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Tierno de frente, Vicens de soslayo

Juan José Solozábal
jueves 03 de septiembre de 2009, 20:24h
En la segunda mitad de los años sesenta don Juan Marichal escribió en Mañana, revista democrática publicada en Paris, un perspicaz artículo sobre el pensamiento político español contemporáneo en el que calificaba a Enrique Tierno como el intelectual español más presentable internacionalmente desde Ortega y Gasset. El trabajo, tan breve como lúcido, del a la sazón profesor de Harvard, proponía como ejemplos conspicuos del despertar de nuestro pensamiento, precisamente a don Enrique y a Jaime Vicens Vives. La propuesta de Vicens Vives , vista hoy, suscita una cierta melancolía, pues uno no es capaz de pensar en un intelectual catalán de tal fuste que asuma la representación del pensamiento español y, menos, rechazando “el ideologismo” , o las elevadas especulaciones intelectuales, como decía con cierta sorna el gran historiador, todavía una de las amenazas más serias para el progreso del conocimiento verdadero del pasado.

El atractivo de Tierno, como se ve a medida que uno penetra en el despliegue de su pensamiento, mostrado ahora con todo detalle en la publicación de sus Obras Completas por la UAM, ejemplarmente llevada a cabo por Antonio Rovira, depende en primer lugar de su lenguaje. Tierno fue un gran escritor, capaz de explicar con toda claridad cualquier problema , fuese la que fuese su complejidad o la profundidad del análisis requerido. En segundo lugar, Tierno no era un especialista, esto es, alguien que por las categorías o la terminología utilizada ahuyentase al lector, aunque fuese capaz de hablar con rigor de bastantes materias. Don Enrique Tierno, finalmente, era un intelectual, quiere decirse un profesional cuyo propósito es desvelar los términos políticos de una situación, no con el fin del lucimiento expositivo, sino como incitación a la acción, a la transformación de la realidad. Pensar es, dirá Tierno, ayudar a decidir, a resolver dramática y drásticamente con acierto en la situación.

Pero no es evidentemente el estilo sino el propio fondo moderno de sus reflexiones lo que singulariza a Tierno. Su atención a la historia puede explicarse desde el preterismo de que habla don Juan Marichal, esto es, la utilización oblicua del pasado para referirse a problemas actuales, pero también desde la necesidad de todo pensamiento vigoroso de echar las cuentas con la propia tradición nacional, destacando cosas de la misma olvidadas o preteridas, tratando de encontrar, en este caso, el envés de la memoria común española. Aquí se inscriben sus páginas sobre el tacitismo, o la revolución de los comuneros o sus estudios sobre Costa.

Intelectualmente Tierno pensó en su mediación para sentar las bases de la teoría sociológica española, que habían de establecerse sobre algún tópico propio, así las aportaciones de Ortega y Gasset, pero de acuerdo con las contribuciones mejores del funcionalismo americano, la sociología de los tipos alemana, el estructuralismo marxista y el positivismo lógico. En este plano su aportación fundamental es su reflexión sobre el concepto de situación, entendiendo por tal las relaciones que engloban la vida de un individuo y determinan, de acuerdo con un horizonte mental concreto, sus posibilidades. La posición del hombre en su situación no es esperanzada y activa, como en Ortega, sino determinada y opresiva, casi siempre. No nos realizamos libremente en la situación según ocurre en la circunstancia orteguiana; estamos mas bien muchas veces “embarcados en ella”, flotando, sin ser apenas viajero o navegante.

Finalmente un doble apunte sobre el europeismo de Tierno: el marco europeo es imprescindible en la inteligencia de la nación española, así se explica la protesta de Tierno cuando Wiese no incluye referencias nuestras en La cultura de la Ilustración. Pero Europa no puede prescindir de su reflejo español, pues la distancia española permite la percepción correcta del problema de Europa, la verdadera condición del navío europeo. “Los españoles son, dice Tierno en su reflexión sobre Benito Cereno, la conciencia de Europa en la medida en que han vivido separados y anacrónicos” respecto de la misma.

La situación política española, de otro lado, no puede resolverse sin la integración en Europa. Europa , dirá la Tesis X del Manifiesto de la menos esotérica de lo que parece, Asociación por la Unidad funcional de Europa, que don Enrique presidía, “es el hogar común de las diversas comunidades vitales europeas, sin olvidar que las comunidades vitales o naciones ni se pierden ni enajenan”. Esto se escribía en Salamanca en 1955 sobre el patriotismo europeo. Tela ¿no?

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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