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Camino de perdición

Lorenzo Bernaldo de Quirós
lunes 28 de septiembre de 2009, 18:17h
La situación económica española adquiere tintes dramáticos. España se quedará fuera de la recuperación de la economía internacional y se enfrenta a un escenario de largo y doloroso estancamiento una vez finalizada la recesión. Este desolador panorama tiene un solo y único responsable, el gobierno socialista. Su política no ha resuelto ninguno de los problemas existentes antes de la crisis económico-financiera internacional y ha creado otros nuevos, un galopante endeudamiento del sector público, que impiden retornar a la senda de un crecimiento estable y sostenido por tiempo indefinido. Se ha frenado de manera artificial, vía adquisición de inmuebles por las entidades financieras, el ajuste a la baja de los precios de los activos inmobiliarios. Se ha hibernado el imprescindible saneamiento/reestructuración del sistema financiero gracias a las inyecciones de liquidez del BCE y a las florituras contables realizadas por los bancos y por las cajas con la tolerancia del Banco de España. Por añadidura, la economía ha entrado en una dinámica deflacionaria que hace mucho más duro y costoso el servicio de la deuda. Para más inri, la explosiva trayectoria del binomio déficit/deuda en un entorno recesivo, deflacionario y con expectativas de subidas de los tipos de interés. Este panorama es insostenible. La economía nacional es una bomba de relojería condenada a explotar.

¿Por qué es inevitable la explosión? En primer lugar, un cuadro clínico de esa naturaleza hace la economía española muy vulnerable a una crisis de deuda. Esta es la consecuencia inevitable de la acumulación de desequilibrios macro y microeconómicos en un contexto recesivo. Los mercados y los inversores internacionales no van prestar a una economía que no es capaz de generar los recursos necesarios para pagar su abultado endeudamiento con independencia de la prima de riesgo, esto es, de los tipos de interés que esté dispuesta a ofrecer. Por otra parte, las entidades financieras nacionales que son quienes están comprando el grueso de los bonos emitidos por el Reino de España, alrededor del 90 por 100 del total, no podrán hacerlo cuando las extraordinarias y excepcionales condiciones de financiación ofrecidas por el BCE lleguen a término y lo harán pronto como ha anunciado Trichet. A sus “activos tóxicos” inmobiliarios y a la creciente morosidad derivada de la recesión se unirán ingentes volúmenes de papel del Estado sin valor alguno.

En segundo lugar, el riesgo de crisis de deuda se incrementa porque el gobierno ha liquidado cualquier expectativa de control del déficit y de recuperación económica. Por un lado, su negativa a adoptar las reformas estructurales necesarias –liberalización de los mercados de factores y de productos- hace imposible pensar en una reactivación de la economía. Por otro, la obstinación gubernamental en expandir en lugar de reducir el gasto convierte en una meta inalcanzable la reducción y/o contención del endeudamiento de las finanzas públicas. Esta percepción se ve fortalecida por la decisión del gobierno de subir los tipos impositivos lo que en un contexto recesivo es suicida porque esta medida deprimirá la actividad aún más y, en consecuencia, la recaudación caerá y aumentará el déficit público. En este marco, antes o después, España tendrá una crisis de deuda similar a la de los países emergentes en la década de los años noventa del siglo pasado.

Quienes piensan que la recuperación de la economía global y, en especial, de la europea con Francia y Alemania a la cabeza nos ayudará a salir de la crisis y/o a debilitar su intensidad se equivocan. De entrada existen dudas razonables sobre el vigor y duración del rebrote expansivo. Ahora bien, si este se consolida, el BCE subirá los tipos de interés y eso tendrá un impacto demoledor adicional sobre la economía nacional, que se colocará en los umbrales del colapso. En la actual coyuntura española –recesión y alto endeudamiento público y privado-, el impacto negativo de un endurecimiento de la política monetaria es superior al potencial efecto positivo de un aumento de las importaciones europeas.

Si a este dibujo se le suma la dinámica deflacionaria en la que se haya inmersa la economía nacional, el panorama resulta estremecedor. Un descenso del nivel general de precios resulta especialmente costoso cuando está precedido y se ve acompañado por un colapso del precio de los activos, caso español. En este marco, los colaterales pierden valor mientras el peso nominal de la deuda se mantiene. En respuesta, los bancos reestructuran su cartera de préstamos y cortan sus líneas de crédito. Esto a su vez desata una cadena de bancarrotas de los agentes privados lo que agudiza las tensiones financieras y reduce de manera adicional el valor de los activos. Si a este escenario se le añade la ausencia de un banco central capaz de inyectar liquidez en el sistema económico, un endeudamiento público y privado descomunal y un escenario de crisis financiera internacional, el mecanismo deflación/deuda descrito por Irving Fisher en 1933 y reformulado por Bernanke en 1983 cobra una extraordinaria virtualidad (ver Bernanke B., Nonmonetary Effects of the Financial Crisis in Propagation of the Great Depression, American Economic Review, Vol.73, 1983). En tonos suaves, ese es ya el dibujo de la economía nacional.

Del mismo modo que un proceso inflacionario suele generar una espiral alcista precios/salarios en un entorno de rigideces nominales, éstas desempeñan un papel idéntico pero de signo opuesto en un entorno deflacionario, sobre todo, en economías altamente endeudadas como la española. En este contexto, la demanda agregada y los precios caen mientras los salarios reales crecen debido a las rigideces del mercado laboral. En España, esa situación se ve potenciada por la irresponsable evolución de los salarios que están creciendo por encima del IPC. Así se potencia el proceso de destrucción de puestos de trabajo y la pendiente bajista de la demanda y del precio de los activos; se multiplican las quiebras y se profundiza en la recesión/depresión. Cuanto más rígida es la economía, mayor tiende a ser el declive de la producción y del empleo en un marco de estas características.
En conclusión, olviden cualquier esperanza y prepárense porque la economía no ha tocado fondo y lo peor está todavía por llegar.
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