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La Camorra mata Nápoles

Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 01 de noviembre de 2009, 16:27h
El pasado jueves, la fiscalía de Nápoles difundió el vídeo de un asesinato de Camorra, pidiendo la colaboración a identificar al asesino y a su cómplice. Las imágenes, registradas por dos cámaras de seguridad, muestran un ajuste de cuentas del pasado 11 de mayo: en plena calle y a luz del día, disparan a Mariano Bacio Terraciano, en la puerta de la “Antica Caffetteria”, del barrio de la Sanitá. El sicario, un hombre corpulento y con una gorra, dispara a corta distancia y, cuando la víctima cae al suelo, le remata con un disparo en la cabeza, un tiro de gracia en la nuca. Finalmente, se marcha tranquilamente, sin prisa, casi con una sonrisa mofadora.

Se trata de una “ejecución” en directo, 15 minutos de grabación, 120 segundos de verdadero terror: imágenes de una dureza escalofriante y deprimente al mismo tiempo que confirman que “en Nápoles, la vida no vale nada”. La brutalidad de la escena y todo el entorno resultan escuálidos y preocupantes: en primer lugar, el “specchiettista”, el palo, el cómplice, cuya tarea consiste en indicar la víctima. De repente cumple “el gesto pactado”: le roza, mira el reloj y se larga. Secundariamente, llega el asesino que empieza su misión, con frialdad y calma absoluta: durante el delito, no deja de hacer la señal de los cuernos, por superstición y/o desprecio. Y, después del homicidio, la vida reinicia, con sus intervalos de terror. Quizá la cosa más penosa y alarmante es la actitud de la gente: los transeúntes siguen como si nada hubiera pasado, entre la indiferencia y el miedo a posibles futuras represalias; miran curiosos a la escena (una mujer levanta el cuello de la camisa al muerto para ver si le conoce), se alejan de ella, siguen andando pasando por encima del cadáver, lo superar como si fuera un estorbo, preocupándose sólo de evitar pisarle. Si, la reacción de la gente confirma miedo y desconfianza en las autoridades, incapaces de tutelarles. Pero también indiferencia y costumbre: la gente camina sobre el cadáver como si fuera algo normal, parte de la calzada.

Inevitablemente el video ha generado muchas reacciones, entre estupor e indignación: por su parte, el escritor Roberto Saviano ha subrayado que las imágenes reflejan la “absoluta y trágica serenidad” tanto del asesino como de los ciudadanos que asisten a la muerte en Nápoles. Compartiendo esta idea, añadiría que se trata de una “tranquila indiferencia o asustada normalidad”, ya que los napolitanos vivimos esta situación con resignada fatalidad, acostumbrados a considerar a la Camorra como parte de nuestra cotidianeidad y, al mismo tiempo, como un cáncer irreductible. Convivimos con ella impotentes y preocupados ya que, en cualquier país del mundo, una situación análoga representaría la primera preocupación del Gobierno. Eso no pasa en Italia donde la lucha a la criminalidad organizada es ausente de cualquier debate político, salvo frente a nuevas y fuertes evidencias como este video. Y los mismos periódicos evitan publicar el “boletín de guerra” para no asustar o aburrir los lectores.
Y, ¿ahora? ¿Cuándo las instituciones emprenderán seriamente la lucha contra la criminalidad organizada? ¿Por qué no se enfrentan a ello? La oposición habla de “escalofriante emergencia”, mientras el Gobierno subraya que: “El estado es presente y fuerte”. ¡Quoque tu Mara Carfagna, campana de nacimiento, hace el ridículo con estas palabras! ¿Pero dónde? ¿En la cara patentemente asustada de los policías y carabineros que se enfrentan valiosamente a ella? ¿O en el silencio, omertà, por una parte comprensible, de un pueblo cansado, preocupado y harto de un inmovilismo inanimado? ¿Es suficiente ofrecer 2000 euros por informaciones sobre el asesino, al estilo del Far-West (Wanted!)? La difusión de la grabación por parte de la policía debe servir a romper el silencio, abrir una brecha en la cruda realidad napolitana. Pero, las detenciones no son suficientes.

Hoy en día, Nápoles representa una ciudad en persistente guerra, atormentada por una matanza sin freno, donde brilla la ausencia del Estado y la alergia ciudadana a la legalidad. En las últimas décadas, la cultura de la ley, el respecto de las reglas y la confianza en el Estado han sido substituidas por la imagen que los clanes ofrecen a los niños napolitanos: un futuro de oro y oportunidades heroicas dentro del mundo del crimen. La camorra representa una plaga en lucha permanente para el control del territorio y el poder económico local e internacional (España constituye una de sus zonas de interés e influencia principal). El precio de este poder son los asesinatos, más de que una guerra. Pero, la solución ofrecida esporádicamente por los políticos no puede limitarse a una estrategia militar para intervenir: ya hemos subrayado, la necesidad de un “saneamiento urbanístico-social” de las zonas afectadas, unas acciones sociales para los sectores más marginados.

Finalmente, los principales periódicos españoles han titulado “Así mata la Camorra”. Sería más correcto decir: “Así también mata la camorra”, ya que nos mata cada día, quitándonos la esperanza del mañana, del cambio, de un futuro normal y tranquilo. Frente a la impotencia estatal (manifiesta) y la negligencia administrativa (notoria), los napolitanos hemos aprendido a convivir con la Camorra, como algo que ya no se puede eliminar, sino sólo evitar: “Nápoles, un paraíso habitado por diablos”.

Ps. Enhorabuena a las fuerzas del orden para las detenciones de los hermanos Russo.

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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