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Crítica sin valor

Juan José Solozábal
jueves 23 de julio de 2009, 16:43h
Cuando se razona  sobre los límites de la libertad de expresión y en concreto se justifican los excesos a que puede abocar el ejercicio de la misma, es frecuente emplear un argumento, que asumo, que viene a decir que en una sociedad madura no tiene sentido una política de represión de la comunicación pues el común de los ciudadanos es perfectamente capaz de discriminar lo razonable sobre lo nocivo, de modo que en el espacio de la opinión, contra lo que pasa en el mundo de la economía, la mala moneda no se impone frente a la buena.  A veces, con todo, uno echa de menos la existencia, digamos, de  una censura previa, privada, algo así como una policía de sensatez, que le ahorre al lector  determinados espectáculos.

Esto es lo que pensé hace unos pocos meses cuando leí en El Pais, en Babelia, una discutible crítica sobre nuestro mejor y más reconocido sociólogo cuya obra completa con todo merecimiento está editando el Centro de Estudios Politicos y Constitucionales, continuando una política de recuperación del reciente pensamiento político español, emprendida por este organismo, pero  también por otros, así la edición estupenda de la UAM de los escritos de Enrique Tierno.

Ahora, sin saber porqué, le toca el turno a Isaiah Berlin, que recibe un furibundo ataque , anunciado eso sí desde la misma portada, en el último número del Times Literary Supplement. Me ha parecido tan abusivo el golpe, tan injusto y arbitrario, que no me voy a molestar en hacerle la publicidad de dar el nombre del autor que reprocha a Berlin la levedad de su aportación a la historia de las ideas y su frivolidad en su comportamiento social. No creo que para el lector tenga especial interés la referencia de las dotes individuales del profesor Berlin, sobre cuyo coraje personal algunos testimonios existen y cuyo atractivo detalló Ignatieff en un conocido libro. Pero lo que encuentro francamente discutible es cuestionar el significado especial de la obra del profesor nacionalizado inglés(a quien el recensionista llama The dictaphone don) , calificando como  ligera  su aportación al mundo de las ideas, prácticamente constreñida a la ingeniosa, y superficial, distinción entre los pensadores erizo, dominados por las ventajas y servidumbres del sistema, así Platon y Marx   y los pensadores zorro , partidarios del pensamiento inductivo y la acumulación fragmentaria , así Montaigne, Erasmus y Goethe, con Tolstoi en medio.

Berlin es en efecto el debelador del pensamiento sistemático que tiende a sacrificar a la unidad de la construcción mental la pluralidad y la riqueza de la realidad. No hay naturaleza permanente en la sociedad, solo progreso tentativo y contradictorio. La unidad, con su patencia, seduce, pero reduce y miente. Machado lo captó perfectamente: he visto en la soledad cosas muy claras que no son verdad. 
 
La cuestión está en aceptar la pluralidad y la provisionalidad de los resultados intelectuales sobre la sociedad sin caer en el relativismo. No hay valores absolutos o definitivos, pero no todos   valen igual, solo los que maximizan nuestra libertad merecen la pena y  será pequeño cualquier esfuerzo por establecer y mantener el orden político que la asegure. Esto es Berlin puro, amigos, mal que le pese al recensionista innombrado.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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