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El laberinto afgano

lunes 24 de agosto de 2009, 19:38h
Celebradas las elecciones presidenciales en Afganistán con un mínimo de incidentes y con una participación en torno a la mitad del censo, se puede afirmar que el atormentado país ha cumplido satisfactoriamente un rito obligado, aunque aún no se sepa oficialmente quién ha sido el ganador. Pero, por si solas, y cualquiera que sea el resultado, las elecciones no van resolver ninguno de los graves problemas que afectan a Afganistán que desde hace al menos treinta años (la invasión soviética fue en 1979) no acaba de encontrar una paz duradera ni una mínima estabilidad política. La tradicional división del país y el poder territorial de los “señores de la guerra” (Kandahar y Herat tienden a desentenderse de Kabul); el cultivo de la droga, principal capítulo de su economía, y el consiguiente narcotráfico; la corrupción, que afecta a todos los niveles institucionales son problemas muy arraigados que sólo a largo, muy largo plazo podrán encontrar una solución. Y tampoco está siendo fácil de afrontar el desafío armado de los talibanes que, alegremente y con escaso conocimiento de la situación se pensaba hace cinco o seis años que habían desaparecido casi definitivamente del escenario y que sólo eran ya un capítulo más de la agitada historia del país. Los españoles no tenemos más que recordar cómo el Gobierno socialista español, casi sacando pecho, asumió el compromiso afgano al que calificaba de “misión humanitaria y de paz” y más o menos quería hacernos creer que nuestros soldados allí se iban a dedicar a hacer puentes y charlar amistosamente con los habitantes locales.

Lo cierto es que en este momento la situación es peor que hace cuatro años, cuando se celebraron las primeras elecciones presidenciales. La seguridad era el objetivo clave de la misión de la OTAN y hoy muchos afganos se sienten menos seguros. Y no sólo porque los talibanes han aumentado su poder y su presencia, que ya no se limita a ciertos reductos del sur y del este, sino porque el chorreo constante de víctimas civiles preocupa y alarma a la población. Unas víctimas civiles que, ciertamente, en buena parte lo son a resultas de los ataques de los talibanes, pero que también son la consecuencia de las acciones de la aviación aliada. Y aquí se plantea un grave problema de estrategia: la insuficiencia de tropas de tierra para controlar un país tan extenso y montañoso ha obligado a echar mano del poder aéreo, cuyas modernas armas de precisión no son adecuadas en una situación como la afgana, en la que el enemigo se mezcla continuamente con la población y carece de bases fijas y conocidas. Y en este punto aparece otro problema: los americanos están aumentando sus efectivos, pero el resto de los países miembros de la OTAN allí presentes se resisten a incrementar sus contingentes y si lo hacen se trata de “batallones electorales” que no se mueven de las zonas teóricamente menos conflictivas y que, además, pondrán pies en polvorosa en cuanto termine el periodo electoral.

Los gobiernos europeos no han logrado explicar a sus opiniones públicas que la guerra de Afganistán no es -lo acaba de decir Obama- una “guerra de elección”, iniciada más o menos de una manera caprichosa, sino una “guerra de necesidad” en la que está en juego la seguridad de todos nuestros países. Afganistán es ahora el principal frente de la guerra global que el yihadismo mantiene contra Occidente. Y esta guerra no es el invento de ninguna mente calenturienta ni una variante de la teoría conspiratoria de la historia sino una realidad contrastada, como, entre otros, ha demostrado no hace mucho el escritor de origen árabe Walid Phares en su libro “La yihad del futuro”. La inconsciencia y la ignorancia están en la base de esa actitud de los europeos, incluidos los españoles, que se preguntan qué pintamos en Afganistán. Las encuestas muestran confortables mayorías a favor de la retirada de las tropas y esa tendencia se empieza a detectar en los propios Estados Unidos.

Tan peligrosa como esta tentación de la huída, es la de los que estiman que, por mor de reconciliación, hay que negociar con los talibanes, al menos con los supuestamente “moderados”. Otra vez el mantra del diálogo. Hasta el propio representante de la UE ha hecho hace poco una declaraciones en este sentido. Pero cuantos conocen a fondo el problema talibán se echan las manos a la cabeza porque a lo absurdo que es siempre negociar con terroristas se une en este caso la ideología yihadista que sólo acepta treguas para rearmarse y continuar su lucha hacia la creación del moderno califato, por todas las vías posibles, desde la penetración pacífica a la violencia armada. Es una solemne estupidez pensar que hay terroristas malos y terroristas buenos y pretender acercarse a éstos. Hasta Karzai se ha ofrecido a sentarse con el mulá Omar, el jefe talibán que, por cierto. ni le ha contestado, que se sepa. Seguramente porque estima que las cosas no le van tan mal con su estrategia bélica contra los “infieles” cansados, desmoralizados y que parece que quieren salir corriendo en cuanto les sea posible.
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