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El camino a Bilbao

Juan José Solozábal
jueves 01 de octubre de 2009, 20:05h
Cuantas veces he subido por estas tierras de transición hacia Euskadi.

La carretera se bifurca apenas pasado Pancorbo hacia la izquierda y abandonando tierras burgalesas y mordisqueando Alava se llega, tras atravesar Berberana, a Orduña. Es algo tarde y el día declina, pero creo que el camino es casi igual a los tiempos de antaño, algo angosto y relativamente poco frecuentado. Todavía quedan algunas hileras de chopos a los lados, cerca del Espino, el monasterio de los padres redentoristas. Recuerdo haber parado allí, en mis viajes de autostop por los años sesenta, cuando regresaba de Bilbao hacia Valladolid o Madrid. Quizás algún viajante o proveedor que visitaba el convento y me dejaría nuevamente en la carretera a mi suerte.

Se ha cortado la mies de los campos de trigo, que llegan casi hasta el límite del bosque, una vez comienza el monte todavía algo bajo, pero borde indudable de la meseta que acaba. La gente, equivocada una vez más, prefiere la autopista. No sabe lo que se pierde, Osma, Bergonda, Salcedo, Puentelarra, estos pueblos de la raya, como el mío, justo enfrente de Labastida, un poco más allá, como quien dice, también al lado del Río largo, por laderas tan bellas, que grapa a las españas del norte. Me gusta alardear, especialmente ante algunas audiencias, de esta condición mía de ribereño, que me hace sentirme como en casa en sitios sólo aparentemente alejados, La Rioja, Navarra, Aragón, Cataluña, que no lejanos.

La tarde prolongada tranquiliza con la luz del verano y permite la ensoñación reposada de los tiempos de atrás. Ahora, a finales de Julio, en algunos de los lugares por los que se pasa, hay un bullicio de gentes que vienen de las ciudades, especialmente de Bilbao, y llenan las urbanizaciones, pero acabará el verano y estos pueblos volverán a su ser y en el invierno, con la nieve, se tornarán casi inaccesibles y recobrarán, seguro, su soledad. No soy un turista desaprensivo que nada retendrá de los sitios por donde va, pero tampoco un viajero que registra impasible lo que se le ofrece. Me iré, y al poco confundiré lo que he visto y lo que recuerdo y compondré una inexistente imagen.

En el alto de Orduña nos apartamos un poco (viajo con mi mujer, bilbaína, la novia de antes) y, en el bello balcón, ahora otra vez castellano de Parque Santiago, nos asomamos asombrados, un momento, al espectáculo de Vizcaya en frente. Pienso en los mercaderes castellanos cuando atravesaban estos difíciles caminos con la lana hacia el puerto de Bilbao, pero también en los segundones vizcaínos, letrados, plumillas, secretarios, que volvían a casa de la Corte. Compartirían, seguro, el pensamiento de Iparraguirre, en todos los sitios se está bien, pero el corazón dice vuelve a Euskalerría.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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