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Crítica

Gilles Lipovetsky y Jean Serroy: La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna

jueves 06 de agosto de 2009, 17:44h
Mis padres, como los de todos los posibles lectores de este periódico digital y todos los ciudadanos del mundo occidental, nacieron cuando el cine constituía ya un ingrediente básico de su medio cultural. Yo, de nuevo como muchos lectores e incontables coetáneos, nací cuando la televisión y las técnicas de video-grabación habían permitido el inicio de un incipiente proceso de consumo de productos cinematográficos fuera de las propias salas de cine.
Mis padres, como los de todos los posibles lectores de este periódico digital y todos los ciudadanos del mundo occidental, nacieron cuando el cine constituía ya un ingrediente básico de su medio cultural. Yo, de nuevo como muchos lectores e incontables coetáneos, nací cuando la televisión y las técnicas de video-grabación habían permitido el inicio de un incipiente proceso de consumo de productos cinematográficos fuera de las propias salas de cine. Asimismo, los hijos de mis contemporáneos, como los míos, tras ser observados como fetos en una pantalla, habrán nacido después o estarán destinados a nacer y crecer rodeados de pantallas: de cine y televisión, por supuesto, pero también pantallas de ordenador, de cámaras y videos digitales, de teléfonos, de consolas y video juegos, de video-vigilancia, publicitarias, informativas, incluso de libros digitalizados. Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, autores del libro que aquí se reseña, describen con penetración y detalle las transformaciones culturales inherentes a este nuevo “hábitat” nuestro saturado de pantallas, aunque sobre todo se ocupan de estudiar la evolución y el estado presente del séptimo arte y su influencia sobre el advenimiento del “mundo-pantalla”.

Antes de entrar a comentar el contenido de La pantalla global, conviene decir alguna palabra acerca de sus dos autores, cuyos respectivos conocimientos y experiencias se complementan para dar lugar a un ensayo nutritivo pero, sin embargo, de cómoda lectura. Lipovetsky es posiblemente el mejor de los sociólogos franceses que utilizan el ensayo como método de estudio y reflexión sobre la cultura de los países occidentales. Al contrario que otros sociólogos continentales, a Lipovetsky se le entiende todo, no sólo porque sus habilidades de escritor vuelvan innecesario el refugio en jergas oscuras o inelegantes, sino por un modo personal de trabajar sus principales dominios temáticos (que podríamos denominar Sociología moral o de la moral y Sociología cultural), perfectamente apegado a su objeto de estudio, esto es: atento a la evolución y materialización expresiva de la cultura del ciudadano occidental medio y lo que nuestro filósofo José Luis Aranguren llamara la “moral vivida” (en cierta contraposición a la “moral pensada” que reflejan los tratados y ensayos filosóficos sobre moral). Todo esto se comprueba en múltiples libros, todos ellos publicados en España por Anagrama: La era del vacío, El imperio de lo efímero, El crepúsculo del deber o La sociedad de la decepción. Las reflexiones y conclusiones contenidas en estos textos previos dan sentido a las que ahora se ofrecen en La pantalla global, sin perjuicio de que éste pueda ser comprendido por sí solo. No obstante, la proyección de aquellos análisis sobre la temática cinematográfica hubiera sido imposible sin la colaboración del segundo autor, el también francés Jean Serroy, un crítico literario cuyos profundos conocimientos sobre la historia del cine quedan bien plasmados a lo largo de toda la obra.

La pantalla global es un libro dividido en tres partes cuya lectura completa admite varios niveles de interpretación. La primera sección reviste una mayor profundidad teórica y abunda en datos e informaciones orientados a describir el actual estado de evolución del cine en nuestra época. Según Lipovetsky y Serroy, el séptimo arte es un fenómeno típicamente moderno cuyo desarrollo atravesó tres etapas históricas (primitiva, modernismo clásico y modernismo vanguardista o emancipatorio) antes de que el mundo adquiriese su actual perfil “hipermoderno”. Esta tesis de la hipermodernidad claramente se enfrenta al diagnóstico de la posmodernidad. En síntesis, la hipermodernidad constituiría el último estadio de la cultura y la condición moderna llevados al paroxismo, de acuerdo a tres dinámicas complementarias: la consolidación del orden democrático y del individualismo hedonista como primeros referentes ético-políticos, la aceleración y extensión del mercado como dinámica económica mundial y la transformación incesante de la vida social al dictado de los avances tecno-científicos. Estas ideas, expuestas por Lipovetsky en un ensayo anterior (Los tiempos hipermodernos), reaparecen para configurar un compacto marco de referencia que concede absoluta originalidad a sus innumerables apreciaciones sobre las características del cine de las últimas décadas.

Sin salir de su primera parte, lo más valioso y enriquecedor del libro radica en varios capítulos dedicados a identificar y explicar las principales tendencias mediante las cuales las imágenes cinematográficas asumen la hipermodernidad y la reflejan. Nuevamente, las tendencias son tres. En primer lugar, una “estética del exceso” que lleva al extremo el afán moderno por la novedad y que realiza la vocación lúdica del cine a través de una acumulación acelerada de lo que antes se ofrecía en menores dosis: violencia, sexo, sucesos espectaculares, número de planos, etc. Esta estética se revela más que nada en las películas de acción y su evolución hasta nuestros días, que a su vez indican un cambio en las demandas del espectador. Porque como apuntan los autores, si en otro tiempo los espectadores querían ir al cine para soñar hoy son legión los que buscan algo más: flipar.

La segunda tendencia consiste en la desregulación y la complejización formal de las películas; en realidad, otra forma de intensificar el deseo de innovar a través de la experimentación con guiones más complicados y arduamente estructurados, la diversificación temática, la mezcla de géneros, la combinación de relatos, etc. Los autores dan prueba de la capacidad de muchas películas recientes para combinar un espíritu vanguardista con la tradicional lógica del entretenimiento que en su día hiciera posible la transformación del cine en una industria ajustada a las demandas hiperconsumistas del individuo medio. Por último, Lipovetsky y Serroy destacan como tercer rasgo del cine hipermoderno su reflexividad; es decir, su creciente predisposición a la autorreferencia: cine que toma al propio cine como temática, o cine que cultiva un cierto distanciamiento irónico del espectador respecto al relato en imágenes, actitud perfectamente congruente, por cierto, con el modo en que cualquier filósofo y científico que se precie pone entre paréntesis el valor de verdad de sus propias ideas y teorías, o con el escepticismo con que el ciudadano ilustrado del siglo XXI reacciona ante cualquier promesa política redentora y maximalista.

Tras su primera parte, la siguiente sección del libro de Lipovetsky y Serroy se consagra a describir algunas temáticas, formatos y usos del cine de los últimos años que consideran particularmente representativos del estilo hipermoderno. En concreto, se detienen a comentar la nueva moda de los documentales ofrecidos en las salas cinematográficas: películas que ponen las perfeccionadas técnicas y formatos de ficción al servicio del creciente interés ciudadano por adquirir conocimientos fundados y concretos sobre los problemas de su entorno (un entorno que se corresponde ya con la famosa “aldea global” de McLuhan). Se discute igualmente la nueva moda del “cine de la memoria”, tan distinto del tradicional género histórico, que desmitifica la Historia, humanizando a sus personajes y sus pasiones, o bien sustituyendo la “Historia Una” por una memoria plural y conflictiva vinculada a la ejercitación de un supuesto “deber de recuerdo” para con infinitas comunidades particulares olvidadas o reprimidas. Asimismo, lo hipermoderno coincide también con una multiplicidad de temáticas de ficción que no hacen sino expresar la marcha del mundo junto con los principales temores (colectivos y personales) suscitados por aquélla: preocupación por la evolución de la técnica y el desgaste ecológico del planeta, por los defectos y tragedias humanas deparadas por la evolución de la economía global, por conflictos étnicos, abusos empresariales, manipulaciones políticas. Y finalmente, aunque no menos importante, un cine que quiere dar cuenta de las paradojas y ansiedades anejas al individualismo hipertrofiado que hasta cierto punto (tal vez exagerado por Lipovestky) funciona como código moral en las sociedades occidentales contemporáneas, con sus múltiples secuelas anómicas (desestructuración de vínculos sociales tradicionales) y psicológicas (crisis de identidad, ansiedad generalizada, tendencias depresivas, relaciones íntimas intermitentes e insatisfactorias, etc.).

Para finalizar, la última parte del libro nos devuelve al contexto del “mundo-pantalla” previamente aludido. Cabría pensar que la invasión en nuestras vidas de otras pantallas distintas de las del cine acabará trayendo la muerte del séptimo arte. Pero Lipovetsky y Serroy se oponen a esta idea, al menos hasta que llegue el día en que nuestra especie abandone la necesidad de consumir historias. Pero mejor no cuento más y les animo a leer La pantalla global. Seguro que no se arrepienten.

Por Luis de la Corte Ibáñez
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