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“Al enemigo, ni justicia”

viernes 06 de noviembre de 2009, 20:13h
En 1955, cuando en la Argentina arreciaba el encono entre los enemigos y los seguidores de Perón, éste pronunció una terrible frase: “Al enemigo, ni justicia”. Pero en 1973, cuando Perón regresó a la Argentina y al poder tras diez y ocho años de exilio, casi todos ellos vividos en España, el viejo caudillo había aprendido la lección capital de la concordia.

Perón, en sus años finales, había aprendido. También demostraron haberlo hecho los españoles cuando, en
1977, firmaron los Pactos de la Moncloa. Lamentablemente, todavía no se puede decir lo mismo de la democracia argentina actual. Precisamente en 1973, cuando un Perón ya sabio ganaba de nuevo la presidencia con una mayoría abrumadora, recrudeció la guerra interior entre un ala peronista minoritaria pero sanguinaria que se agrupó en torno de la organización terrorista Montoneros y el Ejército, que se lanzó a combatirla con todos sus medios y al margen de toda legalidad.

En 1983, la Argentina volvió a la democracia. Bajo las presidencias sucesivas de Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Eduardo Duhalde, el país pareció encaminarse trabajosamente hacia la concordia. Pero en 2003, al ganar la presidencia y cuando ninguna de sus actitudes anteriores permitía anticiparlo, Néstor Kirchner, mediante un giro de ciento ochenta grados, descabezó el alto mando del Ejército, se alió con las Madres de Plaza de Mayo que reivindican a los Montoneros y desató contra los militares de los años setenta, retirados por razones de edad, una ola de procesos judiciales que mal puede decirse que sean legales, puesto que más de seiscientos oficiales están presos desde hace varios años sin la garantía del debido proceso. El derecho general de acceder a la prisión domiciliaria a partir de los setenta años de edad les ha sido negado a los militares acusados por los abusos represivos de los años setenta, muchos de los cuales están alojados en cárceles comunes pese a haber cruzado el umbral de los ochenta años.

Por la jerarquía de los acusados, algunos procesos adquieren más relevancia que otros. Tal es el caso del general Reynaldo Bignone, de 81 años, quien se sentó en el banquillo de los acusados esta semana. Como los militantes de las Madres de Plaza de Mayo y otros grupos afines reclamaron asistir al juicio, éste se inauguró en un estadio de fútbol, bajo la presión de los militantes kirchneristas.

Aparte de seguir un procedimiento que recordaba la imagen de los tribunales populares de la Revolución Francesa, el juicio a Bignone ha llamado particularmente la atención porque este general fue el último presidente militar a cuyo cargo había quedado organizar la elección general de 1983, una elección ampliamente elogiada por su imparcialidad, de la cual surgiría la presidencia democrática de Raúl Alfonsín. Aún así, Bignone está siendo juzgado y será casi seguramente condenado, como muchos de sus camaradas de armas, por los abusos represivos en que habría incurrido antes de asumir la presidencia.

Adam Smith escribió que la justicia “es la venganza, pero sólo hasta donde resulte aceptable ante un tercero imparcial”. ¿Se aplicaría esta definición a los presos militares en la Argentina de hoy? El principio adverso a Smith que parece imponerse en los juicios a Bignone y cientos de sus camaradas es, al contrario, que los acusados de haber violado los derechos humanos en los años setenta carecen de derechos humanos en los años dos mil. Es verdad que, si algunos de ellos asesinaron durante la guerra interior de los años setenta, ahora no están siendo asesinados. Pero no hace falta hacerlo porque, en posesión de los tribunales desde 2003, cuando lograron cambiar de un plumazo a los integrantes de la Corte Suprema, tanto Néstor Kircher como su esposa, que lo sucedíó en 2007, presionan efectivamente a los jueces desde una tarima ideológica. Es que en aquellos casos en que no se arrodilla ante la justicia, la venganza produce sus propios desequilibrios porque, siendo por definición desmesurada, genera un movimiento pendular incesante que inclina alternativamente en un sentido o en el sentido contrario los platillos de la balanza. Cada venganza produce otra mayor de signo inverso. Mientras la justicia apacigua, la venganza es insaciable, y lo seguirá siendo hasta que la Argentina genere su propia Moncloa.

Mariano Grondona

Doctor en Derecho

MARIANO GRONDONA es Abogado y doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

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