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José María de Areilza y los valores perdidos de la transición

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Por estas fechas se cumple el centenario del nacimiento de don José María de Areilza, conde de Motrico, uno de los políticos más destacados de la época de la transición democrática y uno de los hombres más brillantes de la España de su tiempo.

José María de Areilza nació en Portugalete en 1909, hijo de un ilustre médico bilbaíno y fue educado en el irrepetible ambiente del Bilbao de comienzos de siglo que destacaba por su refinamiento y su impulso empresarial. Licenciado en Derecho e Ingeniería Industrial, podía haber triunfado en muchas profesiones pero pronto eligió la política en defensa de una causa a la que siempre fue leal, la de la monarquía. Fue miembro de la Unión Monárquica en Vizcaya, candidato al Congreso en 1934, y tras combatir en la guerra civil contra la República obtuvo su primer cargo en el régimen de Franco como alcalde de Bilbao, pero debido a su interés por los asuntos internacionales y sus dotes para la diplomacia, su trayectoria al servicio de la dictadura se centró en el servicio exterior. Fue nombrado embajador en Buenos Aires en 1947 en un momento en que estrechar la relaciones con la Argentina del general Perón eran fundamentales para la supervivencia del régimen. Tras cumplir su misión con éxito Areilza fue nombrado embajador en Washington en 1954 y finalmente en París en 1960. Tan extraordinaria carrera diplomática le aportaría una amplia red de contactos, además de un profundo conocimiento de la sociedad internacional y unas vivencias que harían de él un personaje muy singular en la vida pública española.

En la Francia del General de Gaulle el contacto con las élites políticas europeas hizo a Areilza reflexionar mucho sobre el porvenir de su país, y comenzó a insistir ante su gobierno sobre la necesidad de liberalizar el sistema para hacerlo más compatible con el entorno europeo. Decepcionado por el inmovilismo franquista presentó su dimisión como embajador en 1964. De regreso a Madrid fue nombrado secretario del Consejo Privado de Don Juan de Borbón y centró su actividad política en tres grandes objetivos: la restauración monárquica, el retorno de la democracia y el ingreso en la Comunidad Europea que permitiera a España recuperar el puesto que le correspondía como país europeo y occidental. Desde su controvertido cargo Areilza estableció los primeros contactos con los representantes de la izquierda para que estos aceptaran una monarquía constitucional, y en su constante defensa de la democracia comenzó a preparar la transición doce años antes de que tuviera lugar.

Al formarse el primer gobierno de la monarquía en 1975, el rey don Juan Carlos propuso nombrar a Areilza ministro de Asuntos Exteriores por su lealtad a la monarquía y su experiencia en política internacional, y así, después de más de una década en la oposición, pasaba a convertirse en uno de los hombres fuertes de la transición democrática. En un momento en que el futuro de España era una gran incógnita para el mundo, el conde de Motrico que era uno de los políticos españoles más conocidos en Europa, desempeñó un papel fundamental. A comienzos de 1976 hizo una gira por todas las capitales de la Europa comunitaria con un mensaje muy claro: España iba a iniciar un proceso de cambo político a la democracia que en poco tiempo la homologaría con los países de Occidente y permitiría también presentar su solicitud de ingreso en la Comunidad Europea. En los meses que estuvo al frente del Ministerio de Exteriores Areilza sentó las bases de lo que iba a ser la política exterior española en democracia, la cual permitiría el espectacular despegue que experimentó el país en las dos décadas siguientes.

En junio de 1976, cuando llegó el momento de nombrar un nuevo gobierno, José María de Areilza aspiró a ser presidente y muchos le consideraban favorito dentro de la famosa terna sobre la que tanto se ha escrito, sin embargo, su edad, su experiencia y su perfil liberal le jugaron una mala pasada, pues el rey se decantó por un candidato más joven, menos conocido y también menos controvertido para el régimen que abandonaba, como era Adolfo Suárez.

Tras salir del gobierno Areilza se centró en la que iba a ser su segunda gran contribución a la democracia: la formación de una alternativa de gobierno de centro-derecha. En 1976 fundó, junto con Pío Cabanillas el primer Partido Popular, que se incorporó a la UCD para formar un gran partido de centro, pero la abandonó por desavenencias con Suárez. Mas tarde, fundó la Acción Ciudadana Liberal y como político liberal fue elegido diputado en 1979 por Coalición Popular, pero tampoco encontró su sitio bajo el liderazgo de Manuel Fraga y su última batalla política la libró en la UCD de Leopoldo Calvo Sotelo, que acabó en el histórico naufragio de 1982.

Areilza también marcó un hito en el europeísmo español, al lograr ser elegido presidente de la Asamblea Parlamentaria Europea en 1981, siendo así el primer español en ocupar un puesto destacado en una institución europea tras el retorno de la democracia, pero la pérdida de su escaño en 1as Cortes en 1982 le obligó a abandonar su cargo en Europa.

A lo largo de su azarosa vida política, sus rivales y enemigos tacharon al conde de Motrico de oportunista y le echaron en cara su pasado franquista. Sin embargo, es de justicia recordar que mientras que muchos de los protagonistas de la transición no se atrevieron a declararse demócratas hasta después de la muerte del caudillo, él defendió la causa democrática desde 1964, y mientras que la mayoría fue a la política en busca de cargos a los que se aferraban contra viento y marea, él siempre antepuso sus ideas sobre el interés nacional y sus principios, y no dudó en renunciar reiteradamente a codiciados cargos de poder por defenderlos. A pesar de que su figura quedó eclipsada por la de los grandes líderes de partidos en la época de la transición, fue el máximo exponente de la “derecha civilizada”, término que él acuñó a finales de los años sesenta y que iba a convertirse en una necesidad urgente para consolidar la democracia en los setenta y ochenta.

José María de Areilza también debe ser recordado por su obra como escritor. Fue uno de los grandes articulistas de su época. Su prosa elegante, su rigor conceptual y el hecho de haber sido testigo de excepción de tantos acontecimientos nacionales e internacionales daban a sus artículos un sello inconfundible. Los libros en los que narra sus experiencias políticas, Crónica de Libertad, Diario de un ministro de la monarquía y Cuadernos de la transición, constituyen una aportación esencial para entender los cambios acaecidos en España de la dictadura a la democracia. Escribió también buenos libros de semblanzas de grandes personajes que él conoció. Su ingreso en la Real Academia de la Lengua en 1987, fue un justo premio a su contribución a las letras españolas desde la política y la diplomacia, a la vez que lo señaló como ejemplo de una especie en vías de extinción, la del político escritor, dada la incultura que predomina en la política actual.

Recordar a José María de Areilza es evocar muchas de los valores que hicieron posible la transición a la democracia y que dieron lugar a una de las épocas doradas que ha conocido la historia de España, tales como la reconciliación, la mirada puesta en el futuro, el consenso y la negociación ante el interés nacional, el europeísmo y la proyección internacional. Con su espíritu aristocrático, su vasta cultura, sus inquietudes de hombre renacentista y su bagaje internacional, Areilza fue, como le describió el historiador Javier Tusell, un lujo de la política, representante de una época en que la vida pública atraía a los mejor preparados. En la España actual, en la que se cuestionan los logros de la transición, se pierde altura en el ámbito internacional, se anteponen intereses electoralistas al interés general, y con una clase política en la que nunca tantos mediocres llegaron tan lejos, recordar la excelsa figura de José María de Areilza es especialmente oportuno.
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