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Inteligencia y defensa: la transparencia como reto

Luis de la Corte Ibáñez
lunes 21 de septiembre de 2009, 16:02h
El pasado día 14 la sede del Centro Estudios Superiores para la Defensa (CESEDEN) servía de escenario para un acto público. Motivo: una reciente publicación conjuntamente patrocinada por el Ministerio de Defensa y el Centro Nacional de Inteligencia en colaboración con varios investigadores académicos, servidor incluido ("La Inteligencia, factor clave frente al terrorismo internacional", Cuaderno de Estrategia nº 141). Durante su intervención pública en el acto el nuevo Director del CNI y Secretario de Estado, general Félix Sanz Roldán, anunciaba su deseo de acercar los servicios de inteligencia española a la sociedad a la que sirven. Como recogiera algún periódico al día siguiente, en palabras del propio general: "mucho del CNI puede y debe ser conocido". Asimismo, durante la copa que siguió al acto, y en un breve cruce de palabras, el general se ratificaba ante quienes nos hallábamos congregados en un pequeño corrillo: el secreto que corresponde a muchas de las tareas realizadas por los agentes y analistas de inteligencia no debería servir de pretexto para ocultar al CNI como a un hijo ilegítimo (la metáfora es toda mía, claro está).

Según pude advertir, las palabras de Sanz Roldán proporcionaron una positiva sorpresa a muchos de los presentes. Y no era de extrañar. Tras los meses de polémica y escándalo que acabaron con la salida del anterior director, Alberto Saiz, algunos temíamos una sobrevenida etapa de oscurantismo en torno al Centro. Como ya insinué en otro artículo publicado en este periódico, entre las críticas vertidas contra Saiz durante sus últimos meses como Secretario de Estado se mezclaron varios reproches graves y bien fundados con otros argumentos de menor enjundia. Y de estos últimos el más discutible era el que amonestaba a Saiz por una supuesta afición a realizar intervenciones públicas aireando noticias e informaciones sobre las actividades del CNI. Como mínimo, esta crítica revelaba un profundo desconocimiento sobre el comportamiento de los directores de otros servicios de inteligencia de nuestro entorno, habituados a dar explicaciones públicas sobre los resultados de las actividades que dirigen, por mucho que el contenido de muchas de sus actividades tengan la categoría de secretas (por cierto, igual de secretas que muchas de las desempeñadas por las fuerzas de seguridad de cualquier país o que los trámites vinculados a muchos sumarios judiciales).

A decir verdad, la idea de que todo, absolutamente todo lo que tenga que ver con los servicios de inteligencia deba permanecer oculto, incluidas sus funciones, objetivos genéricos y logros, corresponde a un planteamiento que hace tiempo quedó obsoleto en cualquier democracia avanzada y que en el caso español sólo sirve para alimentar la desconfianza de la ciudadanía respecto al CNI. De modo que las palabras pronunciadas por su último director a favor de una mayor transparencia han de ser bienvenidas. Empero, sería deseable que ese propósito se aplicara igualmente al resto de asuntos que competen a la estructura de la que formalmente queda incardinado el CNI, nuestro Ministerio de Defensa. Aunque quizá estemos pidiendo demasiado a un gobierno que aún hoy no se atreve a reconocer lo que es obvio: nuestra implicación en una guerra; necesaria, es cierto, pero guerra al fin y al cabo. Extraña actitud si realmente se aspira a mejorar la valoración que los españoles otorgan a sus Fuerzas Armadas, tal y como vienen insistiendo los últimos titulares de la cartera de Defensa. Para lograrlo bastaría con que nuestros responsables políticos refiriesen y explicasen los riesgos que nuestros soldados afrontan cada día en Afganistán, al igual que en otros escenarios internacionales.
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