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Tristeza olímpica en Madrid y una frase de Pertini

sábado 10 de octubre de 2009, 20:57h
Empezaré por el final, por la frase de Sandro Pertini, que fue Presidente de la República Italiana entre 1978 y 1985. Dice así: “En esta vida hay veces en que es necesario saber luchar no sólo sin miedo, sino también sin esperanza”. La frase es muy afortunada, y puede servir de emblema, como reflejo de la voluntad y de los afanes humanos contra la adversidad, y también como utopía, como búsqueda de lo imposible: eso que hace que no estemos todavía en la época de las cavernas o no seamos arrojados con impunidad a las fieras. Muy probablemente, esta reflexión de Pertini surgió cuando, desde la Resistencia, combatía contra el fascismo: un negro túnel en el que no parecía verse el final, con una Italia bajo el saludo romano y la esvástica. Pero la frase no tiene por qué ir unida a un sentido bélico necesariamente, sino al significado de la lucha, el tesón y la voluntad en todas las direcciones, y frente a cualquier meta, obstáculo o adversidad que se presente.

Pertini fue muy querido por los italianos, ya antes de ser Jefe del Estado, aunque sin duda el endurecido corazón de algunos políticos debía responder con un rictus de menosprecio a sus gestos afables de hombre bueno, de abuelo de la Patria. Todavía le recordamos en el estadio Santiago Bernabéu, sentado junto al Rey en el palco de honor, presidiendo la final del Campeonato Mundial de Fútbol de 1982. Le vimos aplaudir y levantarse como un resorte cada vez que el equipo italiano marcaba a Alemania un gol. Amigo del Rey Juan Carlos, había sido el primero de los Jefes de Estado, o uno de los primeros, que le llamó por teléfono para expresarle su apoyo en aquella terrible noche del 23-F.

Escribo estas líneas por lo que sin duda fue una Noche Triste para Madrid. Al final de una jornada frenética y llena de esperanza, después de todos los esfuerzos y el apoyo popular, y cuando, ya en la tercera votación, todos estábamos acariciando el éxito, la capital de España no alcanzó el sueño de ser la sede olímpica de los Juegos de 2016.

Pero aunque el resultado hubiera sido positivo para Madrid, el espíritu de este artículo sería el mismo: la voluntad de resistir incluso en las situaciones más desesperadas; la necesidad de aliarse con el adversario político cuando se trata de alcanzar un objetivo común, y la de un sentido del patriotismo en el mejor, más íntimo y pacífico sentido de esta palabra.

Como muchos otros españoles y como madrileño, he seguido con atención estos días a través de los medios el espectáculo de toda la maquinaria humana y tecnológica que se ha puesto en funcionamiento para conseguir el triunfo de la candidatura olímpica de Madrid ante rivales muy poderosos. Además del Rey y de los deportistas españoles que han estado presentes, he visto al Presidente del Gobierno, al Alcalde de Madrid, a la Presidenta de la Comunidad de Madrid, al Secretario de Estado para el Deporte, al líder de la oposición y a otras personalidades de la vida política hacer causa común, como una piña, en una empresa que sin duda apoyan la inmensa mayoría de los españoles. Los políticos han olvidado sus diferencias en un gesto que, precisamente, me recuerda la tregua que iba unida a las Olimpiadas de la antigua Grecia. Por un momento, sea cual sea el color político de los que allí estaban, o incluso las diversas tendencias dentro de un mismo partido, no hemos asistido a rifirrafes y encontronazos viscerales. Por un momento ha funcionado la magia del esfuerzo común y solidario, más allá de las diferencias ideológicas y los intereses de partido.

La delegación de Madrid, aparte de amargas experiencias anteriores, sabía que no lo tenía fácil: ni con Chicago, candidatura avalada nada menos que con la presencia del presidente de los Estados Unidos (el primer presidente que interviene en un acto de este tipo); ni con Tokio, con su despliegue de tecnología y ecologismo, y con la experiencia de haber sido ya sede olímpica; ni con Río de Janeiro, como ciudad muy atractiva y representante de un subcontinente en el que nunca ha habido Juegos Olímpicos. Pero, a pesar de todo, la delegación de Madrid ha luchado con entusiasmo y optimismo hasta el final, sin tirar la toalla, sin rendirse, como bien ha enfatizado el Alcalde de Madrid.

Hay algo de la frase de Sandro Pertini en todo esto, porque, en el fondo, ni ellos, los de nuestra delegación, las tenían todas consigo, pues conocían muy bien las dificultades, ni tampoco nosotros, el público, el pueblo, que asistía y apoyaba. Sin amilanarse ante eventos como la presencia de Obama o a pesar de que, por la tendencia a la rotación de continentes, esta vez la sede no le correspondía a un país europeo, nuestra delegación ha hecho lo que tenía que hacer, ha luchado hasta lo imposible y las intervenciones de todos ante el Comité Olímpico han sido ejemplares.

Es una lástima que esta tregua no pueda llevarse al ámbito político nacional y no pueda transformarse en una alianza entre los dos partidos mayoritarios. Es lamentable que, ante una situación de emergencia como la que estamos viviendo, con la crisis económica no resuelta y un aumento insoportable de las cifras de los parados, no surja un gobierno de concentración nacional o unos acuerdos como aquellos que se llamaron Pactos de la Moncloa. Es doloroso, cuando asistimos a tanto enfrentamiento, tener que evocar con nostalgia el espíritu de la Transición, en la que, errores aparte, se hizo una labor de encaje de bolillos, en aras de la reconciliación.

Esta es una noche triste, tranquila, sin algazara en las calles de Madrid, sin bocinas de coches, sin borracheras de triunfo. Río de Janeiro hierve y Madrid duerme, tras haberse ido a la cama con melancolía. Como no hay mal que por bien no venga, quizá los sueños rotos de Madrid nos sirvan para despertar a un mejor conocimiento de la realidad de nuestro país y sus problemas.
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