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La diplomacia de la música

martes 04 de agosto de 2009, 20:27h
El enfrentamiento entre palestinos y judíos se ha convertido en el cuento de nunca acabar. A veces, cuando falla la política en la solución de los conflictos hay que buscar salidas por otros medios. Eso es lo que intentaron Daniel Barenboim y Edward W. Said cuando pusieron en marcha el proyecto de la orquesta del West-Eastern Divan. “El punto central es que la lucha por la equidad entre Palestina e Israel debe dirigirse hacia un objetivo humanista, es decir, hacia la coexistencia, y no a una ulterior supresión y negación”, afirmaba el pensador palestino. La música podía ser un instrumento válido para mostrar al mundo la viabilidad de una armónica convivencia entre jóvenes intérpretes palestinos y judíos. Ahora se cumplen diez años desde el inicio de aquella iniciativa. Después de la muerte de Said en 2003, es sólo Bareboim el que impulsa el proyecto. Su entusiasmo y su trabajo son verdaderamente admirables. A pesar de sus numerosos compromisos –ya se está anunciando para enero la interpretación de los cinco conciertos para piano de Beethoven en el Royal Festival Hall de Londres con su Staatskapelle de Berlin- aún tiene tiempo de dedicarle parte del verano a esta labor con los músicos del Divan.

Cada año, patrocinado por la Junta de Andalucía a través de la Fundación Barenboim-Said, el maestro se reúne cerca de Sevilla con un centenar de estos jóvenes que ensayan duro durante un mes bajo su dirección para llevar a cabo con posterioridad una serie de conciertos por varios países del mundo. Acaban de presentarse con gran éxito en el Teatro sevillano de la Maestranza, y después de un concierto en Madrid, seguirán por San Sebastián, Salzburgo, Bayreuth y Londres. En esta ocasión, para conmemorar el décimo aniversario de su puesta en marcha, han incorporado a su repertorio el Fidelio de Beethoven: un canto a la libertad frente a la opresión y la intolerancia, que bien pudiera aplicarse a la situación que sigue existiendo hoy en Oriente Medio.

En Andalucía se han levantado algunas críticas sobre el costo que supone para la Junta el sostenimiento de la Fundación Barenboim-Said. ¿Cómo pueden dedicarse fondos a este propósito si los conservatorios andaluces sufren una extrema precariedad? Bien están las críticas, sobre todo si, como en este caso, no les falta buena parte de razón. Pero a veces hay que apoyar propuestas valientes como ésta, que exigen sacrificios. Y por otra parte, si hay que apretarse el cinturón, ¿No sería mejor –pongamos por caso- suprimir los gastos de tanto coche oficial?

Seguramente, el esfuerzo que supone la realización de este proyecto no produzca resultados inmediatos. De hecho, no parece haberse avanzado mucho en la resolución de la crisis desde que hace ahora diez años, inició sus actividades la West Eastern Divan en la ciudad de Weimar. Es más, sigue habiendo países implicados en el conflicto a los que todavía no ha sido posible llevar la orquesta. No importa. El ejemplo que están ofreciendo al mundo estos jóvenes y la música como vehículo mediador en un problema que parece no tener fin, dará sus frutos tarde o temprano. Cuando la política fracasa, la música puede ser más eficaz porque no discrimina y llega directamente al corazón.
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