www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Una de piratas... de Somalia

Había elegido el asalto y la sangre en alta mar como forma de vida y ahora pasaba las horas esperando a ser radiografiado por los médicos –“Abra la boca, Abdu”–, con el fin de determinar su verdadera edad y decidir su futuro judicial en España. Atrapado el pasado 4 de octubre junto a su compañero de correrías, Raageggesey Adji Haman, el joven pirata somalí Abdu Willy recuerda las palabras del capitán realizadas a través de un teléfono móvil a los gobiernos más poderosos del mundo: “somos guardacostas”.

Los piratas clásicos, satánicos y brutales, hubieran pasado por la quilla hace tiempo a la tripulación del Alakrana: las tripulaciones valientes de los mejores barcos de la marina inglesa que eran apresadas por la furia de Barba Negra apenas escapaban a morir degolladas o ahogadas. Pero los tiempos cambian: ahora interroga en el hospital a los piratas algún juez estrella que otrora deseoso de saltar del poder judicial al ejecutivo quiso un día ser ministro de Justicia y se presentó en vano a las elecciones de 1993... y volvió a la judicatura en un tiempo récord. Probablemente su señoría hubiera palidecido ante la fuerza devastadora de un personaje como Henry Morgan, que además era “sir”: ya podrá envalentonarse sin miedo a ser atravesado de parte a parte con chavales y pescadores –el padre de Haman dice que su hijo sólo pilotaba la lancha y que es un “honrado pescador”, típica excusa de bucanero, “yo sólo estaba echando el anzuelo a ver si picaban”–.

Porque a Abdu Willy lo han detenido, puesto en libertad y vuelto a detener al no aclararse con la edad del joven corsario, en el tiovivo de los jueces qué mareo lleva. Capturado en el esquife junto a su colega por la fragata Canarias, no debe de saber la edad que tiene y como los fieros hombres del mar no se olvidan de llevar consigo el DNI por si se lo pide una cajera en la tienda, éste no se acuerda de cuándo nació… ni maldita la gana que tiene. Tampoco tiene conciencia, como los protagonistas de La isla de Coral, de Robert M. Ballantyne, de cuándo rechazó de su vocabulario la palabra peligro como “indigna de consideración”.

El problema aquí es muy otro: una de las heridas por las que África sangra de manera abundante es Somalia, la patria de los dos piratas y de los que han retenido al Alakrana durante todo el mes de octubre, que ya es tiempo. A las grandes potencias, lo que ocurra con las guerras civiles somalíes y sus miles de muertos y refugiados les importa un pepino: es la ruta comercial del golfo de Adén, por la que pasan más de 20.000 naves anuales con su carga, lo que les quita el sueño. Para contribuir al bienestar de la población costeña somalí y respetar su medio ambiente, los barcos arrojan frente a sus costas residuos tóxicos e incluso nucleares y esquilman los fondos marinos con la pesca ilegal del atún y la langosta, cuyo botín anual puede ascender según los informes de la ONU a los 9.000 millones de dólares. Estamos, en definitiva, ante un amargo resabio de la descolonización localizado cerca de las islas Seychelles, en el océano Índico.

Garzón ha pergeñado, sin saberlo, una ajustada definición del pirata al enunciar los cargos contra los detenidos: delitos de asociación ilícita, detención ilegal, robo con violencia y uso de armas. Espronceda en su “Canción del pirata” ya lo cantó mucho antes que él. Vayamos al fondo de las cosas, a la situación real del tráfico marítimo frente a las costas de Somalia y del vertedero en que Occidente las ha convertido. Y sobre ese punto, los filibusteros somalíes tienen mucho que decir o, dicho de otra forma, Occidente les regala la excusa perfecta para perpetrar sus crímenes y hacer desgraciadas durante demasiado tiempo, más del soportable, a muchas familias españolas, por ejemplo, que esperan mayor rapidez una inminente resolución que les devuelva a sus marinos a sus casas sanos y salvos. El capitán pirata que retiene a la tripulación del Alakrana, Sugulle Ali, y amenaza con exterminarla si el gobierno español no acepta el pago del cuantioso rescate, ya ha dicho que ellos no son piratas: “Somos voluntarios que protegemos la costa del vertido de basura nuclear y de la pesca ilegal de los buques extranjeros”, ha declarado a través del teléfono móvil. En vez de pagar, se detiene a dos bucaneros, se les trae a España… y el tiempo se clava en los corazones de los bermeanos, que ya se preguntan a qué viene tanto silencio y tamaña falta de información por parte del Gobierno sobre la suerte que están corriendo sus esposos, hermanos y amigos.

Sin embargo, más allá de la tecnología, pocas cosas han cambiado en el fondo de la cuestión: si en el siglo XVII y siguientes existía una estrecha relación entre los monarcas y sus corsarios, hoy los señores de la guerra y los intereses económicos siguen domeñando los mares. Los piratas auténticos, los más crueles y sanguinarios, descansan en las páginas de la mejor literatura de aventuras, esperando a que alguien les invite a un buen trago de ron que echarse al coleto y les resbale quemándoles el gaznate, mientras secuestran –como hacía Barba Negra– una decena de muchachas para celebrar las noches de mar picada una orgía en su camarote con el vaivén y el peligro inminente de naufragio, a la vez que blasfeman como un torbellino del trópico.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

Comenta esta noticia
Normas de uso
  • Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial
  • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
  • La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.
  • Tu dirección de email no será publicada.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.