una inmensa lágrima sobre tu cuerpo yacente del que cuelgan las hebras del desamor y la ternura.



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