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Cataluña incorrupta

miércoles 12 de agosto de 2009, 19:36h
La corrupción política ha recorrido el último año toda la geografía española, la peninsular y la isleña, la popular y, en menor medida en tanto en cuanto controla ahora los mecanismos de vigilancia, la socialista. ¿Toda España? No, toda no.
Es evidente que Cataluña ha conseguido mantenerse al margen; impoluta. Vamos a admitir que buena parte de los escándalos que se han montado han tenido un componente de cacería. Incluso en este caso, para que alguien se decida a organizar una batida es preciso que, como mínimo, tenga expectativas de encontrar liebres o conejos. No digo ya caza mayor, pero conejos sí. Pues bien, insisto, en Cataluña no hay gazapos. ¿Es eso posible? No, no lo es. ¿Qué es, pues, lo que pasa en y con Cataluña?

Se me ocurren dos posibles explicaciones. Todas ellas parten de la presunción de que, como les decía, algo debe haber. Como, por otra parte, en todas las sociedades de nuestro entorno. En mayor o menor grado, las democracias tienen que convivir con ciertas dosis de connivencia entre el terreno de los ideales y el de los beneficios, entre la arena política y el mundo de los negocios. Me refiero, en este último caso, a connivencias que vayan más allá de lo legal. Bien, en la mayoría de las circunstancias, si se evitan los desgarros y las exageraciones –por parte del corruptor, del corruptible, del denunciador o del denunciado- tampoco hay porque alarmarse. Pero, es que en Cataluña, no pasa nada de nada. Parece, como en tiempos de la República, el oasis. O, por seguir con lo de los conejos, un coto vacío.

He aquí la primera de las explicaciones. Cataluña es, política y periodísticamente hablando, una sociedad de familias en la que el 3%, por aludir a un porcentaje conocido, ha financiado a todos los partidos, ha solventado problemas de ingresos en ayuntamientos de todos los colores. El beneficiario del nepotismo es, así mismo y como diría el filósofo, un universal. En este aspecto, como en tantos otros, no hay oposición. No puede haberla. Si las cosas no se ponen muy mal –derribos y hundimientos varios- nadie dice esta boca es mía. Y todavía. Las comisiones de investigación, por estos pagos, son corridas amañadas. Los toros salen más afeitados de lo que ya es habitual en otras plazas de España. Los que se quejan, de éstos y otros vicios menores, son los quintacolumnistas.

Veamos la segunda. Las diversas expresiones de la política catalana son ambidiestras. Quiero decir que permiten confeccionar mayorías nacionales en todas direcciones. Algún día veremos a Joan Ridao negociar los presupuestos con Soraya Sáez de Santamaría y con Cristóbal Montoro. Y, si no, al tiempo. Pues bien, esa condición de pieza mudable que puede llegar a ser necesaria para completar el rompecabezas hispánico la hace inmune a las agresiones exteriores. Se entiende que de ataques relativos a lo relevante. El de los escándalos con parné, o trajes, o hijos, de por medio. La inexistencia, desde el caso Banco Catalana, de imputaciones serias –con la excepción de Federico Jiménez Losantos en la época en que, de madrugada, pedía a Montilla que devolviese los dineros a la caja de ahorros que había financiado al partido- es la prueba del nueve de la inanidad del argumento de la catalanofobia.

Discreción propia y necesidad ajena. Hete aquí dos explicaciones de la aparente incorruptibilidad de la política catalana. Habrán podido advertir que son dos razones en absoluto incompatibles entre sí. ¿Qué ocurriría si algún día se abriera el puchero? ¿Qué encontraríamos dentro? No se preocupen. No creo que tengamos ocasión de descubrirlo. Antes pasará lo de la negociación presupuestaria profetizada en el párrafo anterior. Transacción que avalarán las mejores plumas barcelonesas. Ya verán.
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