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La transformación de la violencia mexicana

Juan Federico Arriola
domingo 04 de octubre de 2009, 17:23h
México ha sufrido transformaciones importantes en diversos órdenes de 1968, año crucial en varias regiones del mundo a la fecha.

El 2 de octubre de 1968 después de las seis de la tarde hubo una matanza en contra de manifestantes casi todos estudiantes universitarios en la plaza de las tres culturas en Tlatelolco, una zona habitacional concurrida de clase media, no muy lejos del Palacio Nacional, pero muy cerca del edificio sede de la Secretaría de Relaciones Exteriores (Ministerio del Exterior).

Paradójicamente desde hace mucho tiempo, la política exterior del Estado mexicano ha sido brillante y protagonista en actos de relevancias frente al llamado concierto de naciones en materia de derechos humanos, pero la política interior de México siempre ha tenido fallas terribles: gobernabilidad autoritaria o debilidad gubernamental democrática, y siempre la situación de los derechos humanos en México ha sido frágil y complicada.

Sólo un funcionario del Estado mexicano renunció explícitamente con motivo de la matanza del 2 de octubre: el embajador de México ante la India, el poeta Octavio Paz.

Los responsables de aquella matanza jamás fueron procesados y sentenciados. Había grupos paramilitares, pero también miembros del Ejército mexicano, que paradójicamente hoy en 2009 tiene un rol de primera importancia en la lucha contra la delincuencia organizada.

En 1968 no había democracia ni apertura de medios, la violencia del Estado estaba controlada y la represión no era sistemática como acontecía con dictaduras de Centroamérica (Guatemala, El Salvador, Nicaragua) y de Sudamérica (Brasil, Paraguay y Bolivia). En los años setenta, Chile, Argentina y Uruguay padecieron dictaduras feroces y terribles. México en cambio gobernado por civiles, tenía al Ejército a su disposición, pero salvo en 1968, el Ejército no estaba en las calles.

Hoy en 2009, la violencia en México se ha generalizado, en particular el norte del país. Las fuerzas armadas mexicanas no han podido vencer a los delincuentes.

En 1968 ser estudiante universitario podía ser sinónimo de subversivo, terrorista o guerrillero, en otras palabras, en un criminal. Hoy en cambio, son cientos de miles de jóvenes que no estudian ni trabajan formalmente, pero colaboran con carteles del narcotráfico, ya sea como mensajeros, sicarios, espías, etcétera.

En 1968 había luto en algunas familias mexicanas, sobre todo de la Ciudad de México por la represión a sólo diez días de comenzar los juegos olímpicos. Hoy el país sacudido por una crisis financiera internacional y por el crecimiento de las bandas criminales, vive una de sus peores encrucijadas: aumentar impuestos para el incremento del gasto de seguridad pública y bajar gasto social a la educación.

El gobierno de Calderón que prometió en su campaña no crear nuevos impuestos, cae en otra de sus típicas contradicciones y hace chantaje al Congreso Federal y a la sociedad para convencer en la utilidad de los nuevos impuestos. El enfado y la decepción sociales crecen, porque hay más desempleo, menos lugares para plazas universitarias y más carestía. No sólo eso, inseguridad pública que nos lastima cotidianamente.

Los mexicanos estamos atrapados entre la delincuencia organizada y las instituciones del Estado que en economía, seguridad pública y gobernación no han hecho correctamente su trabajo. A los hechos me remito.

Juan Federico Arriola

Profesor de Derecho

Profesor de Derechos Humanos en la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

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