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Un acto en el Congreso

El miércoles pasado, el Grupo Interparlamentario por Palestina celebraba en el Congreso de los Diputados un acto público bajo el lema Derechos Humanos en Palestina e Israel. Las otras voces. La respuesta de la Unión Europea. El asunto prometía ser realmente muy interesante. Ya era hora de que alguien hablase de la persecución sistemática de opositores en la Franja de Gaza o del secuestro de Gilad Shalit, el joven soldado israelí en poder de Hamás desde hace años. Conviene hablar de los crímenes de honor, de los matrimonios forzados por los islamistas, de los asesinatos de las jóvenes que pierden la virginidad sin estar casadas y de tantos otros dramas silenciados. Durante todo el tiempo que Hamás lleva en el poder, se ha dedicado al terrorismo y no a la mejora de las condiciones de su población. Primero limpió de opositores la Franja de Gaza –abandonada por Israel en el año 2005- y los que lograron salvar la vida se fueron o sobreviven en el silencio. La democracia sirvió a Hamás para llegar al poder pero desde luego no se mantiene en él por medios democráticos sino gracias al apoyo iraní. Las críticas a Israel - justas o no- están por todas partes. ¿Hablaría alguien de otra cosa?

Ese mismo miércoles, el Presidente y fundador de Human Rights Watch Robert L. Bernstein, siempre crítico con Israel, había publicado un artículo en el New York Times recordando algunos hechos relevantes. Decía Bernstein que Israel, con una población de siete millones y medio de habitantes, acoge a 80 organizaciones de derechos humanos, goza de libertad de prensa, de gobernantes elegidos democráticamente y de un poder judicial que a menudo condena al Gobierno. También recordaba la actividad política de las instituciones académicas, la multitud de partidos políticos y, sobre todo, el inmenso número de periodistas per capita del país, tal vez el más elevado del mundo.

Bernstein también lamentaba en su artículo que el mundo árabe e Irán, con 350 millones de habitantes, padecieran en general regímenes brutales, autocráticos y cerrados que apenas permiten –o que impiden en absoluto- la disidencia.

Así, la atención de las organizaciones de derechos humanos ha venido soslayando durante mucho tiempo el inmenso sufrimiento de los millones de árabes e iraníes para quienes la democracia, la libertad y el Estado de Derecho son mitos televisivos y no realidades de la calle.

Sin embargo, el acto público que se celebró en el Congreso de los Diputados los asistentes –políticos y activistas- no dijeron nada de todo esto. Allí apenas se habló de los secuestros, las torturas y las desapariciones en Gaza. Nadie citó los textos que Hamás utiliza para sembrar el odio y el rencor contra los israelíes, sí, pero también contra los musulmanes moderados, contra los occidentales y contra los impíos. ¿Dónde quedaron los homosexuales que tienen que buscar refugio en Israel cuando huyen de Gaza? ¿Dónde las mujeres, los ancianos y los niños utilizados como escudos humanos por Hamás? ¿Dónde los miles de cohetes lanzados contra Israel? Por desgracia, el Grupo Interparlamentario por Palestina y las organizaciones participantes no tuvieron nada que decir sobre la falta de libertad religiosa y de conciencia allí donde los encapuchados suicidas de Hamás ponen la bota y la pistola.

¿Y las víctimas israelíes? Alguien del público preguntó por ellas. Claro, claro que se condena los ataques a los israelíes, lo hemos hechos muchas veces, muchísimas, muchas de verdad… El énfasis despierta las sospechas. ¿Tantas? ¿Se adhirió tu organización a los actos públicos por las víctimas israelíes? ¿Preguntaron tus portavoces a Ismail Haniyeh por ellas? ¿Y a Khaled Meshaal le preguntó alguien por el dolor y el miedo en que viven los cientos de miles de israelíes al alcance de los cohetes de Hamás?

Fue aún peor cuando otra persona preguntó por el drama de Gilad Shalit, que carece de todos los derechos que el peor preso terrorista tiene en las cárceles israelíes. Él no tiene una Corte Suprema a la que acudir para denunciar su secuestro. A él le falta el abogado que todo terrorista de Hamás tiene cuando se le juzga. Nadie puede visitarlo en su encierro como sí hacen las madres palestinas con los presos.

Ante la pregunta, hubo sonrisas y alguna risa entre el público. Es lo que tiene la democracia: a veces una chica formula una pregunta precisa y lo deja a uno en evidencia. Será por eso que a todos los tiranos esas preguntas les molestan y los preguntones les repugnan. En Gaza no se suelen formular muchas preguntas de esas a Hamás. Hubo risas y sonrisas. He aquí la tristeza de España; he aquí nuestra vergüenza. Hay quien sonríe y aun se ríe con estas cosas en el Congreso de los Diputados y no pasa nada.

Un asistente corrigió a quien preguntaba: Gilad Shalit está prisionero, no secuestrado. Si no fuera una tragedia, la observación parecería un chiste. No, Gilad Shalit no tiene ni los derechos que las Convenciones de Ginebra reconocen ni nada que se les parezca. Él no puede ni soñar con el disfrute de las garantías que una democracia da a cualquier preso. Las tiranías suelen tener poco respeto por las vidas propias y ajenas. Ahí están para demostrarlo los disidentes palestinos que tienen que vivir fuera porque en Gaza los matan. Ahí tienen las grabaciones de los terroristas impidiendo salir a los civiles de los edificios para que sirviesen como escudos humanos. Ahí está la sombra de Gilad Shalit, como una presencia que interpela a todos.

El miércoles, en el Congreso, se financió con dinero público un acto en que todas estas cosas estuvieron ausentes. Irán estuvo ausente. El yihadismo y la teocracia estuvieron ausentes. El miércoles los contribuyentes pagaron la celebración de un acto cuyos silencios fueron más reveladores que cualquier informe. Por cierto, recuérdenme que otro día les hable de un folleto que se repartió al final del acto. Por supuesto, el contribuyente también ha financiado la publicación. Menos mal que con sus preguntas esas dos personas salvaron la honradez y la decencia y, en cierto modo, nos salvaron a todos. Sin embargo, a actos como éste se dedican los fondos y las instituciones públicas. ¿Quién es el responsable del gasto?

¿Y quién es el responsable de los silencios?
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