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Poca inteligencia

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Cuando las cosas se hacen mal desde el principio es inevitable que acaben mal: Esa es la conclusión que se puede extraer del bochornoso sainete del cese-dimisión del jefe de los espías. El nepotismo (DRAE: “Desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o empleos públicos”) es siempre repugnante y no hay otro síntoma que demuestre de un modo más patente que una democracia no funciona bien o, simplemente, que lo es sólo de nombre. Pero cuando el nepotismo hace víctima de sus caprichos a una institución tan estratégica y delicada como los servicios de inteligencia nos hallamos ante un auténtico delito de Estado, aunque no esté tipificado en el Código Penal. Cuando fue nombrado hace poco más de cinco años, Alberto Sáiz no tenía ninguno de los requisitos exigibles para un cargo tan relevante, absolutamente ninguno. Nada en su preparación o en su experiencia anterior le había puesto en condiciones de conocer a fondo los problemas de la seguridad del Estado, la situación geoestratégica del mundo actual, el trasfondo de las relaciones internacionales, las constantes y los compromisos de la política exterior española, la propia historia de los servicios de inteligencia españoles y un conocimiento a fondo de las crisis por las que han pasado.

Su único “mérito” era ser amigo y hasta pariente lejano por afinidad del entonces ministro de Defensa, Bono, que hacía la propuesta. Y como este es el reino del “todo vale”, donde las agarrraderas han sustituido a cualquier atisbo de meritocracia, fue investido con uno de los cargos más importantes del Estado. Mucho más importante que muchos ministerios, especialmente esos que se ha inventado Zapatero para las Aídos y compañía. La ley exige que la selección del personal del Centro se haga “mediante pruebas objetivas basadas en los principios de mérito y capacidad”. Pero eso es sólo para el personal, para el Director basta con ser amigo del ministro.

A lo largo de estos cinco años, Sáiz ha ido dando muestras de su peculiar y escasamente profesional manera de entender cómo debe dirigirse el CNI, como aquella sorprendente rueda de prensa para informar de una operación que, como todas las que lleva a cabo la institución, se deben caracterizar por la discreción. El mismo que entonces llamó a los medios apara informar, con micrófonos, focos y cámaras, acerca del agente traidor que se había pasado al espionaje ruso, es el que hace bien poco exigía comparecer ante la Comisión de Secretos Oficiales para “informar” de sus personales aventuras cinegéticas o de pesca, privadas, si no fuera porque utilizó, con bastante desvergüenza, los medios personales y materiales del Centro. El malestar generado durante su mandato ha provocado también las filtraciones a los medios de las andanzas de este manchego, no precisamente quijotesco: la limpieza de su piscina particular por personal del CNI, el pago adelantado de sus impuestos por parte de la caja del Centro, la compra de las patatas del amiguete, la insólita historia del polígrafo, los planes de purga del personal “no adicto”…etc. ¿Estudió tanto Sáiz el funcionamiento del KGB o de su sucesor el FSB que, casi inconscientemente, se dedicó a aplicar sus métodos? Pero, ironías aparte, lo más insólito no es que Sáiz pidiera encubrir sus peripecias personales con el sagrado manto del secreto de Estado, sino que el Congreso de los Diputados accediera a tal petición. Con todos estos antecedentes (¿O es que el Gobierno no sabía nada y no se enteraba de nada?) es también increíble que hace poco más de dos meses el Gobierno designara al mismo Sáiz para un segundo mandato. Es entonces cuando los que, desde dentro, se toman en serio el Centro debieron decir “hasta aquí hemos llegado” e hicieron públicas las andanzas del desnortado jefe, photoshop incluido.

En cuanto a su sucesor, el general de Ejército Sanz Roldán, antiguo JEMAD, no cabe duda de que tiene mucha de la preparación y de la experiencia que le faltaba a su antecesor. Se le achaca, sin embargo, la proximidad excesiva a Zapatero, a cuya sombra ha estado durante estos cinco años y bajo cuya tutela ha hecho la parte más sustanciosa de su carrera. Hasta extremos un tanto increíbles como aceptar que le lanzaran, sin paracaídas, para presidir el Comité Militar de la OTAN, un puesto para el que España no tenía ninguna posibilidad, en opinión de los más acreditados expertos internacionales. Pero Zapatero ha premiado su fidelidad llevándoselo a La Moncloa desde donde ahora sale camino de la Cuesta de las Perdices. Su condición militar no es, desde luego, excluyente: Para ese puesto hay que elegir a la mejor persona de que se disponga, lleve o no uniforme, máxime cuando los dos civiles que han dirigido hasta ahora el CNI, Dezcállar y Sáiz, no han sido precisamente ni eficaces ni competentes. Pero, aparte de los requisitos personales, el método de nombramiento que utiliza Zapatero es inadmisible.

El director del CNI es, como ya hemos dicho un cargo de Estado de la máxima importancia y es exigible que su designación se pacte con el primer partido de la oposición. Hasta la duración de su mandato, cinco años, está en esa línea. Si en 2012, o cuando se celebren elecciones, cambia el Gobierno, la nueva Administración heredará, con compromiso, en principio, de permanencia, un jefe del CNI en cuya designación no ha tenido parte. Así no se hacen las cosas en una democracia. Pero, ¿sabe Zapatero lo que es una democracia de verdad?
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