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Argentina: El plebiscito que no fue

jueves 02 de julio de 2009, 20:02h
Las democracias representativas echan mano del plebiscito en circunstancias extraordinarias, por ejemplo cuando se trata de aprobar una constitución que necesita un abrumador consenso popular. Se utilizan los referenda, en cambio, cuando algún tema de alcance más moral que político permite a los votantes pronunciarse al margen de la disciplina partidaria.

Fuera de estos casos excepcionales, en las democracias se vota periódicamente sólo para renovar las autoridades parlamentarias o ejecutivas. En estos casos, la gente ya no vota por sí o por no alguna iniciativa trascendente, para escoger en cambio entre dos o más candidatos que compiten libremente por las bancas y además, si la democracia es presidencialista y no parlamentaria, por la presidencia.

Algunos presidentes latinoamericanos, empero, han venido abusando de la técnica plebiscitaria para poner una y otra vez al pueblo frente al dilema de reelegirlos indefinidamente, sin rivales a la vista. Así han actuado los presidentes Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador y Morales en Bolivia, mientras el presidente Manuel Zelaya acaba de intentar lo mismo en Honduras, precipitando a su país en una grave crisis institucional. Es que el abuso del recurso plebiscitario, al reducir las opciones populares a un “sí” o un “no” al poderoso de turno, está más cerca de la dictadura que de la democracia. Recuérdese que los Bonaparte, tío y sobrino, acudieron este expediente para situarse en la antesala del Imperio.

Apelando a una suerte de “chavismo en sordina”, el matrimonio Kirchner, que gobierna a la Argentina desde 2003 y aspira a una serie indefinida de reelecciones consecutivas mediante el recurso infrecuente de la alternancia conyugal, adoptó el último domingo un método en cierto modo mixto porque, aprovechando la convocatoria a una elección intermedia en apariencia “normal”, ya que sólo se trataba de renovar parcialmente las bancas del Congreso, se plantó ante el pueblo como si condujera un plebiscito. Según los Kirchner, no se elegía entonces simplemente a nuevos representantes en el Congreso, sino que lo que estaba en verdad en juego era un “sí” o un “no” a la prolongación indefinida de su liderazgo. Era el suyo un plebiscito en el fondo aunque no en la forma, puesto que su mensaje al pueblo durante la campaña electoral fue, como en todos los plebiscitos “chavistas”, “nosotros o el caos”.

Pero tres de cada cuatro argentinos votaron el domingo contra los Kirchner, esto es que, desde la óptica de ellos, optaron por el caos. El ex presidente del Brasil, Fernando Henrique Cardoso, dijo alguna vez que “tres presidencias consecutivas es monarquía”. Fiel a esta consigna, Cardoso se retiró del poder después de haber gobernado por dos períodos consecutivos y Lula, su sucesor, está por seguir su ejemplo.

Los Kirchner, que se aprestaban por su parte a infringir este límite en 2011, cuando venciera su segunda presidencia consecutiva, no habían tenido en cuenta, empero, un dato no menor: que tanto Chávez como sus imitadores latinoamericanos, cada vez que apelaron a un plebiscito, consiguieron como fuera más de la mitad de los sufragios. Al comprobarse que la aprobación popular a su liderazgo se he reducido este domingo a una cuarta parte del cuerpo electoral, el ánimo plebiscitario de los Kirchner se ha quedado, por lo visto, sin argumento.

El pueblo argentino les dijo simplemente que “no”. Este es el producto más reciente de un breve pero intenso proceso de aprendizaje democrático. Obsérvese también que las tres cuartas partes de los argentinos que vienen de rechazar a los Kirchner no se concentraron por eso en otro caudillo dominante, que habría sido sospechoso por ello de aspirar a un “kirchnerismo sin los Kirchner”, sino que distribuyeron sus preferencias en diversas direcciones. Es lo que suelen hacer las democracias presidenciales maduras de Occidente, que en general no acuerdan al presidente en ejercicio, en las elecciones intermedias, el pleno dominio del Congreso. Es que, después de votar cada dos años desde hace veinticinco años, cuando les volvió la democracia, los argentinos están aprendiendo a no conceder todo el poder a un solo caudillo, obligando así a los políticos a probar la miel, que para los Kirchner es la hiel, del pluralismo democrático.

Mariano Grondona

Doctor en Derecho

MARIANO GRONDONA es Abogado y doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

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