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El rizo antisistémico catalán

miércoles 14 de octubre de 2009, 18:48h
Ser antisistema en Cataluña se ha puesto muy difícil. En realidad, se ha convertido en una tarea imposible. Lo curioso del caso es que dichas dificultades arrancan del hecho que es el propio sistema el que está instalado en la lógica de la subversión y la disidencia.

Hace unos años, no muchos, uno podía adoptar criterios alternativos, por ejemplo, poniendo en duda la familia patriarcal o la nación española, la propiedad privada o el valor del hecho religioso, la universidad jerárquica o el American way of life, la importancia de las buenas maneras o la supuesta inviolabilidad de las joyas de la familia –léase el Palau de la Música. Hoy en día, son aquellos que deberían dar ejemplo –los integrantes de las buenas familias catalanas- quienes nos animan a la rebeldía fiscal si el Constitucional rechaza algún aspecto del Estatut o quienes meten la mano en la caja. Me dirán, no es lo mismo. No crean, no crean. Lo que está en juego es, en ambos casos, el estado de derecho.

Ya pueden ir desgañitándose algunos analistas bienintencionados sobre la necesidad de preservar nuestro bien más preciado, la sociedad civil y su cariño tanto por la libertad individual como -la otra cara de la misma moneda- por el ejercicio de las responsabilidades cívicas. El mito es difícil de recomponer una vez puesto en evidencia. En rigor, esto no tiene solución a no ser que cambien los comportamientos de los aludidos; y eso, en Cataluña como, me temo, en el resto de España está complicado.

Todo empezó cuando quien tenía la responsabilidad de gobernar adoptó la protesta como método. A partir de ese momento, ¿qué sentido tenía denunciar los desmanes de los poderosos de toda laya y condición? El gobernante era más libertario que el gobernado, el parlamentario más incendiario que el ciudadano de a pie.

Por el camino, quienes se han encontrado sin espacio han sido los auténticos antisistema. Es una verdadera lástima. No hay genuina democracia sin iconoclastas que quieran reducirla a cenizas. Siempre que se queden en el exterior, ciertamente. ¡Dios mío! Como diría Lenin, ¿qué hacer? Lo único que se me ocurre es proponer un movimiento de insumisión a tanto irresponsable. Aunque eso sería caer en lo mismo. ¿O no? Estamos en un bucle, y no precisamente melancólico.
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