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Guerras

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Por fin parece que el Gobierno español va a enviar a Afganistán un contingente de dos centenares de soldados para que se sumen a los 700 que ya están allí. Todo ello aparte del llamado “contingente electoral” de algo más de 500 efectivos que, si se confirma el “triunfo” (?) de Karzai en primera vuelta, regresarán a España como estaba previsto. Aumentar nuestras tropas en aquel país era algo indispensable si se quería que su acción fuera efectiva. En primer lugar, por una razón elemental pues era absurdo –como en algún momento se afirmó desde el ministerio de Defensa- que la seguridad de nuestras tropas se confiara a los bisoños soldados afganos. En segundo lugar, porque desde hace al menos un año era conocido que los talibanes –no delincuentes comunes como dice la ministra Chacón- intentaban instalarse en la zona donde tienen su base los españoles. Tanto para huir del sur y del este donde los americanos “les dan caña” a diario como para controlar una de las vías de comercio de la droga, su principal fuente financiera. Algunos hemos insistido desde hace mucho tiempo en la necesidad de ese refuerzo pero el Gobierno prefería no enterarse, arrullado como estaba en el cuento chino de que la de Afganistán era una misión humanitaria en la que reinaba la placidez. Cualquier cosa antes de reconocer que allí se estaba librando una GUERRA, palabra que horroriza y estremece al buenismo zapateresco, como si evitando el término se conjurara la cosa.

La cuestión no era baladí para el socialismo gobernante porque ahí radicaba la gran diferencia que, según ellos, les separaba del supuesto belicismo de Aznar y del PP: Aznar “nos metió en una guerra”, nosotros sólo salimos de España en son de paz. Hay que reconocer que esta gran mentira les ha funcionado y que se la han creído un buen número de españolitos poco informados o dispuestos a tragarse lo que sea si viene de la izquierda, por definición, la zona política donde reina el bien, la bondad y todas las virtudes laicas. Lo cierto es que España no fue a la guerra de Irak y jamás envió tropas de combate. Primero fueron –ellos sí- en misión humanitaria para funciones sanitarias con un buque hospital y ya después y cuando aparentemente habían acabado los combates se envió una brigada para la reconstrucción del país: misión, en su propósito, igualita, igualita a la que tratan de desempeñar ahora en Afganistán nuestros militares. No hay tantas diferencias entre ambas misiones y por eso se ha hablado tanto de la “iraquización” de la guerra de Afganistán. En ambos casos se trata de ayudar a consolidar un régimen más o menos democrático, a la vez que se lucha contra yihadistas, talibanes y demás ralea que, si triunfaran, harían del o de los países reductos de la gran yihad o guerra santa contra Occidente. Es decir, contra nosotros aunque algunos no se hayan enterado.

Es curioso como, en su intento de distanciarse de “los malvados-que-nos-llevaron-a-la-guerra- de-Irak”, no ocultan su animadversión por la OTAN (que nada tiene que ver con Irak) a la vez que cantan las excelencias de la ONU. “Menos OTAN y más ONU”, decía un ministro hace algún tiempo. Y es así como insisten en que la de Afganistán es una “misión de la ONU”, ignorando adrede que es una misión bajo bandera OTAN, mando y responsabilidad OTAN. Entonces vienen los listillos de la izquierda y dicen: “Sí, pero hay una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU autorizando la misión”. Pero ignoran u ocultan que también –y desde 2003- hay resoluciones del mismo CS de la ONU autorizando la misión en Irak y pidiendo a los Estados miembros que aportaran tropas. Por eso Zapatero, como sabía que se iba a aprobar esa resolución se apresuró a aquella machada vergonzosa de la retirada precipitada que tanto humilló a nuestros militares. En vez de aportar tropas, salió corriendo. No hay que olvidarlo: no sólo retiró las tropas españolas sino que, poco después, pidió desde Túnez que todos los demás hicieran lo mismo. Desde entonces todo el mundo occidental sabe lo que se puede esperar de Zapatero. No hay que olvidarlo porque eso da la medida del talante de Zapatero. “Cuanto quiero a la ONU, pero cuando me viene bien”. Y mientras tanto a seguir engañando a los españolitos, que parece que les va la marcha.

Zapatero castigará al ministro o ministra al que se le escape la palabra “guerra” con los brazos en cruz (¡perdón!) y mirando a la pared. Aunque sea poco probable, dado el carácter pastueño de la actual especie ministerial. Pero es evidente que en Afganistán hay una guerra como la hubo (y todavía colea) en Irak. Si se quiere, una guerra de las que los expertos llaman “asimétricas” o de la “cuarta generación”, pero una guerra en la que muere demasiada gente y en la que Occidente se juega mucho aunque los gobiernos no hayan acertado a explicar a sus ciudadanos que no estamos allí por capricho.
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