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El secreto de tus ojos

Juan José Solozábal
jueves 19 de noviembre de 2009, 19:52h
Voy a tratar de explicarles porqué no deben dejar de ver, si no lo han hecho ya, El secreto de sus ojos, la cinta argentina de Juan José Campanella y que protagonizan, entre otros, Ricardo Darín y Soledad Villalmil. Es una película inteligente, compleja, perfectamente narrada, con un pulso que no decae en ningún momento, deliciosa en su humor y de sensibilidad extremada. Nosotros, si puedo decirlo sin que se enfaden nuestros cineastas, y salvando a Iciar Bollain o, antes, a Victor Erice, y quizás a alguien más, seguramente no tenemos talento para firmar una obra semejante . Suerte con todo que podemos disfrutarla, pues pertenecemos, con Argentina, y otros países, a lo que Juan Ramón llamaba con su exactitud acostumbrada la “federación de lengua española”. Si me permiten la digresión el maravilloso Imperios del mundo atlántico de John H. Elliot explica las razones políticas y culturales por las que tal federación virtual, o sea, esta comunidad hispana duró más, y su impronta ha sido mas profunda, que la que los británicos pudieron establecer con su correspondencia americana.

Lo que se narra en la película es un episodio de la crónica negra de los años del tardoperonismo, un crimen, la violación y el asesinato de una bella muchacha recién casada, que, dado su autor, a duras penas pudo investigarse entonces y que, al menos oficialmente, terminó impune. En realidad la película de lo que trata es de las posibilidades de afirmarse una verdadera ética social en un Estado corrupto, y de la actitud a mantener con la memoria si queremos no sólo sobrevivir sino incluso ser felices. En medio, una historia de amistad, con un secundario absolutamente genial, el actor Guillermo Francella, llevada hasta el sacrificio último como prueba de fidelidad inquebrantable y una recreación maravillosamente desternillante de una oficina judicial, tan inútil como berlanguiana.

En relación con la primera cuestión, si entendemos el derecho como la manifestación imprescindible de la ética social, la conclusión es bien clara, no cabe la decencia en la dictadura. En el límite, mas frecuente de lo que parece, la dictadura a pesar de sus apariencias, de su complacencia con las formas jurídicas, no respeta el derecho. No hay, sobre todo, independencia judicial o igualdad de los ciudadanos ante la ley en la dictadura. Siempre queda espacio, en cambio, para la excepción y la corrupción. Como comprobó en sus carnes Sandoval, el ayudante del policía judicial Espósito, en la dictadura la ignorancia de la inmunidad política de los poderosos se paga con la vida.

Claro que a pesar de la dictadura hay que ser felices: para un argentino eso tiene que ver con el futbol y el amor. Posiblemente la pasión por el futbol de esta gente por incomprensible es inefable, esto es, literalmente incomunicable. El amor tiene que ver, antes de nada con el enamoramiento, con la alienación absoluta que solo se alcanza en la propia idea que uno se hace de la persona amada, imposible en ese grado no completado de esfumarse o marchitarse. Cuando ese amor puro se pierde o hay que renunciar a el, no pasa nada, si uno es capaz de dejarlo atrás como un recuerdo o una experiencia. No marca , no esclaviza ni frustra. Aunque se trate de los ojos inolvidables de la bellísima Soledad Villalmil.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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