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Las Tablas de Daimiel: Crónica de un desastre anunciado

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
No hace falta haber cumplido setenta años en Daimiel o en toda la comarca que rodea al gran poblachón manchego para acordarse de los tiempos en que los humedales de la zona necesitaban de barcas para transitar por ellos, que desde el pueblo hasta Carrión de Calatrava, Calatrava la vieja, la sede originaria de los templarios, todo era un lucido lago. Y si muchos todavia recuerdan la pesca que los parajes ofrecían no son pocos los que señalan el sitio en que se encontraba el dispensario antipalúdico, que no todo iban a ser ventajas al tener tanta agua en medio de sitios tan secos, en plena Mancha. Muchos más son los que todavía señalan que en el camino hacia Ciudad Real viniendo de Puerto Lápice una curva en la carretera se acomodaba a una gran charca que orgullosamente llevaba el título de “los ojos del Guadiana”, a pocos kilómetros de Vilarrubia de los Ojos, bonito y evocador nombre , haciendo creer que la generosa lámina acuática que cual milagro brotaba de las entrañas de la tierra correspondía a la reaparición del bien famado río tras haber ocultado subterráneamente su curso durante el largo trecho que le separaba de su nacimiento, decían, en las Lagunas de Ruidera.

En los años cincuenta del pasado siglo una importante porción de lo que entonces eran las Tablas de Daimiel fueron desecadas, a medias para prevenir los riesgos sanitarios y a medias para ampliar las zonas cultivables. Y en los años setenta, cuando tardíamente surgen las primeras preocupaciones conservacionistas, se adoptan medidas de protección para lo que quedaba de las Tablas. Pero comienza a primar la suicida tentación de la codicia agraria, de antiguo tan presente en nuestras tierras, dedicada a la explotación sin mesura del entonces recién descubierto acuífero 23, un gigantesco mar subterráneo de agua dulce que con una extensión de 5000 kms. cuadrados era el que posibilitaba el prodigio de la Mancha húmeda. Dicen los enterados que en el entorno de las Tablas existen hoy más de 23.000 pozos para la extracción de agua, muchos de ellos tolerados o simplemente ilegales. Hace ya muchos años que en la zona no quedan mosquitos, ni barcas, ni agua, ni acuífero. Hace ya muchos años que las Tablas de Daimiel están convertidas en una artificiosa reliquia del cuasi espejismo que Dios y la naturaleza habian situado en el lugar más inhóspito de nuestra geografía. La periódica y costosa utilización de las aguas del travase Tajo Segura nunca logró ocultar la realidad. Las Tablas se habían quedado sin el sustento que las hicieron posible. Los títulos de lujo medioambiental a duras penas arrancados de la UNESCO o de la UE fueron siempre utilizados como vacíos tinte de gloria y no como aldabonazo para poner en marcha lo que los mismos premios exigían :unas contundentes politicas agrarias y medioambientales guiadas por la racionalidad y el equilibrio. Las normativas españolas adoptadas en 2001 se convirtieron pocos años mas tarde en papel mojado. Ahora que las campanas tocan definitivamente a muerto para las Tablas de Daimiel es bueno recordar la colección de desidias, desmanes, incompetencias y cegueras que han llevado al humedal a una situación irreparable. No estaba de Dios. Ha estado, como en tantas otras ocasiones, de los hombres.

Pero la historia de las Tablas en su mortífera dimensión no es desgraciadamente otra cosa que un reflejo más del carácter facineroso con que el “homo hispanicus” viene tratando desde ya hace decenios, por no decir siglos, el medio ambiente que le rodea. Tenemos posiblemente las zonas costeras mas degradadas de todo el mundo occidental, la peor planificación urbana de los paises situados en el Atlántico Norte y zonas vecinas, la más penosa y esquilmatoria ordenación del territorio que imaginar se pueda. Nos hemos convertido en el peor de los ejemplos que pudiera encontrarse para la gestión de los recursos hídricos y desde la escuela estamos contribuyendo a crear una ciudadanía insensible con el medio físico, depredadora de sus –escasas- potencialidades, violadora de sus equilibrios y arrogante destructora de sus capacidades. Gran parte de la mitad sur de España es ya hoy un desierto. No es una profecía de calamidades adivinar que a este ritmo la cubierta amarillenta pronto progresará hacia el norte. Ha sido siempre muy castizo eso de gastar los capitales que no se poseían. Con el medio natural venimos haciendo suicidamente lo mismo. Por si los problemas que nos aquejan fueran pocos. Una inmensa e irreversible lástima. ¿Servirá el botellón para paliarla?
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