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Los límites del diálogo

lunes 29 de junio de 2009, 22:24h
El famoso discurso de Obama en El Cairo, todavía no hace un mes y abusivamente considerado como “histórico”, mereció desde el primer momento un aluvión de críticas, no sólo por sus errores de detalle sino porque daba toda la impresión de que se trataba de un diseño de la política exterior de la nueva Administración en relación con el mundo islámico. Y en ese diseño se percibían graves fallos de planteamiento que nos retrotraen a la época de Carter –uno de los peores presidentes americanos del último siglo- que intento corregir lo que para él eran errores básicos de sus predecesores en relación la Unión Soviética y el mundo comunista en general. Por cierto que también metió la pata –y hasta el corvejón- con el entonces nuevo régimen de los ayatolás iraníes. Carter llegó a decir que había que curarse de “nuestro desmesurado miedo del comunismo”. Para él el diálogo era el arma definitiva para solucionar todos los conflictos y mostró una disposición al apaciguamiento y a la agitación de benéficas ramas de olivo que llevó a los Estados Unidos a uno de los peores momentos de su historia reciente. La imagen de debilidad que proyectó la gran nación americana sólo se remedió gracias a la enérgica política del presidente Reagan que, les guste o no a los progres, es ya considerado como uno de los grandes presidentes de toda la historia americana. Una política basada en decir la verdad a los regímenes totalitarios, cantarles sin cesar sus miserias y no transigir con sus interesadas maniobras. La derrota de la URSS en la Guerra Fría fue el resultado de su política, algo que nadie puede negarle.

El discurso cairota de Obama pertenece al mismo estilo apaciguador que practicó Carter. Preso de una visión multiculturalista que nadie en serio puede aceptar –salvo, claro está, los epígonos de la Alianza de las Civilizaciones- no vaciló en poner en el mismo plano a la sociedad occidental y a la islámica y hasta pidiendo perdón por nuestros pecados. Se deslizó así por la imparable pendiente de un relativismo suicida. Hasta se permitió explicarles a los musulmanes el sentido del Corán y algunos aspectos del islam, algo que, como hemos sabido después, sentó fatal a los discípulos de Mahoma, que en absoluto pueden admitir que un “infiel” –aunque tenga parientes musulmanes y su nombre intermedio sea Husein (también Barack tiene raíces árabes, similares al vocablo que significa “suerte”) les venga a dar lecciones de su religión. Como escribía recientemente Fouad Ajami, un conocido especialista en el mundo árabe y musulmán, “Obama se inmiscuyó en una violenta guerra civil sobre el islam mismo. Y al régimen teocrático iraní, que ha hecho manifiesta su voluntad de hegemonía en la región, le ha ofrecido una rama de olivo, esperando con ello que ‘afloje’ su puño”.

Obama parece desconocer esa regla elemental de que sólo se puede dialogar con aquellos con los que se comparte una visión similar de la política. El diálogo entre demócratas puede dar resultado, aunque no siempre. Pero dialogar con totalitarios que no respetan el Derecho ni los compromisos internacionales es totalmente inútil. Los ingleses lo aprendieron primero con Bonaparte, pero se les olvidó y algo más de un siglo después Hitler les volvió a tomar el pelo. Y eso que los anglosajones tienen muy a gala el principio del agreemet on fundamentals, como punto de partida para lograr un diálogo fructífero. Es la misma locura que por aquí practicó Zapatero cuando puso en marcha aquel triste y fracasado “proceso de paz” con ETA, de infausta memoria. La primera reacción de Obama ante la brutalidad represiva del régimen iraní, no pudo ser más suave, según dicen algunos comentaristas porque esperaba que todavía fuera posible un diálogo con los ayatolás. La esperanza de frenar el programa nuclear de Irán está en el fondo de esa actitud, algo que no pueden entender todos cuantos conocen la verdadera naturaleza de aquel régimen. Llegó a decir que Musavi no era tan diferente de Ahmadineyad, algo que siendo bastante exacto no captaba el significado que este hombre del régimen ha adquirido para la parte más moderna y pro-democrática de la sociedad iraní: Cualquiera que sea su origen Musavi se ha convertido en el líder de los reformistas y, en ese sentido, es de una enorme torpeza y de una mayúscula injusticia equiparle con el régimen represor. Ahora es un símbolo y una política inteligente no pude minimizar su significado.

Sólo en una segunda intervención, Obama fue más contundente y condenó duramente la violencia represiva exigiendo el fin “de las injustas acciones contra su propio pueblo” y el respeto de los derechos humanos. Pero, como se ha señalado en Washington, esto sucedió sólo después de que ambas Cámaras del Congreso habían aprobado duras resoluciones de condena de la represión iraní. ¡Apañados estamos si la Casa Blanca tiene que ir a remolque del Congreso en política exterior!. Después de su “triunfo” electoral cualquier trato con el régimen iraní sólo sería beneficioso para los ayatolás. Que Obama calme sus ardores dialogantes porque, de momento, no hay nada que hacer. Hace poco se conmemoró el vigésimo aniversario de Tiananmen y la democracia aún no ha llegado a China. Aunque a muchos no les importe porque es un buen socio comercial…

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