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Maldita adolescencia

lunes 28 de septiembre de 2009, 18:22h
La verdad es que las hijas de Zapatero me dan bastante pena. No saben lo mucho que me alegro de no haber teniendo que sufrir mis insoportables 14 años con la presión de ser hija del presidente de un país. Si con esa edad te avergüenzas de tus padre por el mero hecho de serlo, aunque sea el tipo más cool y enrollado del mundo, no me quiero ni imaginar lo mal que lo tienes que pasar si, además, no paras de ver en todas partes a personas haciendo chistes a su costa, burlándose de su manera de hablar o moverse y, en el peor de los casos, acusándolo de ser casi casi la reencarnación del demonio.

Y ahora, las pobres se tienen que enfrentar con las risas y las burlas de todo un país, centradas en sus personas. Hombre, guapas, lo que se dice guapas, pues no lo son… Pero, ¿quién lo es con 14 años? Además, ni Gisele Bundchen podría lucirse envuelta en esas túnicas negras que, por Dios, Sonsoles, ¿no podrías haberles obligado a quitarse, aunque sólo fuera por una vez? Porque, al fin y al cabo, el encuentro con Obama lo merecía y, aunque hasta el momento los medios han respetado el loable -y comprensible- deseo de sus padres de mantener a sus hijas en la más estricta intimidad, era un poco ingenuo pensar que en un acto lleno de periodistas de todo el mundo no se iba a filtrar una foto como finalmente ha pasado.

Insisto en que a Dios gracias, no tuve que soportar más críticas que las de mi madre y mi abuela a las pintas que me empeñaba en ponerme durante la terrible adolescencia. Por alguna razón que aún no acabo de entender, me empeñaba en afearme lo más posible, pensando, además, que así estaba mejor. Metabolizaba las caras de espanto de mi madreo de incomprensión de mi padre ante mis estrafalarios estilismos o mis moños imposibles, asumiendo que por el mero hecho de no gustarles a ellos iba por el buen camino.

Afortunadamente, pertenezco a la última generación que pasó su adolescencia sin redes sociales, cámaras digitales y, apenas, el móvil, por lo que quedan pocas pruebas gráficas de mis caras desafiantes, mi acné y mis complejos adolescentes. Pero no por ello puedo tirar la primera piedra contra Laura y Alba Rodríguez Espinosa. Porque todos hemos sufrido el síndrome del ‘mundo está contra mí’ o el de ‘nadie me entiende’ o el de la terrible dislocación de los parámetros estéticos.

Además, no hay que olvidar que a ellas se les pasará, que dentro de pocos años se reirán -si superan el trauma del mal rato que deben estar pasando en estos momentos- de las pintas que llevaban como lo hago yo hoy en día. La adolescencia, afortunadamente, es una enfermedad mental que se cura con el tiempo, en la mayor parte de los casos, al menos.

Lo que no parece tener visos de cura es la adolescencia mental de toda una sociedad que se entretiene más haciendo sangre de dos pobres chavalas a las que se ataca sólo por ser las hijas de Zapatero, que preocupándose de otros asuntos más serios. Porque lo de criticar lo feo o guapo que es uno o las pintas que lleva, sin importar cómo se puede sentir esa persona; proceder a su linchamiento social, en términos más modernos, hacerle bulling, es precisamente lo que se está haciendo con esas dos pobres niñas. ¿Y luego criticamos a los chavales que acosan, difaman o se burlan de alguien a través de las redes sociales, cuando a personas mayorcitas, muchas de ellas periodistas consagrados, a las que se les llena la boca denunciando la degradación de la moral de los jóvenes, no están teniendo reparos en reírse cruelmente y hacer chistes sobre dos chavalas de 14 años que no tienen manera de defenderse del foco público? Todo porque siempre resulta más fácil atacar al adversario por el flanco más débil. Todo muy maduro, sí…
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