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Mártires del siglo XXI

domingo 24 de febrero de 2008, 22:53h
Ningún viajero que se precie -aunque muchos idiotas prefieran mantenerlo en secreto por absurdos complejos- puede considerarse como tal hasta que no viva en todo su esplendor un viaje organizado. Y no me refiero a una excusión de dos días con el colegio o el viaje de fin de curso. No, me refiero a un auténtico periplo de no menos de una semana en compañía de otras 15 personas, como mínimo, comandados por un guía local que aúne en su ser dotes de profesor, psicólogo, humorista y seductor empedernido.

La unión que se acaba estableciendo entre los sufridos viajeros que aguantan a lo largo de más de una semana –dos incluso, según el viaje- visitas a horarios intempestivos, temperaturas extremas y horas interminables en autobuses que acaban convirtiéndose en segundos hogares, es similar a la que se debe de producir entre los náufragos de una isla desierta, que acaban viéndose obligados a olvidar diferencias sociales o generacionales, por lograr su objetivo común: sobrevivir.

El afán por conocer que caracteriza al turista tipo cuando visita algún país exótico lleno de tesoros como puede ser Egipto o Jordania, le obliga a optar entre dos opciones que parecen irreconciliables: conocimiento o descanso. Solo así se entiende que todos –y quien esté libre de pecado que tire la primera piedra- aceptemos sin rechistar y de buena gana pasar diez días de supuestas vacaciones, despertando antes de que amanezca por sistema, recorriendo en un solo día 600 kilómetros para realizar visitas de menos de 20 minutos a templos o ruinas que al final del viaje acaban confundiéndose entre sí por la falta de tiempo para asimilar todo lo visto. El otro gran obstáculo al que se debe enfrentar el turista abnegado son los vendedores locales que resguardan como lo hicieran las esfinges en su día, las puertas de todo monumento que se precie.

Y es que todo placer tiene un precio, como el ying y el yang, porque, a pesar de lo dicho, tener que ver aparecer ante tus ojos la puerta de Petra, escurriéndose entre la grieta del gran desfiladero que la precede, o enfrentarse a la figura de Ramsés II en Abu Simbel, bañada por los primeros rayos de la mañana, es un privilegio que recompensa cualquier sacrificio. Es por ello que casi se puede decir que los turistas somos los mártires del siglo XXI.
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