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¿Poder es querer?

domingo 25 de octubre de 2009, 16:19h
Si hay un mensaje que ha calado hondo hoy en día es el de que casi todo es posible. Hemos visto al hombre pisar la luna, podemos vivir con órganos de otros seres humanos, con ‘piezas’ que no vinieron de serie en nuestra carrocería. El sexo ha dejado de ser una característica fija e inmutable de nuestro físico: se puede nacer mujer y morir hombre. Podemos mantener el contacto con miles de personas, que conocemos o con las que, directamente, jamás hemos tenido contacto físico alguno. La ciencia retrasa cada día más la temida vejez, más aún la muerte y, en general, se extiende la sensación de que podemos lograrlo casi todo.

Todo esto es cierto y visto así no tiene por qué ser un problema. Al contrario, es maravilloso comprobar hasta donde puede llegar la capacidad de inventiva y autosuperación humana. Querer es poder y eso llevamos miles de años demostrándonoslo los seres humanos.

Sin embargo, hoy en día se está produciendo una perversa confusión entre el poder y el querer. Vivimos una especie de bulimia existencial respecto a todas las posibilidades que se muestran a nuestro alrededor. Una especie de voz interior nos grita inaudible que todo lo que se puede hacer es nuestro derecho. No podemos renunciar a nada porque el gran buffet en el que se ha convertido el mundo occidental pagamos el ‘eat all you can” al nacer. Hemos cambiado el querer es poder por el poder es querer. Como podemos, mejor dicho, como creemos que podemos, queremos, queremos a gritos, como niños mimados en pleno ataque de histeria.

Así, queremos irnos de vacaciones a Egipto a costa de todo porque podemos, porque alguien nos susurró en sueños que, pasara lo que pasara, ese era nuestro derecho. Queremos ir a la Universidad, aunque nos importe un pito lo que nos cuente en clase porque podemos, porque nacimos en el lado afortunado de la vida y eso es lo que se supone que queremos hacer. Porque podemos.

Queremos tener hijos, incluso aunque tengamos 70 años y hace casi 20 que la sabia naturaleza nos retiró la posibilidad de ello, aunque por estadística vayamos a condenar a nuestro futuro hijo a los achaques de una madre-abuela y a una más que probable temprana orfandad, porque podemos. Porque la ciencia lo permite y, por tanto, no hay más discusión. ¿Si puedo, por qué no hacerlo, por qué no quererlo?

Si puedo cambiar de sexo, y a la vez ‘guardarme’ los ovarios, por si acaso un día me apetece tener un hijo mío, ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué preocuparme por cuestiones como ser consecuente con las decisiones que tomo, con el sentido de mis acciones, si la ciencia me da el poder de ‘poder’? Sí, si puedo quiero. Lo quiero todo.

Si puedo endeudarme hasta el límite, porque los préstamos bancarios me lo permiten, por qué no hacerlo. Porque quedarme sin unas buenas vacaciones, sin un coche acorde con lo que me merezco, sin una cena o sin una juerga, si forman parte de mis derechos.

Como bulímicas incontroladas, como drogadictos desatados, lo queremos todo, lo consumimos todo, nos empachamos sin mirar más allá de nuestro objeto de deseo. Sin pensar en consecuencias, sin pensar en razones, sin pesar en si realmente queremos hacerlo.

Lo que la voz susurrante no nos cuenta es lo que viene luego, a lo que nos tenemos que enfrentar después. A los desahucios, a las consecuencias imprevistas, al dolor, al vómito espiritual que sucede al atracón. La letra pequeña del “Eat all you can” se vuelve contra nosotros y nos cobra un peaje que nos enseña, demasiado tarde, que el poder del que nos sentíamos tan seguros, nunca fue tal. Que querer no siempre es poder.
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