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EL CONSTITUCIONAL CONTRA EL SUPREMO

jueves 28 de febrero de 2008, 21:46h
El Tribunal Constitucional fue creado para que dirimiera los posibles desacuerdos entre el Parlamento nacional y los autonómicos del nuevo Estado de 1978. Nació politizado y acomplejado porque sus magistrados están elegidos por los partidos, al margen, en no pocas ocasiones, de la experiencia judicial que, obligadamente, poseen los del Supremo. El Tribunal Constitucional debió ser una Sala del Supremo para mantener incólume la seguridad jurídica que durante siglos presidió la vida española. Todos los ciudadanos sabían y aceptaban que el Tribunal Supremo era la última instancia y en él terminaban los recursos. Pero Adolfo Suárez creyó que era más democrático crear un Tribunal Constitucional al margen del Supremo y así nos luce el pelo. Recogemos ahora los lodos de aquellos polvos atolondrados.

Porque la tentación era irremediable. Los magistrados del Constitucional no se iban a privar del placer de dar cachetes a los del Supremo y corregir sus decisiones. Poco a poco el Constitucional se ha ido convirtiendo en un Tribunal de casación del Supremo, estimulado por algunos bufetes de abogados que vieron en los recursos la posibilidad de pasar nuevas minutas a sus clientes. Ha llegado a admitir a trámite el Constitucional amparos sobre asuntos de plena competencia del alto tribunal tradicional. En 1994, el Supremo decidió, a través de su Sala Civil, proceder contra el Constitucional y solicitar la intervención del Rey en cumplimento de las funciones de arbitraje y moderación que la Carta Magna concede al Monarca. Fui testigo directo de la paciencia, la extraordinaria habilidad y la mano izquierda con que Pascual Sala resolvió aquella colisión de trenes. Amainó entonces el Constitucional sus intromisiones pero era fácil predecir nuevas crónicas de un choque anunciado. Los magistrados del Supremo, hartos de tanta insolencia, fueron especialmente crueles con los del Constitucional en el año 2004. Les humillaron y vejaron, tratándoles como a unos pilletes de barrio, al imponerles una sanción de ochenta mil pesetillas de la época a cada uno.

Ahora, con motivo de una sentencia sobre un asunto económico que afecta a personajes de influencias muy varias, el Constitucional ha propinado una sonora bofetada al Supremo y éste ha reaccionado acusando a los abofeteadores de vulnerar el "debido equilibrio" establecido en la Constitución. Diversas instancias negocian en las alturas que no se dé el espectáculo tan lesivo para la Justicia española del choque y descarrilamiento de los grandes trenes del Supremo y el Constitucional.

No sé si será posible el reordenamiento jurídico, si se podrá articular una fórmula para que el Constitucional se convierta en una Sala del Supremo que es lo que tiene sentido común, y no se hizo sencillamente por el complejo de algunos dirigentes de UCD que habían sido fascistas y se apuntaban alocadamente a lo que creían que les autentificaba como demócratas, introduciéndose por el rabel el altivo yugo y enviando al carcaj de la Historia las veloces flechas de la simbología falangista. Si no fuera posible la reconversión del Constitucional, sólo el Congreso puede legislar para delimitar funciones de forma nítida e impedir el vergonzoso espectáculo al que asisten hoy atónitos los ciudadanos españoles.
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