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Análisis

La reelección en América Latina: más que una manía electoral

jueves 15 de octubre de 2009, 09:21h
Durante los últimos años, en Latinoamérica se ha vuelto un término del día a día la palabra reelección. Se la menciona en las cafeterías de barrio, en el metro, en las universidades, en las oficinas públicas y privadas; sea con el ánimo de apoyarla o rechazarla categóricamente. Venezuela ha aprobado la reelección por un número indefinido de períodos, en Ecuador se cursa el segundo período de Rafael Correa, Brasil tiene a Da Silva en el poder por segunda vez; en Bolivia, Morales está en plena campaña para ir a las urnas por segunda vez; en Colombia, el congreso aprobó la reforma constitucional que habilitaría a Uribe para presentarse a un tercer mandato. Hace más de 100 días, Honduras está hecha un caos debido a una supuesta intención de Zelaya de reformar la Carta magna para lograr ser reelegido. Así, pues, no está de más hacer un comentario sobre esta voluntad de permanencia en el poder que recorre nuestra América.
“Cuántas bellas causas han terminado en la idolatría por un caudillo”.

Estanislao Zuleta.

Durante los últimos años, en Latinoamérica se ha vuelto un término del día a día la palabra reelección. Se la menciona en las cafeterías de barrio, en el metro, en las universidades, en las oficinas públicas y privadas; sea con el ánimo de apoyarla o rechazarla categóricamente. Venezuela ha aprobado la reelección por un número indefinido de períodos, en Ecuador se cursa el segundo período de Rafael Correa, Brasil tiene a Da Silva en el poder por segunda vez; en Bolivia, Morales está en plena campaña para ir a las urnas por segunda vez; en Colombia, el congreso aprobó la reforma constitucional que habilitaría a Uribe para presentarse a un tercer mandato. Hace más de 100 días, Honduras está hecha un caos debido a una supuesta intención de Zelaya de reformar la Carta magna para lograr ser reelegido. Así, pues, no está de más hacer un comentario sobre esta voluntad de permanencia en el poder que recorre nuestra América.

En la organización de la sociedad, los individuos necesitan estar bajo la autoridad de un jefe que logre canalizar los intereses de los diferentes sectores del grupo social. Es así como el Estado es inevitable y el poder es necesario. La democracia es un ejemplo de sistema de gobierno que, aunque no es perfecto, ha demostrado ser el más positivo. En este sistema, los líderes deberán estar sometidos a las leyes que evitan el abuso del poder y el detrimento de las causas sociales. Estas premisas tan sencillas que todos hemos aprendido desde la escuela parecen haber sido borradas de la conciencia de los gobernantes y gobernados latinoamericanos. El fenómeno de las reelecciones en latinoamérica responde a una democracia enferma y perezosa, y su legitimización conlleva a la violación de los derechos fundamentales de libertad e igualdad.

El pensador colombiano Estanislao Zuleta, en Para una concepción positiva de la democracia (1990), afirma que en la misma medida en que el Estado es una necesidad, también es un peligro, no puede ser digno de confianza. Dado la humanidad de los gobernantes, siempre están expuestos a la tendencia a favorecer intereses personales, al abuso de la libertad. Entonces, como no pueden ser controlados por un poder superior, deberán serlo por los gobernados. Este paso en que la sociedad tiene control sobre sus gobernantes sólo se logra en un proceso lento, en el cual nuestros pueblos no están aún involucrados.



El proceso democrático debe apuntar hacia una socidad en la que predominen la igualdad y la libertad. No se trata del anhelo arcaico que lo reconcilia todo, lo homogeneiza todo. Es una búsqueda de la aceptación del debate y del conflicto; un proceso en el que la discordia tiene lugar y no se extingue. La democracia sólo germina en un ambiente de discusión y de crítica. Ante este reto, la democracia encuentra, entra muchas, una gran dificultad: la pereza del pensamiento.

Digo pereza en el sentido en que un gobierno ejercido por el pueblo implica la angustia del pensar, del decidir y velar sobre nuestros gobernantes. En cambio, lo que vemos en Latinoamérica es que nos adherimos a caudillos con una fe inquebrantable; de tal manera que ellos, después de haber enbrutecido a su rebaño y haberse asegurado de que no tenga ninguna oportunidad para la crítica, le muestran el peligro que les amenza si están por fuera de su protección. En cada discurso, muestran que sus políticas de seguridad o de mantenimiento económico son las únicas que podrían salvar a la Nación de una hecatombe que acabe con lo que ellos han “construído”. Así, el pueblo sonríe ante esta liberación de la responsabilidad de pensar, de discernir, y acepta a su líder. Sólo venciendo esta pereza a mirar más allá del panorama del gobernante de turno, se puede pensar en una Nación con futuro, en un progreso certero.



El fenómeno que ocurre en Latinoamérica, en el cual los señores presidentes y sus grupos políticos quieren perpetuarse en el poder no es otra cosa que la afirmación del monoploio de las ideas que exluyen de entrada cualquier capacidad de reflexión y de diálogo con las partes que piensan diferente, se elimina el principio de igualdad. Con ello, se aniquila la democracia como territorio de liberación humana. Ningún gobierno es imprescindible, lo único de lo que no se puede prescindir es de la conciencia del pueblo. Y más allá de estas campañas reeleccionistas en nuestro continente, vemos otra realidad: los índices de violencia aumentan, las economías son más inestables, los sistemas educativos van de mal en peor; y lo más descarado, los fondos públicos van a parar en manos de grandes empresarios, que resultan ser quienes apoyan los movimientos para la reelección.

Es hora de exigir a nuestros gobernantes que no tomen la lucha por la seguridad social como pretexto para abolir las libertades democráticas, que no tomen los peligros de nuestra vida pública como ocasión para defender la desigualdad, los privilegios y la dominación de unos cuantos sobre el conglomerado social. Hay que exigir claras oportunidades para la educación, para la interacción entre los que son diferentes y piensan diferente. El futuro de Latinoamérica no está en manos de Uribe, Chávez, Ortega, Morales o Correa. Latinoamérica está llamada hoy más que nunca a adueñarse de un destino que no puede ser guiado por la idolatría hacia un caudillo, sino por la crítica, por la igualdad en las oportunidades económicas y políticas.