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Solteras

domingo 20 de septiembre de 2009, 18:48h
Hace poco fui al cine a ver una de esas comedias americanas que trata de hacer una especie de psicoanálisis colectivo sobre el amor, el miedo a la soledad y las diferencias irreconciliables entre la forma de ver las relaciones de pareja y, en definitiva, la vida, entre hombres y mujeres. A grandes rasgos, se dibujaba a las mujeres como incansables corredoras de fondo con los hombres como única meta, a través de cuatro personajes básicos: la desesperada por encontrar el amor o, al menos, un hombre que le dure algo más que una cita; la incapaz de soportar que su maravilloso novio no quisiera casarse con ella; y, por supuesto, el eterno triángulo de dos mujeres luchando sin conocerse por el mismo hombre, la esposa de toda la vida y el seductor objeto de deseo. Todas articuladas por el mismo motor que mueve -según la película- a todas las mujeres: cazar al macho.

No me gusta el rollo feminista exagerado, ni lo políticamente correcto, ni siento la necesidad de poner el grito en el cielo ante cualquier cosa que huela a "cortapisa de la liberación femenina", pero sí me molesta comprobar que no acabamos de librarnos del lastre del Príncipe Azul. La película trata al principio de dar la imagen de ser rompedora en ese sentido. Se autoproclama como la destructora definitiva de los clichés femeninos acerca del amor y el sexo, pero lo único que consigue es ahondar perversamente en esa imagen de las mujeres como locas desesperadas tratando de echar el lazo al macho antes de que se les pase el arroz y pasen a formar parte del clan de las "descabezadas".

Mientras al hombre talludito soltero se le considera un galán que ha conseguido sortear las tretas femeninas, a las mujeres que pasan los treinta y no han conseguido pillar marido se las mira con desconfianza, pena o mofa. Son casi seres incompletos o fracasados, que han sido incapaces de lograr el objetivo para el que han sido creados. Si no, fíjense en los ejemplos de Geroge Clooney y la actriz Jennifer Aniston -que, por cierto, es una de las protagonistas de la película-. Mientras el primero es un soltero de oro, la segunda es, aún hoy en día, la despechada ex mujer de Brad Pitt, que no sólo no consiguió mantener a su marido si no que, a sus cuarenta años, no ha logrado rehacer su vida. Nadie se preocupa por saber cómo ve la vida ella realmente, ni siquiera se para a pensar que, tal vez, la soltera de oro sea ella.

A todo el mundo, hombres y mujeres, le gustaría encontrar el verdadero amor. Pero resulta molesto que sean las mujeres quienes se carguen con el lastre de ser el sujeto activo de esta búsqueda. Si no lo encuentran han fracasado, mientras que los hombres, como no buscan sino que eligen, casi se podría decir que triunfan por no caer en las redes de ellas.

Por supuesto, siempre quedan la opción de adoptar el rol de devorahombres, fría y calculadora, pero claro, todo el mundo sabe que "si quieres pillar a un hombre, no te acuestes con él la primera noche". Porque sí, a estas alturas del siglo XXI esa cuestión sigue martilleando la conciencia de muchas mujeres que han nacido marcadas por el sino del Príncipe Azul. En un libro leí algo así como que la liberación sexual femenina era como regalar a una chica un vestido precioso, muy sexy, pero obligarle a ponérselo con unos zapatos ortopédicos. Porque la mujer que adopta el rol masculino se arriesga a no ser tomada en serio, a que se le tache de mil adjetivos que no creo conveniente reproducir aquí, mientras que el hombre, una vez más se erige en esta competición como triunfador.

Conste que todo esto no pretende ser una crítica a los hombres, ni una batalla más en la cansina guerra de sexos. Al contrario, es una reflexión que creo debemos hacer las mujeres porque nosotras somos las primeras que nos encadenamos a clichés que no nos ayudan en nada. Nosotras somos las primeras que nos aferramos al cuento del Príncipe Azul, negándonos en redondo a ver la magia que se esconde en lo cotidiano. Somos nosotras las primeras que criticamos a la "guarrilla", que nos reímos de la "solterona" o la "desesperada", supongo que con la risa histérica de quien, en el fondo, se sabe más cercano al objeto de su burla de lo que realmente le gustaría. Y somos nosotras mismas las que nos dejamos llevar por el pánico que nos porvocan pesadillas acerca de unos hipotéticos ostracismo social y soledad vital, y nos aferramos a peleles a los que no queremos, que poco o nada nos aportan, sólo por terros a quedarnos solas.

Valemos más que eso, que el Príncipe Azul, que el novio petardo que nos tolera o que las alcahuetas a las que les encanta catalogar desde la mirilla de sus oscuras vidas. Por eso, sólo cuando seamos capaces de quitarnos los zapatos ortopédicos del miedo a la soledad, al que dirán y el síndrome del Príncipe Azul podremos lucir nuestro vestido como realmente se merece. Lo demás, son puras comeduras de coco.
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