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CRÍTICA

José Bergamín: Obra taurina

viernes 16 de octubre de 2009, 10:24h
José Bergamín: Obra taurina. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 2009. 340 páginas. 39€
José Bergamín (Madrid, 1895 – Fuenterrabía, 28 de agosto de 1983), escritor, ensayista, poeta y dramaturgo, es uno de los intelectuales españoles más sugerentes, y sin duda uno de los más curiosos, activos y polivalentes del siglo XX y desde luego de la generación de 1927. Además, Bergamín fue fundador en 1933 y director de la revista Cruz y Raya, en la que colaboraron numerosos autores de la generación de 1927 y cuyo último número, el 39, apareció en junio de 1936, pocos días antes del levantamiento militar que dio origen a la Guerra civil.

Durante ella, fue nombrado agregado cultural en la Embajada española en París y al acabar la misma se exilió, primero en México y luego en Venezuela, Uruguay y finalmente en Francia. Volvió a España definitivamente en 1970 y se estableció en Madrid, ciudad en la que vivió con espíritu crítico la "Transición Política". Al final de su vida se marchó al País Vasco y murió en San Sebastián en 1983. Está enterrado en el cementerio de Fuenterrabía.

Entre sus debilidades intelectuales y artísticas estaba el mundo de los toros, a cuya reflexión dedicó muchas de sus mejores páginas. Quienes amamos ese mundo con idéntica intensidad le debemos una impagable deuda de gratitud y por ello la edición por parte del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de su Obra taurina nos parece un gran acierto.

En este libro se aprecia con nitidez el amor de Bergamín por los toros, y por ello es un libro lleno de criterio, sensibilidad, pensamiento y delicadeza, muy recomendable para quienes sean o no aficionados a los toros.

Con algunas ideas muy propias de Bergamín, expresadas de forma tan rotunda como “El toreo es creación de arte mágico o no es nada” o su insistencia en que lo importante es “hacer y decir el toreo”, su Obra taurina contiene libros tan emblemáticos como “El arte de birlibirloque” (editado en 1930) y “La estatua de don Tancredo”, dedicado a Ignacio Sánchez Mejías y que fue publicado por primera vez en la revista Cruz y Raya en 1934, el año precisamente de su muerte. Hay en este ensayo algunos pasajes memorables de agudeza intelectual y de ingenio, como las frases “Don Tancredo encontró el valor por el camino más corto: por el del miedo” (pág. 69).

Otro de los libros incluidos es “El mundo por montera”, que se publicó por vez primera en 1936 y está dedicado a su hijo Fernando –al que felicito por el mimo y elegancia empleados–, y que ha heredado la pluma, la brillantez y la afición a los toros de su padre, y en él se recogen comentarios, reflexiones y críticas de Bergamín a toreros de otro tiempo, como Cúchares, al que acusa de “tramposo”.

En esta edición destaca el libro “La música callada del toreo”, con el que Bergamín alcanzó una amplia notoriedad taurina y editorial y dedicado al torero gitano Rafael de Paula, en quien Bergamín encontró una fecunda fuente de inspiración, de tal dimensión como para atribuirle (pág. 108) el ser el primero que ha llamado “pensamiento” al sentimiento del toreo, y en el que Bergamín habla reiteradamente de “música callada y soledad sonora” y de que “el espectáculo del toreo tiene música propia, su música callada, su música para los ojos”. Para Bergamín, los que mejor han entendido esto han sido los toreros gitanos y cita a los Gallo (Rafael y Joselito), Cagancho y Gitanillo de Triana, y recuerda que en su grandiosa faena en la plaza de toros de Vista Alegre de Madrid, en 1974, Rafael de Paula pidió dos veces durante la faena que no sonara la música mientras él toreaba.

En “Así hablaba Juan Belmonte”, Bergamín concluye que “El Pasmo de Triana”, “con esos pasitos cortos había inventado un modo tartamudo de torear” (pág. 117). Es precioso el libro “Muerte perezosa y larga”, dedicada a evocar sus horas de vela de la agonía de Ignacio Sánchez Mejías en el Sanatorio de Toreros de Madrid, y están llenos de ingenio los titulados “Márgenes al resplandor”, “Los templarios”, “Recortes y galleos” –donde Bergamín deja esta “perla”: ”El toro no piensa, da que pensar” (pág. 145)–, “Actores y comediantes” y “El espontáneo”.

El último libro incluido en esta Obra taurina es “La claridad del toreo”, dedicado a Pepe Luis Vázquez y en el que se incluyen hasta una veintena de artículos publicados y que recogen su comentario de libros como “La edad de oro del toreo” –de Edmundo G. Acebal–, y de “Lo que confiesan los toreros” de José Luis López Pinillos “Parmeno”. En otros dos se hace eco de las muertes de Rafael “El Gallo” y de Juan Belmonte, y al aludir a éste acredita su magistral capacidad para establecer comparaciones y dice que no se entiende “el angélico y arcangélico Joselito sin el diabólico y endemoniado Juan Belmonte” (pág. 298) y esta otra igualmente feliz: “Si uno (José) fue Mozart, el otro (Belmonte) fue Beethoven” (pág. 297). El libro concluye con una profunda y potente aportación a la reflexión sobre el duende andaluz, titulada “Musaraña y duende de Andalucía” lo que Federico García Lorca llamaba “el espiritillo sutil”.

Es pues este libro un libro imprescindible para conocer el pensamiento de uno de los intelectuales más lúcidos y profundos de España y que inspira, da que pensar, ayuda a comprender el mundo de un tiempo y a captar cuanto de estimulante, seductor, sugerente y culto hay en el mundo del toreo.

Por Carlos Abella

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