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¡Pero cómo cita usted a Pío Moa!

miércoles 22 de julio de 2009, 19:46h
Es ésta una expresión de asombro que se da ocasionalmente en medios académicos historiográficos. Tiene lugar si a algún despistado se le ocurre citarlo a pié de página o, no digamos ya, incluir alguno de sus múltiples libros en la bibliografía final de un trabajo de investigación. Puede haber, en esa relación de volúmenes, vacíos clamorosos, olvidos superlativos. Es igual. Aquello que resulta irritante es que conste Pío Moa.

El caso Moa es sintomático. Muy revelador. A mí, sinceramente, me parece un autor menor –por el escaso trabajo con fuentes inéditas, por el sesgo que imprime a sus libros desde la primera de las líneas-, pero en todo caso de mucho éxito de ventas. El público –su público- le reclama más y, en algún momento, contribuyó a recuperar, en relación a las causas de la guerra civil española, una tesis que ya había sido formulada por parte de los historiadores vinculados al franquismo –de Joaquín Arrarás a Ricardo de la Cierva- y que más tarde habría sido omitida en el discurso universitario. Antes, mucho antes de julio o febrero de 1936, en octubre de 1934 y por una parte significativa de las izquierdas, ya se había quebrantado la voluntad popular expresada en las urnas. Eso, y no otra cosa serían los levantamientos obreros en Asturias o nacionalistas en Cataluña. La República habría tenido sus propias lógicas de exclusión y habría dejado fuera de la legalidad efectiva, a segmentos muy numerosos de la vida social española.

El argumento puede ser discutible pero, en cualquier caso, no puede rechazarse de plano. De hecho, muchos de los historiadores desprejuiciados que se acercan a esos años, están sosteniendo –de forma mucho más sofisticada en ocasiones, cautelosa en otras- argumentos muy parecidos. Bien es cierto que otros afirman todo lo contrario. Que durante la República hubo un respeto escrupuloso a la legalidad y que serían los militares sublevados en verano del 36 los únicos responsables de lo que estaba por venir. En cualquier caso, la pregunta sigue siendo la misma ¿por qué, entonces, en el terreno del debate de ideas, excluir a Moa? Sobre todo teniendo en cuenta que esas ideas poseen, como resulta evidente, un gran potencial de circulación.

Hay un segundo razonamiento que sale entonces a colación. Moa no cumple con los requisitos y las maneras de un historiador del oficio. Es, dicen, un mero copista. Ciertamente alguien que escribe tanto, y en tan corto espacio de tiempo, y que introduce largas citas textuales o reproduce, a veces sin citarlas, obras originales es alguien que incumple las mínimas reglas de la deontología profesional. El único inconveniente que presenta esta consideración –la de copista- es que es perfectamente aplicable a una parte muy numerosa de los historiadores universitarios en este país. Quizá no son tan burdos, pero recurren a la “intertextualidad” con cierta frecuencia.

¿Por qué, pues, esta ojeriza? Me lo sigo preguntando. Espero que no sea envidia cochina por el hecho que venda libros como rosquillas mientras se dedica a poner en discusión el prestigio de la Academia y el monopolio de las izquierdas en materia de memoria histórica. Aunque, la verdad, no lo tengo nada claro.
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