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La realidad de México (Un breve apunte)

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
A Porfirio Díaz, cabeza de la dictadura que por más de treinta años sojuzgó a los mexicanos, se atribuye la frase con la cual pretendía justificar los males que les aquejaban. “Pobre México -expresaba- tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”.

La verdad es otra: el régimen opresor, manipulado por una poderosa oligarquía, subordinada a los círculos conservadores del coloso del Norte, incubó las condiciones que dieron origen a la Revolución Mexicana: concentración de la tierra y sus productos en una minoría de 800 propietarios; haciendas convertidas en cárceles para castigo de labriegos, en rústicas instituciones financieras y centros de trabajos forzados, que acortaban la vida de los infelices jornaleros y aseguraban que las deudas contraídas se transfirieran a los hijos; obreros sin la mínima protección legal, cuyo trabajo era comprado a precios irrisorios, como se compra una simple mercancía; mujeres de los asalariados del campo y de las ciudades, tomadas y ultrajadas por hacendados y patrones; derechos políticos sistemáticamente anulados; permanencia indefinida en el poder, del dictador y sus secuaces, y, por si fuera poco, petróleo, ferrocarriles, bancos, minería y otros importantes sectores económicos, bajo control y propiedad de empresas extranjeras.

Contra esa realidad, que era casi igual a la que prevalecía durante la Colonia, alumbró el proceso de la Revolución Mexicana (1910-1917), para algunos la última revolución burguesa del siglo XIX y, para la mayoría de historiadores, la primera revolución social del siglo XX, inclusive anterior a la rusa, de octubre de 1917.

Pese a errores, desvíos y retrocesos, inherentes a todo proceso revolucionario, el régimen naciente cambió el rumbo del país. Dictó leyes para la protección y reivindicación de los trabajadores; repartió la tierra entre los campesinos y emprendió la Reforma Agraria; impulsó la industrialización; realizó miles de obras de infraestructura; creó imponentes sistemas de seguridad social: nacionalizó actividades económicas estratégicas y prioritarias; configuró una estructura de economía mixta bajo la rectoría del Estado, con un sistema político consecuente, que aseguraron al país el más largo período de paz constructiva de que ha podido disfrutar en toda su historia.

El llamado “milagro mexicano”, se sustentó sobre una contundente trilogía: crecimiento económico sostenido (arriba del seis por ciento anual de crecimiento del PIB durante cuatro décadas), estabilidad política y paz social. Cuando ese camino se abandonó y sustituyó por el neoliberal (1985), se perdieron en unos cuantos años las virtudes anotadas y hoy nos encontramos, virtualmente, como en los albores del siglo pasado: una treintena de hombres de negocios concentran el sesenta por ciento del decil más alto del ingreso; ya son ochenta los millones de pobres -20 de ellos en la pobreza extrema- pero tenemos al segundo hombre más rico del planeta; hace años que la economía no crece, retrocede; para 2009, la firma financiera Merrill Lynch pronostica una caída del PIB cercana al siete por ciento, la peor en América Latina, (otros analistas la sitúan entre ocho y nueve. Cada punto porcentual perdido, equivale a 200,000 empleos no generados); el desempleo abierto está cerca de los tres millones de la PEA; ya no somos dueños de nuestro destino y tampoco de los recursos y las riquezas naturales: uno depende de las absurdas ocurrencias provenientes de una burocracia irresponsable, corrupta e incompetente; los otros han pasado, como antaño, a manos de poderes económicos inapelables; ya ni las calles pertenecen a las familias, han sido copadas: por el Ejército, que lucha estoicamente contra el crimen organizado, o por las fuerzas comandadas por las mafias. El índice internacional de la Paz Nacional Bruta, califica a México como país con una paz precaria, en el infamante sitio 108, de 140 analizados. Sólo superan a este país atribulado, algunos de los africanos y el Este de Europa, cuatro de la América hispana (Colombia, Venezuela, Honduras y Ecuador) y, por supuesto, Líbano, Israel, Irak y Afganistán.

Ante la compleja realidad de México, la hartura social se está desbordando. Por doquiera se percibe entre los mexicanos una conciencia cada vez más extendida de insubordinación ante lo establecido, que se quiere distinto y mejor. Acaso nos encontremos ya en las vísperas de un nuevo ciclo de revolución, edificador de relaciones humanas mejor ajustadas con los ideales de libertad, igualdad y justicia social.
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