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Europa y sus cautelas

lunes 02 de noviembre de 2009, 21:34h
Sólo los muy optimistas pueden estar satisfechos de los resultados de la cumbre europea que se celebró la semana pasada, cuyas declaraciones finales estaban, por cierto, redactadas y acordadas desde varios días antes, lo que no es una excepción. Aunque tras el referéndum irlandés de octubre -en el que, por fin, el sí triunfó de una manera abrumadora- los nervios han desaparecido, persiste una cierta inquietud por la actitud del presidente checo, Klaus. Este euroescéptico de manual ya ha prometido que firmará el Tratado de Lisboa, una vez que se acepta su petición de que las eventuales reclamaciones de propiedad de los sudetes (todavía colea el viejo asunto de la época de Hitler) se sustanciarán ante los tribunales checos. Pero todavía esa firma no se ha producido y ese retraso impedirá que el Tratado pueda estar vigente antes de que acabe este año 2009. Lo que supondrá que la puesta en marcha de las nuevas instituciones previstas y el nombramiento oficial de las personas que van a encabezarlas deberá aplazarse, muy probablemente, hasta entrado el 2010. Le va a corresponder a la Presidencia española impulsar estos procesos, aunque nadie puede dudar de que el peso de las decisiones recaerá en el renacido eje franco-alemán. Merkel y Sarkozy ya han pactado mantener unidad de criterios y de acción y eso quiere decir que, sin merma del obligado consenso de los 27, Berlín y París llevarán la voz cantante. Zapatero será poco más que un testigo de excepción.

Este previsto aplazamiento no ha impedido que en la pasada cumbre se haya abordado la delicada cuestión de los nombres: quién puede ser el futuro Presidente del Consejo Europeo, cuyo mandato será de dos años y medio, renovables por una sola vez y quién ocupará el segundo puesto en importancia, el de Alto Representante para la Política Exterior (los británicos se opusieron a que se llamara ministro). Zapatero ha dicho que se definió el perfil pero que nose habló de nombres (?) y afirmó algo que, por obvio, es una boutade: el Presidente tiene que ser europeísta. ¡Faltaría más! Nadie ha pensado en Klaus, por ejemplo. Pero Sarkozy ha reconocido que en privado se han barajado nombres. Y ya sabemos que Blair ha quedado descartado, dicen que porque el Reino Unido es un país de europeísmo dudoso, pero puede haber otras razones. Algunos vuelven a echar mano de la guerra de Irak, lo que no deja de tener miga, a estas alturas. Lo que parece claro es que será una persona del centro-derecha, sector mayoritario en el Parlamento Europeo y que no pertenecerá a ninguno de los grandes países. Los jefes de gobierno de éstos no quieren que alguien con el peso de pertenecer a una de los grandes les pueda hacer sombra. Pero esa figura está pensada para que sea algo más que un “chairman” que dirige las reuniones y mal empezaríamos si rebajamos la significación de ese puesto antes de empezar. Los actuales jefes de gobierno de los países del Benelux o incluso el sueco, actualmente presidente de turno, tienen, dado este planteamiento posibilidades de estrenar esa Presidencia que se quiere que dé a la UE una visibilidad internacional que ahora no tiene. Hace años decía Kissinger que para hablar con Europa a qué teléfono había que llamar. El nuevo Presidente será quien tenga esa misión de personificar a una Europa que afirma querer ser “un actor global”, aunque a veces no acabe de rematar.

El Alto Representante de la Política Exterior pertenecerá al centro izquierda, por aquello de los equilibrios que con tanto cuidado se mantienen en la UE y no habrá inconveniente en que proceda de uno de los grandes países. Miliband, el secretario del Foreign Office, casi se ha candidatado para el puesto y ha insistido en la necesidad de fortalecer la política exterior europea si la UE no quiere quedar descolgada en un lejano tercer puesto frente a lo que ha llamado “el nuevo G 2 que se está formando, compuesto de Estados Unidos y China”. Para llevar a cabo esa activa política exterior está prevista la creación de un Servicio Europeo de Acción Exterior, esto es una diplomacia europea que, en uno de los acuerdos de la pasada cumbre, se pide que esté diseñado antes de que acabe abril del año próximo. Pero para eso debe estar nombrado el Alto Representante, que será quien dé el visto bueno al diseño en que ya vienen trabajando los funcionarios de Bruselas.

La cumbre ha dedicado mucho tiempo y atención a la cuestión del cambio climático y se ha mostrado dispuesta a que la UE (esto es, sus países miembros) contribuyan a un fondo internacional…si los demás también lo hacen, en una indirecta referencia a los Estados Unidos. Se trata de ayudar a los países más pobres e inmediatamente se ha oído la voz de los países miembros del centro y el este del continente que, con toda lógica, han pedido que se tenga en cuenta a los pobres de dentro de la UE, antes que a los de fuera. Pero todo este tema del cambio climático se supedita a lo que se acuerde en la próxima cumbre de Copenhague, en la que se estudiará la sustitución del famoso Protocolo de Kioto. Y, todo hay que decirlo, no se percibe demasiado optimismo sobre la cuestión. Europa avanza, pero con muchas cautelas. Lo que hace falta es que lo haga en la dirección adecuada, lo que a veces no está nada claro.
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